Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana. Quadern de bitàcola




martes, 2 de junio de 2020

Reseña de la conferencia de GUY BRIOLE: Goce, deseo y amor en femenino: esbozos en análisis



Guy Briole introdujo el tema de su conferencia con una referencia a la feminización del mundo en la actualidad. El lugar tradicional del hombre ha quedado impugnado, su autoridad desvalorizada. Pero hay muchos hombres a quienes esta feminización no les va mal; soportan mal el mundo, no saben cómo reaccionar en él. Tampoco a todas las mujeres les va bien esta feminización del mundo. En todo caso, confrontados a los cambios, ellas toman ese mundo à bras le corps, lo abrazan con todo el cuerpo, lo toman a su cargo; ellos parecen más bien haber perdido la brújula. “Siempre hay que reinventar lo masculino –no sin lo femenino”. Así comenzó Guy Briole su conferencia, brindándonos un aforismo.

Abordó el tema del goce, el deseo y el amor en femenino, a partir  de la literatura y la clínica, exponiendo viñetas donde la posición femenina se perfila con claridad.

Primera viñeta clínica: Un hombre quiere conservar el amor de su mujer; se precipita a convertirla en madre. Hace caer sobre la mujer la sombra de la madre. Así escapa a la castración, eludiendo mostrarse deseante. Se recluye en la paternidad, pues “para el hombre también, el hijo puede hacer de tapón”.

Segunda viñeta clínica: Otro hombre se siente corroído por los celos. ¿Cómo se atreve su mujer, a la que ha hecho madre tres veces, a clamar su insatisfacción en tanto que mujer! ¿Cómo puede ella hacernos eso?, se pregunta ese “padremadre”. Él la quiere “admirable”, como madre; ella quiere ser “admirada” o por lo menos “mirada” como mujer. Ella no consiente que caiga la sombra de la madre sobre la mujer que es.

Primera puntuación teórica: Se suele creer que la mujer plena es la madre. Pero, para el psicoanálisis, una verdadera mujer no es la madre. Es más bien Medea. La madre “tiene”, está del lado de la abundancia; en cambio la verdadera mujer es, por excelencia, la que “no tiene”; la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes. A la madre se demanda; a la mujer se desea. La mujer es deseada, reprobada y di-famada. Medea no admite dejar a Jasón ir a desear a otra parte; no se satisface con ser la mujer dejada caer.

Segunda puntuación teórica: Temporalidades. El amor es atemporal, en cambio el goce del lado masculino es temporal. El goce del lado masculino es un goce escandido; cuando se acaba se acaba; en cambio el goce del lado femenino no se satisface con la escansión: ¡eso no puede acabar así!; el amor toma el relevo. La temporalidad de la histeria es suspender el goce, para prolongar el deseo y eternizar el amor, como amor insatisfecho. Del lado masculino, se trata más bien de suspender el goce, retrasarlo. En la actualidad, por un lado, se va hacia el goce con gadgets; por otro lado, se pide amor; lo pulsional se rinde, se sacrifica en el altar del no-todo.

Primera viñeta literaria: Belle et bête de Marcela Iacub. Ella mantiene una relación con un hombre. Sabemos que se trata de Dominique Strauss-Khan, del cual dice que es parte hombre y parte cerdo. En el mundo actual se ha desarrollado una “utopía generosa”: un derecho a gozar, una fraternidad en el goce. Pero para que subsista esta fraternidad, es necesario que exista la parte deseante del hombre, es necesario el fantasma del hombre-cerdo, defiende con valentía Iacub. El fantasma no está para ser realizado, está para fantasear. Si matamos al cerdo, la sociedad ya no puede ser fraternal; en todo caso, será sororal. Ella le deja un pedazo de su cuerpo al cerdo, su libra de carne en términos shakespearianos: un trozo del lóbulo de la oreja.

Tercera viñeta clínica: Ella lidia con una sexualidad que la desborda. Casada con un hombre guapo, bueno y brillante, con el cual, sin embargo, su cuerpo no está concernido, ella desea a otro hombre, un amante ordinario. Se queda embarazada. Le atormenta la paternidad, cuando por fechas no cabría ninguna duda. Tiene el hijo, que resulta ser el vivo retrato de su marido. Ella intenta proyectar la sombra de la madre sobre la mujer. Pero no lo consigue: el hijo no la colma. Involucra cada vez más a su madre en los cuidados del niño, se distancia del análisis, cierra a cal y canto el inconsciente, dispuesta a volver al galope de la mujer que hay en ella.

