Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana, fundada per Cecilia Hoffman. Quadern de bitàcola




martes, 16 de junio de 2020

El reverso de las madres




GUY BRIOLE : "El reverso de las madres, hoy" 

Reseña de ROSA ANTOLÍN



Para poder orientarme en la lectura de “El reverso de las madres, hoy” de Guy Briole, tomé tres conceptos a partir de tres textos:

1. La pulsión

S. Freud, Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección 32: La angustia y la vida instintiva: “La causa más ordinaria de la neurosis de angustia es la excitación frustrada. Una excitación libidinosa es provocada, pero no satisfecha, no utilizada, y en lugar de esta libido desviada de su utilización surge la angustia. Creí, incluso, justificado decir que esta libido insatisfecha se transforma directamente en angustia”. “Sabemos cuánto nos alejamos con ello de la opinión general; pero hemos de mantener firmemente que el miedo a la castración es uno de los motores más frecuentes y energéticos de la represión y, con ello, de la producción de neurosis.” “Es exacto que el niño sufre angustia ante una exigencia de su libido, en este caso ante el amor a su madre, tratándose, por tanto, realmente, de un caso de angustia neurótica.” “Pero no hemos dicho todavía cuál es el peligro real que el niño teme como consecuencia de su enamoramiento de la madre. Es el castigo de la castración, la pérdida de su miembro.”

2. La relación de objeto

Lacan, Seminario 4, La Relación de objeto: “El objeto genital, por llamarlo por su nombre, es la mujer”. “¿Qué fue lo que aportó Freud, siempre tan solo, sobre este tema? … La idea de un objeto armónico, que por su naturaleza consuma la relación sujeto-objeto, la experiencia la contradice perfectamente, no ya la experiencia analítica, sino incluso la experiencia común de las relaciones entre el hombre y la mujer. …ay en este registro una hiancia, algo que no va, lo cual no significa que eso baste para definirlo”.

3. Lo sintomático de la familia

Lacan, “Nota sobre el niño”: “En una palabra, el niño, en la relación dual con la madre, le da, accesible sin mediación, lo que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real. De ello lo que resulta es que, cuanto más real hace presente, mayor es el soborno al que está entregado en el fantasma.”

En la causalidad del sujeto, en la neurosis, el sujeto siente angustia ante la circulación de la propia libido, que se pone en juego en relación con el objeto. El sujeto reprime la verdad de su pulsión, ante la amenaza de castración, y crea síntomas sustitutivos, transformado la modalidad de satisfacción. El sujeto no renuncia nunca a la pulsión. En la constitución subjetiva, la separación de objeto, genera la falta. Generando la matriz simbólica donde, como ser parlante, se enraizará el orden simbólico.
La relación del sujeto con el objeto no es armónica, lo perdido (imaginario), no se puede volver a encontrar igual, esta hiancia, esta ranura, esta falta, queda inscrita, queda en potencia la posibilidad de inscribirse en lo simbólico, en el discurso. Eso pasa en la neurosis.

Así la función de la madre ya está en juego. En cada madre en su relación con el niño, se pondrá en juego la relación con el “Objeto de satisfacción HIJO”.  Esta pondrá a circular su propia fantasía libidinal, tendrá que vérselas con su propia falta en ser, su castración y su respuesta particular ante ella.  Ese objeto niño, conviene que no sea todo real. Conviene que la madre puede generar una hiancia en el sujeto, esta madre frustradora, potencialmente simbólica.  Esta madre no toda respondida ahí, en el objeto hijo, descompletada, en la medida que busca en otra parte, la del deseo.  Así  el intento de poder ser reconocida en el hombre, como una mujer. 

A partir de aquí pude situar el texto “El reverso de las madres hoy” de Guy Briole.

Inicia el artículo señalando que según J.-A. Miller, para Lacan  el ser mujer es aquello opuesto a ser madre. “Una verdadera mujer no es la madre”. Señalando así ya una cierta oposición entre la mujer y la madre. Briole señala que para el sentido común, la madre es la verdadera mujer, una mujer realizada, y lo determinante para ello será tener un hijo. El sentido común rechaza la castración. En la medida que el objeto, obtura la falta en ser de la madre, obtura su falta. Para el Psicoanálisis la madre y la mujer están en lógicas distintas, esto es fundamental. “La madre sería la mujer plena”. Briole parte de la argumentación que plantea J.-A. Miller: La madre está en la lógica de la que tiene y la mujer en la lógica de la que no tiene, está en la lógica de la falta, lo cual no quiere decir que a ella le falte nada, está en la lógica de la ausencia. La feminidad como testigo de la ausencia del ser, así cada respuesta es singular.

·         “La madre está del lado de la que tiene; está del lado de la abundancia;
·         La mujer, la “verdadera mujer” es, por excelencia, la que no tiene; es la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes.”

En esta oposición también señala la madre como a quien se demanda, porqué ella tiene. Esto se podría enlazar con la idea de la omnipotencia de la madre que nos indica Lacan, en el Seminario 4, pág. 71: “esa omnipotencia es de madre. … es ella la que es omnipotente, en ese momento ella puede dar cualquier cosa…” Esta omnipotencia de la madre le permite dar o no, responder o no. Puede no tenerlo todo, tener carencias, no responder;  y a la mujer se la desea, es el objeto de deseo y esto le permitirá  gozar de un hombre. La mujer que, a través de ser ese objeto de deseo, consigue ella misma gozar de su sexualidad, (a través de un lazo sexuado). En este lugar ella es la mujer fatal, la de la sexualidad. “… dit-fâme, sobre lo que dice de la fâme, la fama, la mala reputación.” Briole. Este punto de la sexualidad como algo traumático, podríamos pensarlo también como el rechazo a  la sexualidad.

Briole apunta a la elección de goce, como elemento fundamental para el lazo sexuado. Si bien no existe la relación sexual, sí existe un lazo sexuado, M.-H. Brousse. Podríamos formularlo como: de qué goza una madre?; ¿de qué goza una mujer? Y de cómo en este goce está implicado el partenaire; ¿de qué goza un padre?; ¿de qué goza un hombre?  Briole nos dice: “Un hombre siempre tiene algo que perder; digamos que un hijo no ocupa el lugar del falo de la misma manera para un padre que para una madre. El cara a cara está entre una mujer decidida a la posibilidad de perder y un hombre enredado en lo insoportable de pensar la pérdida.” Es decir un hombre que cree tener y puede hacer con la pérdida, y una mujer cree que no tiene y que también puede hacer con la pérdida.

Briole nos pondrá varios ejemplos, modalidades de encuentros.

 Satisfacerse con perder. Medea

J.-A. Miller añade con Lacan que “una verdadera mujer, siempre será Medea”. Entiendo que una mujer es aquella que sostiene a un hombre castrado, también en falta, donde  ella sea causa de su deseo. Pero Briole, con el caso de Medea va más allá.

Dice que hay mujeres que al ser madres no soportan la transformación del hombre en padre. Hay mujeres que hacen lo que sea para privar al padre, castrarlo, para tener al hombre. “Allí, ya no estamos del lado madre, donde este hombre del deseo perdido podría ser recuperado como un hijo más, dejándole ir a desear a otra parte”. Briole apunta que “una mujer que no tiene, no tiene nada que perder”. Pareciera que en esa posición, hay una satisfacción extrema en el perder, una mujer que se satisface en el perder, para hacer surgir el deseo de su hombre.  La posición de Medea, la que no tiene nada, la que para ser no tiene que tener.  Así entiendo el título del apartado. Es como si el hijo, para Medea, fuera todo real, por lo tanto para ser mujer lo tiene que matar. “De ello lo que resulta es que, cuanto más real hace presente, mayor es el soborno al que está entregado en el fantasma” (“Nota sobre el niño”, Lacan).

Viñeta: Una mujer que vive la llegada de su hija a la adolescencia, como un momento donde esta reclama actividades con su padre. La madre   empieza a tener celos de su hija como mujer y la difama, su cuerpo, su ropa, la  mirada hacia los chicos. Sexualidad difamada. Reclama a su marido, que solo tiene tiempo para estar con su hija, “al final ella conseguirá que nos separemos” dice. El padre intenta aplacar a esta mujer, dirá que no sabe cómo calmarla, que no hay manera que entienda a la “niña”. Aquí se ha roto el arreglo al que hace referencia Briole, un arreglo que toca el deseo en la pareja.

Hacerla madre           
                                         
Un hombre que escapa a la castración haciendo madre a una mujer, alude a su castración no teniendo que sostener el deseo hacia una mujer. Sostener el deseo, es complicado, pero no sostenerlo es peor, la relación sexual es la muerte, no hay solución.

Un hijo puede estar en el lugar de tapón a la falta en ser, para la mujer/madre y también para el hombre/padre. 

Viñeta: Un niño de 9 años que es el rey de la casa, su padre se queja de que su mujer, a la que llama mama, no lo mima lo suficiente, “es solo un niño, dirá”. El padre juega con él, ríe, parece un compañero de juegos de su hijo. Su mujer se queja de que su hijo quiere siempre dormirse con ella, y al padre esto no le parece mal, “solo es un niño”. Pasado un tiempo el  padre dirá” creo que lo que pasa es que mi hijo me hace pensar en mi, mi madre nunca me dio los mimos que yo necesitaba, pero a mi hijo no le hago ningún bien” Para este hombre ser padre, es una forma de poner un tapón a la falta en ser, a su propia castración, su mujer es una madre para su hijo y para él. Podríamos decir que elude su castración. Esta mujer pone en crisis el arreglo cuando ya no quiere más dormir con su hijo. Quiere su casa como su reino pero quiere dormir con su marido. Una madre no toda, que para este hijo se le hará insoportable.  

Briole: “Lacan no dudaba en situar la función del padre real sobre la vertiente castradora de su presencia efectiva, “afanándose en […] la madre” un padre real, tiene que poder estar castrado, para poder ser deseante de una mujer, la función de lo real que permite la falta en ser, la castración, posibilitando la sustitución simbólica.  

Un padremadre 

Briole muestra el caso de un hombre que haciendo a su mujer madre, obtura su propia castración, su falta, obturando así su deseo. Haciendo de esa mujer una madre admirable.  El desarreglo aparece en el momento en que él se reconoce como un hombre celoso, aparece el reverso del padre irreprochable. El desarreglo: “el diálogo de sordos de esta pareja: allí donde él la quiere admirable, en la vertiente madre, ella busca ser admirada”. El detonante  se produce cuando él advierte los celos, que causan su deseo,  “este deseo surge en él cuando toma conciencia de que ya el deseo no está más en su mujer; ¡ella no lo desea más! La mujer ha reventado a la madre, se hace evidente que ella podría desear en otra parte”.

Briole dirá que hay una confusión de papeles. Este padremadre está completo no expone su castración, pero su reverso es el hombre celoso que culpa a la rebelde de desear, de ser una mujer. LA desea cuando ella desea en otra parte, podríamos preguntarnos ¿qué desea realmente este hombre? Para este hombre.  “La sombra de la madre ha caído sobre la mujer”, la madre tapa a la mujer. Pero “no hay solapamiento entre el llegar-a-ser-madre y el ser-mujer”. Hay ahí un imposible, para esta  mujer el llegar a ser madre no ha solapado el ser mujer, no ha resuelto, no ha tapado su falta, y en un momento aparece el deseo en ella y los celos en él.

Viñeta: Un hombre reclama a su mujer en el lugar de madre, cumplidora de su deber y  una mujer que responde a ese lugar. Para esta pareja el sentido de la vida es ser padres y formar una familia. El desarreglo aparece cuando la hija pone en falta a esta madre, del lado del fracaso, un odio hacia la madre, que permite el surgimiento de la mujer (no todo lo puede esta madre). Este padre protector y productor culpa a la madre de su error, la neurosis de la hija, es vivida por este hombre como un fracaso de la madre. Una madre no toda, que es insoportable para este hombre que quiere ser todo padremadre. El reverso de este padre protector es este hombre que culpa a la mujer por no ser una buena madre. ¿Dónde está el deseo en esta pareja? 

Maternidad/feminidad: un anudamiento

Briole plantea que puede haber un anudamiento desde la feminidad a la maternidad, un pasaje dice él, que implica una solución, un cumplimiento. La feminidad en su falta, se resolvería con un hijo, la maternidad. Pero esta idea de la culminación de la feminidad con  la maternidad, tiene que ver no con un anhelo, sino con el rechazo mismo de la feminidad. No obstante Briole apunta al hecho de que esto no se puede resolver tan fácilmente. “Eso puede entenderse como una amenaza apenas velada: ellas no escaparán a su destino de mujer”. El rechazo a la feminidad no se puede obviar en lo que se manifiesta en el propio cuerpo con el embarazo. Entonces se pone en juego este enfrentamiento a lo real de la falta en el propio cuerpo de la mujer, con la maternidad. “De hecho el sujeto femenino tendrá que aprender con su propio cuerpo”. Como  el embarazo ya implica una transformación/ deformación  del cuerpo, este  pone a la mujer en crisis ante el ideal de belleza y la integridad de su cuerpo  como mujer al ser madre.  Explica el caso de una mujer que decide ser madre por segunda vez y esta división entre ser mujer o ser madre, me parece destacable como esta mujer no culpa al hijo de no poder ser una mujer, es una intervención quirúrgica que viene a proteger a este hijo, no siempre es así. Briole dirá que “con esta analizante, queda en evidencia cómo no todo de la sombra de la madre ha caído sobre la mujer.”
La maternidad como límite a la feminidad            

Presenta una viñeta de una mujer con una pulsión  sexual desbordada. Esta mujer que tiene un marido, no es en la relación sexual con él, en la que encuentra un lugar para canalizar su libido, es con su amante con el que ella goza, un amante ordinario que la lleva a una relación sexual donde se siente viva, pero también advierte algo imparable, insaciable en esa relación. Un hijo, la maternidad, podría poner un límite. Límite por el lado de saciarla, aunque “la razón no resiste frente a lo pulsional, que la vuelve a colocar en los brazos de su amante y relanza la duda: ¿quién es el padre?” ¿Quién es el hombre causa de su deseo? Esta mujer muestra cómo el inconsciente va, gobierna; cómo la mujer vuelve. Ser madre, llega un momento que no colma la sexualidad de la mujer. ¿Qué quiere esa mujer? Es la pregunta que vuelve, no resuelta en ¿qué quiere una madre?, que siempre será un hijo. Pero ¿qué quiere la mujer que está detrás de cada madre?