Segunda viñeta literaria: La vida sexual de Catherine M de Catherine Millet y Celos de la misma autora. La vida sexual de Catherine M es una escritura sobre lo real del sexo, sin velo. Muchos hombres rugen  contra esa hembra indómita que reduce al hombre viril al estatuto de un sextoy activado, de un hombre-dildo. Otros hombres –incluso algunos de ellos psicoanalistas– se vanaglorian de haber abierto y cerrado el libro en el espacio de un relámpago. No hay que confundir a M con Millet y de nada sirve hacerle el vudú al fetiche que se ha fabricado de ella. En todo caso el libro es un testimonio de una generación. Sorprendentemente, en su libro posterior, Celos, Millet relata la espiral infernal de los celos donde se hunde a pesar de la libertad pactada con su pareja. Le atormentan las aventuras que Claude tiene con otras mujeres, sobre todo la mentira de Claude que la exilia de él, que pone de manifiesto hasta qué punto ella le es indiferente y la deja en el peor de los lugares: el lugar de la observadora.

Cuarta viñeta clínica: Luna, mujer de la noche, declara: “tengo un problema con los hombres”. Partida entre un intelectual que la eleva a lo sublime y un latino que la confronta con lo peor de la “decadencia sexual” –pasión, celos, vigilancia, amenazas de muerte y rencuentros inolvidables– no puede salir del ciclo infernal de desenfreno y alcohol.  En medio está El aleluya de Georges Bataille, texto que la conmueve hasta las lágrimas, “la agarra por las tripas”, donde ella se descubre a sí misma en “la orgía anónima”, vibra en la “desnudez sucia [que] se promete al suplicio de los gritos”…

La última puntuación teórica vertió sobre el amor: El amor no puede darse por hecho; hace falta que uno ponga algo de sí para que el lazo se mantenga vivo y deseable. El amor es ante todo una cuestión de saber, de querer saber –como demuestra la transferencia. Guy Briole puntualizó con maestría: “el psicoanálisis no promete un nuevo amor entre los hombres y las mujeres. Al contrario, confirma lo imposible de la relación entre los sexos y que el amor es lo que viene a hacer objeción a esta relación que no hay; el amor es una pantalla puesta sobre este imposible.” ¡Sí!, “podría existir un amor diferente del hecho de que uno, el hombre o la mujer, quisiera saber algo más del otro, de lo que le ocurre, de lo que desea. Es decir, hacer del otro su interlocutor/interlocutora y no su partenaire síntoma”.  Diciendo que se trataba de una cuestión abierta, terminó su su conferencia Guy Briole.  
El Grupo del Garraf se siente privilegiado y agradece al Dr. Guy Briole su generosidad, al impartir desde París, en pleno confinamiento, esta espléndida conferencia. Seguiremos trabajando sus textos.

Alín Salom

miércoles, 22 de abril de 2020

La máscara de la feminidad contemporánea

LÊDA GUIMARÃES

“No se apasione.
La máscara de la femineidad contemporánea”

Reseña de AGNÈS WEHR


Lêda Guimarães nos acerca a la forma actual de la histeria y de la máscara de la femineidad. Propone cómo entenderla desde el psicoanálisis; desde el goce femenino y la omnipresencia del superyó.  Sugiere pasar de la pregunta de Lacan “qué es una mujer” a “hacerse una mujer” ante el enigma de la femineidad. Finalmente hace una propuesta para que funcionen les relaciones amorosas.

La máscara actual de la femineidad tiene un lema: “¡no se apasione!”, renuncie a la pasión para ser una mujer ideal (autónoma, independiente… hasta más potente que el hombre). Pero en este ideal está actuando  el superyó exigente y feroz.

La propuesta que formula Guimarães será: "salir de la tragedia de lo imposible de la relación entre mujer y hombre” y entrar en “la comedia divertida de caer en la cuenta de que hay relación sexual".


***


El conocimiento sobre la subjetividad y la estructura no es una verdad universal y debe replantearse en función de cada época. Actualmente está ocurriendo con la femineidad que se da por verdad universal una proposición , la versión feminista, que es el producto actual de la neurosis histérica. El riesgo de avalar este goce para el psicoanálisis seria su propia muerte.

La perspectiva actual de la histeria

Freud enunció: “Las mujeres representan los intereses de la familia y de la vida sexual. El trabajo de civilización se volvió cada vez más un asunto masculino, confrontando a los hombres con tareas cada vez más difíciles y obligándoles a ejecutar sublimaciones pulsionales de las cuales las mujeres son poco capaces”.

Guimarães dice que Freud tiene razón pero es impreciso. Las mujeres son capaces y lo han demostrado con grandes conquistas en diferentes campos. La cuestión es que: aún habiendo conseguido satisfacción con estas conquistas, siguen centralizando la función de excepción de la feminidad en el amor. Este es el punto en que Freud tiene razón.

En la relación amorosa hay dos vertientes paradójicas entre las cuales Guimarães apunta a la acción del superyó.

El sueño del Ideal inalcanzable de “La
mujer”, única , especial entre todas ante
el deseo masculino.
La caída de este sueño, que se traduce
por el goce superyoico del estrago relativo al sentimiento de exclusión.





¿Cómo es la máscara de la femineidad contemporánea?