El caso ilustra bien: la mujer, por el lado del deseo, del ser deseada, del goce sexual, lo que implica estar  en posición de falta y búsqueda; la madre, del lado de la completud, del tapón con el objeto hijo. Y cómo la lógica madre/mujer no se puede  solapar (sombra). Hay arreglos que permiten vivir a media voz, momentos de ilusión donde pareciera que la relación sexual existe. Los arreglos serán siempre eso, y cada uno se las tiene que ver con su goce. J.-A. Miller pone de relieve que no hay solapamiento entre el “llegar-a-ser-madre” y el “ser-mujer”. Hay ahí un imposible. 

El rechazo inconsciente a la maternidad

Briole nos habla del rechazo de la maternidad como rechazo de la división subjetiva, rechazo del inconsciente, rechazo del cuerpo en tanto soporte donde  “se manifiesta el afecto reprimido y donde pueden desplegarse las identificaciones”. Diferencia a Freud y Lacan: el primero daba por sentado que la maternidad no era algo natural y Lacan insiste en el rechazo al cuerpo. Para Lacan, “en el sujeto histérico, este rechazo es doble. Es, a la vez, un rechazo de saber lo que ocurre en el cuerpo –la bella indiferencia– y un rechazo del cuerpo; es decir, el sujeto de este cuerpo rechaza el cuerpo”.

J.-A. Miller distingue tres modalidades de rechazo del cuerpo:


1.       el rechazo del cuerpo del Otro, que conduce a una problemática sexual;
2.       el rechazo del cuerpo en su propio cuerpo, con los embrollos de la reproducción de la vida, por lo tanto, de la maternidad;
3.       el rechazo del propio cuerpo, con asco.”

Briole apunta un caso que permite ver los efectos en el cuerpo a partir  de la transformación del cuerpo con el embarazo de una mujer. Aparecen las tres formas de rechazo: Rechazo al cuerpo del otro “el embarazo ha apagado el deseo del partenaire”;  rechazo del cuerpo en su propio cuerpo “descubre que ella produce anticuerpos antifetales” y el rechazo a su propio cuerpo “ya no se siente deseable”. Cada sujeto femenino se las tiene que ver con su cuerpo, que siempre pone en juego la finitud.
Entonces Briole nos va a transmitir sus reflexiones sobre qué pasa con la maternidad en el momento actual y en el porvenir.  La modernidad de la maternidad.
Apunta al hecho de que los avatares del rechazo inconsciente de la maternidad hoy se pueden eludir con un forzamiento por el lado de la ciencia, un empuje del yo/superyó, del lado del razonamiento, del derecho, de la ley, dirá Briole. No del lado del deseo. Para que fuera por el lado del deseo, la mujer tendría que vérselas con el deseo de la mujer que fue su madre. Resolver algo de esa transmisión generacional, como dice Briole, del lado del discurso de la Historia/Histeria.

“En cierto modo, aquello que puede llevar a una mujer, como decíamos, a elegir romper con la cadena generacional, enmascarándolo con el feminismo propio del siglo XXI, interroga lo que queda sin resolver en el lazo de esta mujer con el deseo que podía animar a su madre. El odio hacia la madre, cuando viene a explicitarse en la cura, está dirigida hacia la mujer que ella era”.

No obstante, por un lado, como sujetos que hablamos, sujetos al lenguaje, alienados al lenguaje, aparece la división subjetiva inevitablemente y, por otro lado,  en el encuentro con el cuerpo aparece la división en lo real que implica el goce. Hay un encuentro incalculable de cada mujer con su cuerpo en la maternidad, así como es incalculable e incontrolable el lugar donde el hijo va a parar, siendo siempre “allí donde no se le espera”. Entonces la privatización de lo femenino, mujer “fuera de todo”, no del lado del “no todo”, fuera del lazo con el Otro, esta degradación del deseo, no podrá resolver la cuestión de la subjetividad. Responder ante lo que Lacan decía que éramos todos: “cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo”. No hay sujeto más que como efecto de lenguaje: “ningún niño ha nacido sin haber tenido que vérselas con este tráfico de sus afables progenitores” y, ellos mismos, los progenitores, atrapados en el discurso que supone la inclusión de la generación anterior.
                                                   

martes, 2 de junio de 2020

Reseña de la conferencia de GUY BRIOLE: Goce, deseo y amor en femenino: esbozos en análisis



Guy Briole introdujo el tema de su conferencia con una referencia a la feminización del mundo en la actualidad. El lugar tradicional del hombre ha quedado impugnado, su autoridad desvalorizada. Pero hay muchos hombres a quienes esta feminización no les va mal; soportan mal el mundo, no saben cómo reaccionar en él. Tampoco a todas las mujeres les va bien esta feminización del mundo. En todo caso, confrontados a los cambios, ellas toman ese mundo à bras le corps, lo abrazan con todo el cuerpo, lo toman a su cargo; ellos parecen más bien haber perdido la brújula. “Siempre hay que reinventar lo masculino –no sin lo femenino”. Así comenzó Guy Briole su conferencia, brindándonos un aforismo.

Abordó el tema del goce, el deseo y el amor en femenino, a partir  de la literatura y la clínica, exponiendo viñetas donde la posición femenina se perfila con claridad.

Primera viñeta clínica: Un hombre quiere conservar el amor de su mujer; se precipita a convertirla en madre. Hace caer sobre la mujer la sombra de la madre. Así escapa a la castración, eludiendo mostrarse deseante. Se recluye en la paternidad, pues “para el hombre también, el hijo puede hacer de tapón”.

Segunda viñeta clínica: Otro hombre se siente corroído por los celos. ¿Cómo se atreve su mujer, a la que ha hecho madre tres veces, a clamar su insatisfacción en tanto que mujer! ¿Cómo puede ella hacernos eso?, se pregunta ese “padremadre”. Él la quiere “admirable”, como madre; ella quiere ser “admirada” o por lo menos “mirada” como mujer. Ella no consiente que caiga la sombra de la madre sobre la mujer que es.

Primera puntuación teórica: Se suele creer que la mujer plena es la madre. Pero, para el psicoanálisis, una verdadera mujer no es la madre. Es más bien Medea. La madre “tiene”, está del lado de la abundancia; en cambio la verdadera mujer es, por excelencia, la que “no tiene”; la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes. A la madre se demanda; a la mujer se desea. La mujer es deseada, reprobada y di-famada. Medea no admite dejar a Jasón ir a desear a otra parte; no se satisface con ser la mujer dejada caer.

Segunda puntuación teórica: Temporalidades. El amor es atemporal, en cambio el goce del lado masculino es temporal. El goce del lado masculino es un goce escandido; cuando se acaba se acaba; en cambio el goce del lado femenino no se satisface con la escansión: ¡eso no puede acabar así!; el amor toma el relevo. La temporalidad de la histeria es suspender el goce, para prolongar el deseo y eternizar el amor, como amor insatisfecho. Del lado masculino, se trata más bien de suspender el goce, retrasarlo. En la actualidad, por un lado, se va hacia el goce con gadgets; por otro lado, se pide amor; lo pulsional se rinde, se sacrifica en el altar del no-todo.

Primera viñeta literaria: Belle et bête de Marcela Iacub. Ella mantiene una relación con un hombre. Sabemos que se trata de Dominique Strauss-Khan, del cual dice que es parte hombre y parte cerdo. En el mundo actual se ha desarrollado una “utopía generosa”: un derecho a gozar, una fraternidad en el goce. Pero para que subsista esta fraternidad, es necesario que exista la parte deseante del hombre, es necesario el fantasma del hombre-cerdo, defiende con valentía Iacub. El fantasma no está para ser realizado, está para fantasear. Si matamos al cerdo, la sociedad ya no puede ser fraternal; en todo caso, será sororal. Ella le deja un pedazo de su cuerpo al cerdo, su libra de carne en términos shakespearianos: un trozo del lóbulo de la oreja.

Tercera viñeta clínica: Ella lidia con una sexualidad que la desborda. Casada con un hombre guapo, bueno y brillante, con el cual, sin embargo, su cuerpo no está concernido, ella desea a otro hombre, un amante ordinario. Se queda embarazada. Le atormenta la paternidad, cuando por fechas no cabría ninguna duda. Tiene el hijo, que resulta ser el vivo retrato de su marido. Ella intenta proyectar la sombra de la madre sobre la mujer. Pero no lo consigue: el hijo no la colma. Involucra cada vez más a su madre en los cuidados del niño, se distancia del análisis, cierra a cal y canto el inconsciente, dispuesta a volver al galope de la mujer que hay en ella. Algunas veces cae la sombra de la madre sobre la mujer, pero otras veces es la sombra de la mujer la que cae sobre la madre.

Segunda viñeta literaria: La vida sexual de Catherine M de Catherine Millet y Celos de la misma autora. La vida sexual de Catherine M es una escritura sobre lo real del sexo, sin velo. Muchos hombres rugen  contra esa hembra indómita que reduce al hombre viril al estatuto de un sextoy activado, de un hombre-dildo. Otros hombres –incluso algunos de ellos psicoanalistas– se vanaglorian de haber abierto y cerrado el libro en el espacio de un relámpago. No hay que confundir a M con Millet y de nada sirve hacerle el vudú al fetiche que se ha fabricado de ella. En todo caso el libro es un testimonio de una generación. Sorprendentemente, en su libro posterior, Celos, Millet relata la espiral infernal de los celos donde se hunde a pesar de la libertad pactada con su pareja. Le atormentan las aventuras que Claude tiene con otras mujeres, sobre todo la mentira de Claude que la exilia de él, que pone de manifiesto hasta qué punto ella le es indiferente y la deja en el peor de los lugares: el lugar de la observadora. 

Cuarta viñeta clínica: Luna, mujer de la noche, declara: “tengo un problema con los hombres”. Partida entre un intelectual que la eleva a lo sublime y un latino que la confronta con lo peor de la “decadencia sexual” –pasión, celos, vigilancia, amenazas de muerte y rencuentros inolvidables– no puede salir del ciclo infernal de desenfreno y alcohol.  En medio está El aleluya de Georges Bataille, texto que la conmueve hasta las lágrimas, “la agarra por las tripas”, donde ella se descubre a sí misma en “la orgía anónima”, vibra en la “desnudez sucia [que] se promete al suplicio de los gritos”…
La última puntuación teórica vertió sobre el amor: El amor no puede darse por hecho; hace falta que uno ponga algo de sí para que el lazo se mantenga vivo y deseable. El amor es ante todo una cuestión de saber, de querer saber –como demuestra la transferencia. Guy Briole puntualizó con maestría: “el psicoanálisis no promete un nuevo amor entre los hombres y las mujeres. Al contrario, confirma lo imposible de la relación entre los sexos y que el amor es lo que viene a hacer objeción a esta relación que no hay; el amor es una pantalla puesta sobre este imposible.” ¡Sí!, “podría existir un amor diferente del hecho de que uno, el hombre o la mujer, quisiera saber algo más del otro, de lo que le ocurre, de lo que desea. Es decir, hacer del otro su interlocutor/interlocutora y no su partenaire síntoma”.  Diciendo que se trataba de una cuestión abierta, terminó su su conferencia Guy Briole.  
El Grupo del Garraf se siente privilegiado y agradece al Dr. Guy Briole su generosidad, al impartir desde París, en pleno confinamiento, esta espléndida conferencia. Seguiremos trabajando sus textos.

Alín Salom

miércoles, 22 de abril de 2020

La máscara de la feminidad contemporánea

LÊDA GUIMARÃES

“No se apasione.
La máscara de la femineidad contemporánea”

Reseña de AGNÈS WEHR


Lêda Guimarães nos acerca a la forma actual de la histeria y de la máscara de la femineidad. Propone cómo entenderla desde el psicoanálisis; desde el goce femenino y la omnipresencia del superyó.  Sugiere pasar de la pregunta de Lacan “qué es una mujer” a “hacerse una mujer” ante el enigma de la femineidad. Finalmente hace una propuesta para que funcionen les relaciones amorosas.

La máscara actual de la femineidad tiene un lema: “¡no se apasione!”, renuncie a la pasión para ser una mujer ideal (autónoma, independiente… hasta más potente que el hombre). Pero en este ideal está actuando  el superyó exigente y feroz.

La propuesta que formula Guimarães será: "salir de la tragedia de lo imposible de la relación entre mujer y hombre” y entrar en “la comedia divertida de caer en la cuenta de que hay relación sexual".


***


El conocimiento sobre la subjetividad y la estructura no es una verdad universal y debe replantearse en función de cada época. Actualmente está ocurriendo con la femineidad que se da por verdad universal una proposición , la versión feminista, que es el producto actual de la neurosis histérica. El riesgo de avalar este goce para el psicoanálisis seria su propia muerte.

La perspectiva actual de la histeria

Freud enunció: “Las mujeres representan los intereses de la familia y de la vida sexual. El trabajo de civilización se volvió cada vez más un asunto masculino, confrontando a los hombres con tareas cada vez más difíciles y obligándoles a ejecutar sublimaciones pulsionales de las cuales las mujeres son poco capaces”.

Guimarães dice que Freud tiene razón pero es impreciso. Las mujeres son capaces y lo han demostrado con grandes conquistas en diferentes campos. La cuestión es que: aún habiendo conseguido satisfacción con estas conquistas, siguen centralizando la función de excepción de la feminidad en el amor. Este es el punto en que Freud tiene razón.

En la relación amorosa hay dos vertientes paradójicas entre las cuales Guimarães apunta a la acción del superyó.

El sueño del Ideal inalcanzable de “La
mujer”, única , especial entre todas ante
el deseo masculino.
La caída de este sueño, que se traduce
por el goce superyoico del estrago relativo al sentimiento de exclusión.





¿Cómo es la máscara de la femineidad contemporánea?

Porqué la máscara? Porque no hay respuesta en lo simbólico a la pregunta “Qué es una mujer?”. El goce femenino que no se encuadra medidas fálicas no se puede aprehender. Entonces lo propio de la máscara es que funcione como semblante para la femineidad. Este semblante tiene por objeto, en la relación amorosa,  conseguir ser el falo, es decir ser el significante del deseo del Otro.  De este modo la máscara lleva lo femenino al campo de la significación fálica y , apunta Guimarâes, lo aparta de la función de extimidad, donde se localiza el horizonte de la femineidad.

La máscara actual es fálica, es multifacética, multifálica, de una súper-súper mujer, que incluso muchas veces pretende ser más potente que el hombre. La profesional realizada, La politizada-culta-intelectual, La administradora del hogar, La madre psicopedagogizada, La gimnasta diet, La amante liberada…

Pero la amante apasionada? Fue excomulgada de la lista…

Del lado de las relaciones amorosas, esta máscara que pretendía poder ser el falo, el significante del deseo del Otro, se ha convertido en una multiplicación de falos, o sea una multiplicación de símbolos de castración, que como la cabeza de Medusa hace huir al hombre.

Pero también hace surgir a un nuevo hombre, el que no desiste de la adorable lucha entre los sexos. El hombre posmoderno, metro-sexual, que intenta feminizarse y formula la demanda de amor utilizando los adornos estéticos propuestos por las histéricas contemporáneas, para convertirse en su nuevo juguete. Y la relación se mueve en torno a “discutir la relación”, discusión inacabable en que se cuestiona todo lo mal que actúa el hombre, lo cual tiene por objetivo castrar al compañero con la navaja afilada del feminismo.

A pesar del discurso feminista y de la nueva posición de las mujeres para con los hombres, ellas no se libran de la condición de la pasión en la histeria, que es erotomaníaca (ilusión delirante de ser amada). La pasión acelera el goce erotomaníaco que se convierte en un imperativo de goce fuera de control del sujeto . Imperativo que está fuera de control por una infiltración de la cara mortífera del superyó. El goce erotomaníaco adquiere estatuto de demanda incondicional de amor, porque el amor es el velo que recubre el goce mientras está inhibido o latente.

El superyó

Los obsesivos creen en la ley, en la regla universal para todos. Las histéricas creen más en el juez: proyectan imaginariamente en el compañero (medio precioso de goce) la figura obscena y feroz del superyó. Desde la expresión más absoluta -“los hombres son todos unos monstruos”- a su manifestación más leve -"¿qué va a pensar de mí si pienso en privilegiar mis propios deseos?"-.

Esta proyección sobre el compañero fomenta defensas que son las del discurso feminista, con el objetivo de castrar a cualquiera que se asemeje a esta imagen del superyó.

Para el psicoanalista, se trata de no encarnar la figura obscena del superyó para la histérica,  de “reducir la potencia del Otro”.

El hombre se presenta como ya castrado, destituido de cualquier potencia fálica, cultivando la declinación de lo viril para preservar el amor en relación con la mujer multifálica.

El superyó, la paradoja

El feminismo no libra a las mujeres del estatuto del superyó en la histeria. Sino al contrario. “No se apasione” es renunciar al goce pulsional para que el Ideal de Mujer superpotente pueda ser mantenido. Renunciar a la pulsión a favor de un Ideal. Esta defensa ante la pulsión es proporcional al peligro que supone la pasión. Peligro de que la invasión de goce femenino haga imperar el impulso de entregarse a un hombre sin límite. El imperativo “No se enamore” muestra la presencia del imperativo “Enamórese, muera de pasión”. Así pues, la proposición  “La pasión es una patología” es una proposición histérica. Si se avala desde el psicoanálisis, se estará avalando la lógica infernal de la paradoja del superyó, y se lleva el psicoanálisis a la muerte.

Guimarães entonces afirma que la patología devastadora no es la pasión, es la patología del superyó. El goce exigido por el superyó es esencialmente mortífero.

¿Cuál es la salida para la sexualidad femenina?

No es suficiente decir que es una salida singular, única para cada mujer. ¿Cómo transformar el goce mortífero en goce vivificante? ¿Cómo libertar la pasión del yugo mortífero del superyó? Operación que remite al final de análisis en la histeria. Salida que no es respondiendo a “que es una mujer” sino “hacerse mujer”.

Hacerse mujer

Disyunción que sustenta dos posiciones de goce radicalmente diferentes en relación a la femineidad.

Hacerse mujer
Preguntarse qué es una mujer
Por la vía de la pasión
Lógica fálica
Juicio de valor sobre el objeto del deseo masculino
(pasiva, castrada..)
Consentimiento al
impulso pulsional
vivificante
La significación fálica es mortificante sólo si responde
 a una economía de goce









La clínica psicoanalítica es pues una clínica del superyó

La entrada en análisis será instituida como una anticipación a la salida. El acto analítico deberá producir un salto en el que el sujeto tome distancia de su posición de objeto sujetado al imperativo de goce superyoico, y se pueda ubicar en una posición de sujeto del deseo. Entonces la fuerza compulsiva de un imperativo devastador deja el lugar a un deseo de hacerse objeto causa del deseo masculino. “Sólo así, el juego erótico de los semblantes masculino y femenino podrá salir de la tragedia para la comedia divertida de caer en la cuenta que hay relación sexual.”


*  *  *




Síntesis de la sesión de trabajo

¡No se apasione!

En la actualidad nos encontramos con un fenómeno curioso, que es la desvalorización del amor. La lucha feminista por los derechos de la mujer ha traído consigo cierta dificultad en relación al amor. Para evitar los fenómenos de estrago manifiestos en que caen muchas mujeres en las relaciones de pareja[1], el feminismo ha creído necesario poner en tela de juicio la pasión amorosa y tiende a proponer un modelo de feminidad que prescinda del "amor romántico", la pasión amorosa. Las mujeres tienden, en general, a la erotomanía; el feminismo se lo quiere prohibir. El feminismo se sitúa, en general, en la lógica fálica. Sostiene un discurso universalista; reivindica satisfacciones que valen para todas. No contempla la función de excepción que es precisamente lo específico de la feminidad. Hay un imperativo que circula en la actualidad, que dice a las mujeres algo así como: “¡no te enamores!”, “¡no te apasiones!”, “evita las trampas del amor”. Podemos imaginarnos cuál acaba siendo su revés, qué es lo que el superyó leerá en él: un “¡muere de amor!”, un imperativo mortífero. Donde estaba la prohibición de enamorarse, aparece el imperio de la pasión sin límites.

Amor y superyó

Las mujeres, a pesar de las exhortaciones del feminismo, parecen aún centrarse en las relaciones amorosas, localizar en ellas su goce. En las mujeres el superyó parece ejercer su ferocidad precisamente en el campo del amor. O bien aparece en el campo del amor el ideal de ser La mujer, la única, la especial, la inigualable, ideal ciertamente aplastante; o bien aparece directamente el estrago: en nombre del amor la mujer consiente una relación oblativa con la pareja. En cambio en los hombres el superyó no ejerce, en general, su ferocidad en el campo del amor; parece  más bien localizarse en los ideales sociales, respecto a los cuales el neurótico obsesivo adopta una posición de mortificación, anulación de su deseo, rutina obsesiva[2].

La superwoman medusa y el hombre feminizado

En la actualidad, circula un nuevo ideal de feminidad. Es el ideal de la superwoman, multifacética, autónoma, independiente, profesional realizada, politizada, culta, intelectual, proveedora económica del hogar, madre especializada en saberes psi, gimnasta diet, guapa, saludable, contable de calorías y nutrientes, amante liberada, “especializada en fórmulas de inclusión del orgasmo clitoridiano en el acto sexual”, etc.  Pero de la lista de las características de la superwoman se excluye la de mujer enamorada, la de amante apasionada. El resultado de la acumulación de tantas virtudes, tantas potencias, es que la superwoman finalmente aparece como una figura hiperfálica, una especie de Medusa. La multiplicación del falo es en sí un símbolo de la castración[3]. La superwoman petrifica a los hombres como la Medusa de la mitología. Ella no se da cuenta y se lamenta más bien diciendo: “ya no quedan hombres”...  Mientras, ¿cuál es la posición de los hombres? Ante la furia de las superwomen, muchos hombres declinan de lo viril; tienden a feminizarse. Se presentan como castrados, destituidos de cualquier potencia fálica. Lo hacen, porque es su modo de apelar al amor. Así que la pareja paradigmática de la época es la de la mujer medusa y el hombre feminizado.
                Ya conocemos la estrategia histérica típica de erigir un amo, para castrarlo después. Las tácticas son infinitas. Algunas mujeres acuden al desafío feminista; otras se encallan en una demanda incondicional de amor: ámame, ámame más y más y más y más… Otras se colocan en el lugar de la víctima y ven en los hombres a unos monstruos. Se trata de una proyección imaginaria paranoica: proyectan en el semblante del hombre la figura obscena y feroz de su propio superyó. Etc., etc., etc.

La posición femenina

Las neurosis tienen, en general, la estructura de una pregunta. La neurosis obsesiva se estructura en torno a la pregunta “¿ser o no ser?”. El sujeto obsesivo gira en torno a las preguntas: “¿qué es estar vivo?”, “¿estoy vivo o muerto?”, “¿estoy muerto en vida?”, etc. Hay una especie de “cadaverización en el interior de la armadura obsesiva”[4]. La histeria, en cambio, se asienta sobre la pregunta “¿qué es ser una mujer?” y sus corolarios: “¿qué soy en el fondo: un hombre o una mujer?”, “¿soy realmente una mujer?”, etc. No hay respuesta a esta pregunta en el campo simbólico, que es el campo de la lógica fálica. La feminidad no está inscrita en el inconsciente. Sólo está inscrito el falo y la feminidad no puede aparecer más que como falta, como alteridad. Pero ella no puede de entrada asumirse a sí misma en un lugar de alteridad. Se constituye en la mismidad, dentro de la lógica fálica. Ella también aspira a las realizaciones fálicas. Entonces ella solo podrá adoptar una posición femenina, solo accederá al goce femenino, haciéndose Otra para sí misma, mediante la mediación del hombre. Por tanto, la feminidad no puede ser más que una mascarada, un disfraz, un semblante que ella erija, ¿para qué? Para hacerse causa del deseo de un hombre, para satisfacer justamente sus propias pulsiones de fines pasivos (ser poseída), en definitiva, para dejarse invadir por el goce femenino. Ella, en lugar de pretender tener el falo, tiene que hacer como que es el falo y que carece fehacientemente de él, para causar el deseo del hombre. Ser mujer no es más que desear hacerse objeto causa del deseo masculino, consentir al impulso pulsional de fines pasivos. ¿Cómo? La solución es singular. En todo caso, la posición femenina ofrece una ventaja importante: a ella le costará bastante menos que al hombre ir más allá del falo.

O bien preguntarse, o bien hacerse una mujer

En definitiva no se trata de atascarse histéricamente en el preguntar(se) indefinidamente qué es ser mujer, sino hacerse una mujer. Entiéndase, la feminidad pasa por un acto –y todo acto comporta un atravesamiento, implica una mutación subjetiva, tiene algo de inesperado, imprevisible, indescifrable[5]–. La pregunta “qué es ser mujer”, repetida una y otra vez, no puede más que llevar a una respuesta que difame la feminidad (lo simbólico no da para más) y acabe identificando lo femenino con lo castrado, pasivo, golpeado, degrado, excluido, etc.

Alín Salom



[1] No hay límite al sacrificio, a las concesiones que una mujer puede hacer por un hombre, de su alma, de su cuerpo, de sus bienes, dice Lacan. Voici el estrago.
[2] El ejemplo más claro es el del Hombre de las ratas, Ernst Lanzer, que acabó muriendo en la Primera Guerra Mundial.
[3] S. FREUD, “La cabeza de Medusa” (1922), O. C., Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. III, p. 3697.
[4] JACQUES-ALAIN MILLER, citado por LÊDA GUIMARÃES, Goces de la mujer, Petrópolis, KBR, 2014, p. 28.


lunes, 24 de febrero de 2020

Reseña de la conferencia de JOSEP MARIA PANÉS


   “Modalidades del rechazo de lo femenino”



Josep Maria Panés abrió su conferencia con una salva de fórmulas lapidarias, yendo a las cuestiones elementales que están en la raíz misma del tema.

La cuestión del sí o el no, la aceptación o el rechazo, es absolutamente fundamental en la constitución de la subjetividad[1]. Por un lado está el sí inaugural del sujeto, la Bejahung, por el que consiente a la alienación, consiente eventualmente hablar y, por otro lado, está toda la serie de los noes: el no de la represión, el no de la denegación, el no de la forclusión, en fin, el no del rechazo. Dice Miller, en una conferencia que se titula precisamente “Modalidades del rechazo”, que una vida humana se puede pensar y esquematizar como el conjunto de los síes y los noes que uno pronuncia en la vida[2]: ¿a qué uno ha dicho sí, a qué uno ha dicho que no? ¿Qué ha aceptado y qué ha rechazado?

Antes del rechazo de la feminidad, hay otro rechazo primordial: el rechazo al saber, que es otro nombre del inconsciente. Estamos todos habitados por el rechazo del saber. ¿Y el rechazo de la feminidad? Lo damos por hecho.  Pero ¿no hay también un rechazo de la masculinidad? ¡Sí! ¿Y un rechazo de la homosexualidad? Sin duda. También hay homofobia, transfobia, lgtbfobia, etc. El rechazo a las identidades sexuales es una condición inherente a la relación del ser hablante con la sexualidad. El rechazo parece palpitar en el corazón de la sexualidad; recae sobre cada una de las modalidades de goce. El rechazo de la feminidad es una modalidad particular de un rechazo más amplio de la sexualidad. Algo en la sexualidad suscita rechazo. Freud decía: “por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción”[3]. En la sexualidad hay algo traumático, incompatible con la armonía, la homeostasis, algo que suscita incomodidad, disgusto, rechazo. Y Lacan dice algo similar en el “Atolondradicho”: “no hay relación sexual”. Eso es lo que agujerea la satisfacción, la hace imposible. Es difícil sostener esta tesis fuera del ámbito del psicoanálisis. Uno no se la imagina en los periódicos. Salvo tal vez en Buenos Aires, donde podría aparecer el titular: Última hora: ¡se suspende el Mobile World Congress y, además, no hay relación sexual! Sería cuestión de proponer que se celebrase un día mundial, dijo jocosamente Panés; así conmemoraríamos que no hay relación sexual…

¿Quién rechaza y qué rechaza? fueron las siguientes preguntas que planteó Panés. El agente puede ser hombre o mujer. El objeto del rechazo puede ser la falta o el goce femenino. Alrededor de estos ejes surgen diferentes modalidades de rechazo.

Si el agente del rechazo es un hombre y el objeto del rechazo es la falta, se ve el hombre ante la amenaza de castración. Por ejemplo, en la clínica aparecen a veces niños que describen el susto que se pegan, cuando descubren la diferencia sexual: sembli que li ho hagin tallat…, le susurraba a JMP un niño. La diferencia sexual introduce en lo imaginario una falta. La mujer encarna la dimensión de la falta y, por ende, de lo deseante y demandante –con la  subsiguiente angustia que suele generar el deseo del Otro. El hombre, como propietario asustado, al rechazar la falta, lo que hace es proteger su tener.

Si el objeto del rechazo es, no la falta, sino el goce, estamos ante un rechazo similar al racismo. ¿Pero por qué el otro goce genera rechazo? El hombre ataca una modalidad de goce, la femenina, que le resulta extraña o, mejor dicho, extrañamente íntima. Él desconoce, extimiza su propio goce femenino que es más bien íntimísimo. El rechazo es una operación de exclusión interna. El neurótico quiere desconocer su propio goce. Cuando el hombre de las ratas rechaza la crueldad (de la tortura de introducir ratas por el ano), Freud dice que detecta en su cara los signos de un goce desconocido para él. Según Miller, el trayecto de un análisis se puede plantear como el camino necesario para que un sujeto se reconcilie con su goce. Eso que yo venía imputando al otro y me hacía sufrir, esa “maldad” es mía; ese goce es mío –descubre el analizante. La mujer se presta a encarnar, a hacer surgir en el mundo esta dimensión de lo éxtimo. El rechazo de la falta en la mujer, el rechazo del goce femenino son elementos de la neurosis obsesiva. Sabemos cómo trata el obsesivo el objeto: lo desdobla, o más bien lo escinde entre la madre y la puta. Sobrestima o bien degrada a la mujer. No solo la degradación genera malestar; también lo hace la sobrestimación. Se abren ante la mujer sobrestimada dos caminos: o bien acepta y sufre ese ideal a la  altura del cual ella tiene que mantenerse –y  puede quedar aplastada bajo el peso del ideal–, o bien hace caer el velo y confronta al hombre con la falsedad de sus idealizaciones, con la mentira de sus sublimaciones. La mujer es la hora de la verdad para el hombre, dijo Panés, con una fórmula lapidaria. ¡Wow!

Si el agente del rechazo es una mujer y el objeto del rechazo es la feminidad, el rechazo puede manifestarse como odio de sí. Algunas mujeres asumen la difamación, retoman a su cuenta la calumnia de las mujeres, que suele venir del lado masculino. Dicen: “todas una víboras…”, “ten cuidado con las mujeres, hijo…”, etc.[4]  Ahí la mujer difama su propio goce como mujer y se excluye de la serie. Algunas veces el sujeto capta el alcance de lo que dice, en el análisis.

En cambio, si el rechazo recae sobre la falta, va articulado a un discurso sobre el agravio comparativo, a un discurso de demanda de justicia distributiva, etc. (adquiere un sesgo feminista, entiendo). Hacer de hombre, rivalizar con el hombre son consecuencias de esta posición. En este tipo rechazo de la feminidad estamos el campo de la histeria, señaló Panés.

La falta puede ser abordada de otra forma por una mujer. Ella puede servirse del atractivo erótico de la falta. “Parecer ser el falo a partir de la nada”, voilà el talento de la posición femenina, dijo Panés.

Panés dedicó la última parte de su conferencia a Las tribulaciones del joven Werther de Goethe. Se trata de una obra de juventud de Goethe, basada en elementos autobiográficos. Como en la novela, Goethe se enamoró de la novia de un amigo al cual admiraba; como en la novela sufrió graves tribulaciones. Pero no se suicidó sino que escribió el Werther y posiblemente fue la escritura la que le permitió a Goethe separarse de ese goce mortífero, le libró del pasaje al acto. En todo caso Werther es un alter ego de Goethe[5]. La constelación era clásica: una mujer como falso enlace entre dos hombres. La novela tuvo consecuencias: causó una auténtica epidemia de suicidios.

Goethe fue en su infancia un niño rebelde; intentó oponerse a un padre de una severidad extrema, que pretendía formar a sus hijos de acuerdo con los más altos ideales de la cultura en todos los campos. En algún momento hay un corte y Goethe consiente “la inmisión del adulto en el niño”, es decir, hace suyo el ideal del padre. Si buscó refugio en la madre, no lo encontró: la madre no era especialmente acogedora. Algunas veces, el pasaje al acto suicida puede estar inscrito en el inconsciente del sujeto, si experimenta algo del orden de un rechazo primordial en su llegada al mundo, en el Otro, dijo Panés.

En Las tribulaciones del joven Werther, Goethe construye los parámetros románticos (y neurótico obsesivos) de la sobrestimación de la mujer. Charlotte aparece, como es de esperar, encarnando una figura materna, una mujer del lado del tener. En cuanto Werther la ve repartiendo pan a unos niños, se queda prendado de ella[6]. Panés llevó a cabo un análisis pormenorizado de la novela, que desafortunadamente no podemos retomar en todo su detalle en el marco de una reseña. Señalemos solamente que comentó la coyuntura que desencadena el pasaje al acto, cómo Charlotte intenta alejar a Werther y, además, le hace una interpretación: “Por qué he de ser yo, precisamente yo…, que pertenezco a otro hombre?” “Temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que exalta vuestra pasión”, etc. Encima lo conmina a “ser un hombre”[7], cuando él se ve reducido a encarnar el objeto caído. En fin… Panés ilustró magníficamente el sentido de la afirmación de Lacan (siguiendo a Freud) según el cual “el artista siempre precede”[8] al psicoanálisis. Vimos cómo efectivamente el artista le desbroza el camino también en este terreno de las modalidades del rechazo de lo femenino.

Josep Maria Panés impartió esta conferencia precisamente el día de San Valentín, día de los enamorados. Y nos trajo la siguiente anécdota. Es una festividad cristiana; no es una festividad consumista, recién inventada, como podría creerse. Parece que existió como celebración y liturgia desde el siglo V y tiene un lado ilustrativo. La Iglesia estaba interesada en suprimir unas fiestas paganas: las lupercales. Los jóvenes sacrificaban en estas fiestas animales; luego fabricaban unas correas con la piel del animal sacrificado e iban azotando con esas correas ensangrentadas a las mujeres que se cruzaban por su camino. Para aumentar su fertilidad… Parece que había un gran apego popular a las lupercales. Para velar tanto real, el Vaticano recuperó la historia de ese santo, Valentín, que en el siglo III ascendió a mártir. En época en que el emperador Claudio había prohibido la liturgia cristiana, Valentín seguía celebrando matrimonios. El antropólogo Walter Burkert, al plantear la cuestión de los sacrificios, tan centrales en las religiones, define al hombre como homo necans, hombre que mata. ¿Cómo no! Incluso a sí mismo…

Josep Maria Panés sorprendió una vez más al Grupo con la excelencia de su conferencia, que se supera de año en año, y encima va acompañada de una modestia, una sobriedad, una discreción en la generosidad, por su parte, que nos alucina cada vez que tenemos el honor y el placer de recibirlo. Le estamos inmensamente agradecidos.

Alín Salom



[1] Panés, con mucho sentido del humor, se entretuvo en comentar las consecuencias de decir sí a una invitación a dar una conferencia. Cuando uno dice “sí” a una invitación a una conferencia, y no la rechaza, eso tiene consecuencias… Nuestro estimado Panés lleva tiempo cargando con las consecuencias de consentir a las demandas de nuestro Grupo.

[2] La cita precisa es: “Eso que llamamos una vida, en el sentido de una biografía, se puede resumir mediante esos dos significantes, el “sí” y el “no”, cuándo uno ha dicho que “sí” y cuándo uno ha dicho que “no”; no se necesitan muchas más palabras (Jacques-Alain MILLER, “Modalidades del rechazo”, Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España, Madrid, RBA, 2006, p. 272).

[3] Sigmund FREUD, “Una degradación de la vida erótica”, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. II,  p. 1716.

[4] Un ejercicio espectacular de difamación es la canción del rapero Porta: “Las niñas de hoy en día todas son unas guarras” (observación exterior a la conferencia).

[5] La novela parte de dos líneas de acontecimientos. Por un lado, Goethe se enamora de la novia de un amigo al cual admira; por  otro lado, ese mismo amigo presta sus pistolas a otra persona, externa al triángulo, un hombre que finalmente se suicida, porque también él está capturado en un triángulo amoroso muy doloroso. Goethe junta las dos líneas.

[6] “Atravesé el patio y avancé hacia la casa: cuando hube subido la escalinata y llegué a la puerta contemplaron mis ojos el espectáculo más encantador que he visto en mi vida. En el vestíbulo, seis niños, desde dos hasta once años de edad, saltaban alrededor de una hermosa joven, de mediana estatura, vestida con un sencillo vestido blanco, adornado con lazos de color rosa en las mangas y en el pecho. Tenía en la mano un pan moreno, del que a cada uno de los niños cortaba un pedazo proporcionado a su edad y a su apetito. Les repartía las rebanadas con el mayor agrado y ellos, gritando, le daban las gracias, después de haber tenido un buen rato las manitas levantadas, aun antes de que el pan estuviese cortado.” (Madrid: Alianza, 1974, pp. 31-32)

[7] “Os suplico –añadió cogiéndole la mano– que procuréis dominaros. Vuestro talento, vuestras relaciones, vuestra instrucción os tienen reservados muchos goces. Sed hombre… y triunfaréis de esa fatal inclinación que os arrastra hacia una mujer que todo lo que puede hacer por vos es compadecerlos. […] Tened calma –le dijo–. ¿No comprendéis que corréis voluntariamente a vuestra ruina? ¿Por qué he de ser yo, precisamente yo…, que pertenezco a otro hombre?... ¡Ah! Temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que exalta vuestra pasión. Werther retiró su mano y miró a Carlota con disgusto” (ed. cit., pp. 126-127).

[8] “La única ventaja que un psicoanalista tiene derecho a sacar de su posición, aun cuando esta le fuera pues reconocida como tal, es la de recordar con Freud que en su materia, el artista siempre lo precede, y que no tiene por qué hacerse entonces el psicólogo allí donde el artista le abre el camino.” LACAN, Jacques, “Homenaje a Marguerite Duras”, Otros escritos, Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 211.

martes, 4 de febrero de 2020

Psicoanálisis y feminismo. Reseña



Hace algún tiempo escuché contar en la Escuela que un grupo de personas le propuso a Rosa Calvet ocupar el lugar de +1 en un cártel sobre “psicoanálisis y feminismo”, y que ella les respondió con mucho humor: “psicoanálisis y feminismo no copulan”. ¿Psicoanálisis y feminismo no copulan? ¿Por qué no copulan? ¿Hay allí un malentendido o una incompatibilidad intrínseca? ¿Son las feministas las que rechazan el psicoanálisis? ¿Y no será al revés, los psicoanalistas los que rechazan el feminismo? ¿No estará justificada la hostilidad mutua?

Descubrí con una ristra de lecturas (Beauvoir, Friedan, Greer, Lonzi, etc.) que hubo y hay, en efecto, una hostilidad notoria por parte de la mayor parte de las teóricas del feminismo y del movimiento queer contra el psicoanálisis. Muchas lo consideran como un baluarte teórico del patriarcado o bien una teoría arcaica y caduca. Preciado decía en el reciente congreso de París, Mujeres en psicoanálisis: “Continuar practicando el psicoanálisis, utilizando la noción de diferencia sexual y con instrumentos críticos como el complejo de Edipo, sería hoy tan aberrante como pretender continuar navegando en el universo con un mapa geocéntrico ptolemaico o […] afirmar que la tierra es plana.” Algunos “iones libres” (Juliet Mitchell, Julia Kristeva, etc.) han intentado armonizar los dos discursos, con un éxito relativo.

Ocupar el lugar del Otro no es fácil. Es un lugar que no se puede ocupar más que parcial o intermitentemente. Por otro lado, Lacan reconoce en el Seminario 2 que  “para [la mujer] hay algo insuperable… inaceptable en el hecho de ser colocada en posición de objeto en un orden simbólico”[1]. Ser colocada en posición de objeto en el terreno sexual puede ser francamente interesante durante un rato –¿qué duda cabe!–. Pero ser colocada en posición de objeto en el terreno social en general, ser intercambiada por unos cuantos camellos, por ejemplo, ya tiene menos gracia…....................................

Para leer el texto completo:
https://drive.google.com/open?id=1HaGcFk5sgYj5ZtkQCU9fCjQ4w1JsYGIk


[1] Jacques LACAN, Seminario, 2. Buenos Aires, Paidós, 1983, p. 392. Cursivas mías.