Porqué la máscara? Porque no hay respuesta en lo simbólico a la pregunta “Qué es una mujer?”. El goce femenino que no se encuadra medidas fálicas no se puede aprehender. Entonces lo propio de la máscara es que funcione como semblante para la femineidad. Este semblante tiene por objeto, en la relación amorosa,  conseguir ser el falo, es decir ser el significante del deseo del Otro.  De este modo la máscara lleva lo femenino al campo de la significación fálica y , apunta Guimarâes, lo aparta de la función de extimidad, donde se localiza el horizonte de la femineidad.

La máscara actual es fálica, es multifacética, multifálica, de una súper-súper mujer, que incluso muchas veces pretende ser más potente que el hombre. La profesional realizada, La politizada-culta-intelectual, La administradora del hogar, La madre psicopedagogizada, La gimnasta diet, La amante liberada…

Pero la amante apasionada? Fue excomulgada de la lista…

Del lado de las relaciones amorosas, esta máscara que pretendía poder ser el falo, el significante del deseo del Otro, se ha convertido en una multiplicación de falos, o sea una multiplicación de símbolos de castración, que como la cabeza de Medusa hace huir al hombre.

Pero también hace surgir a un nuevo hombre, el que no desiste de la adorable lucha entre los sexos. El hombre posmoderno, metro-sexual, que intenta feminizarse y formula la demanda de amor utilizando los adornos estéticos propuestos por las histéricas contemporáneas, para convertirse en su nuevo juguete. Y la relación se mueve en torno a “discutir la relación”, discusión inacabable en que se cuestiona todo lo mal que actúa el hombre, lo cual tiene por objetivo castrar al compañero con la navaja afilada del feminismo.

A pesar del discurso feminista y de la nueva posición de las mujeres para con los hombres, ellas no se libran de la condición de la pasión en la histeria, que es erotomaníaca (ilusión delirante de ser amada). La pasión acelera el goce erotomaníaco que se convierte en un imperativo de goce fuera de control del sujeto . Imperativo que está fuera de control por una infiltración de la cara mortífera del superyó. El goce erotomaníaco adquiere estatuto de demanda incondicional de amor, porque el amor es el velo que recubre el goce mientras está inhibido o latente.

El superyó

Los obsesivos creen en la ley, en la regla universal para todos. Las histéricas creen más en el juez: proyectan imaginariamente en el compañero (medio precioso de goce) la figura obscena y feroz del superyó. Desde la expresión más absoluta -“los hombres son todos unos monstruos”- a su manifestación más leve -"¿qué va a pensar de mí si pienso en privilegiar mis propios deseos?"-.

Esta proyección sobre el compañero fomenta defensas que son las del discurso feminista, con el objetivo de castrar a cualquiera que se asemeje a esta imagen del superyó.

Para el psicoanalista, se trata de no encarnar la figura obscena del superyó para la histérica,  de “reducir la potencia del Otro”.

El hombre se presenta como ya castrado, destituido de cualquier potencia fálica, cultivando la declinación de lo viril para preservar el amor en relación con la mujer multifálica.

El superyó, la paradoja

El feminismo no libra a las mujeres del estatuto del superyó en la histeria. Sino al contrario. “No se apasione” es renunciar al goce pulsional para que el Ideal de Mujer superpotente pueda ser mantenido. Renunciar a la pulsión a favor de un Ideal. Esta defensa ante la pulsión es proporcional al peligro que supone la pasión. Peligro de que la invasión de goce femenino haga imperar el impulso de entregarse a un hombre sin límite. El imperativo “No se enamore” muestra la presencia del imperativo “Enamórese, muera de pasión”. Así pues, la proposición  “La pasión es una patología” es una proposición histérica. Si se avala desde el psicoanálisis, se estará avalando la lógica infernal de la paradoja del superyó, y se lleva el psicoanálisis a la muerte.

Guimarães entonces afirma que la patología devastadora no es la pasión, es la patología del superyó. El goce exigido por el superyó es esencialmente mortífero.

¿Cuál es la salida para la sexualidad femenina?

No es suficiente decir que es una salida singular, única para cada mujer. ¿Cómo transformar el goce mortífero en goce vivificante? ¿Cómo libertar la pasión del yugo mortífero del superyó? Operación que remite al final de análisis en la histeria. Salida que no es respondiendo a “que es una mujer” sino “hacerse mujer”.

Hacerse mujer

Disyunción que sustenta dos posiciones de goce radicalmente diferentes en relación a la femineidad.

Hacerse mujer
Preguntarse qué es una mujer
Por la vía de la pasión
Lógica fálica
Juicio de valor sobre el objeto del deseo masculino
(pasiva, castrada..)
Consentimiento al
impulso pulsional
vivificante
La significación fálica es mortificante sólo si responde
 a una economía de goce









La clínica psicoanalítica es pues una clínica del superyó

La entrada en análisis será instituida como una anticipación a la salida. El acto analítico deberá producir un salto en el que el sujeto tome distancia de su posición de objeto sujetado al imperativo de goce superyoico, y se pueda ubicar en una posición de sujeto del deseo. Entonces la fuerza compulsiva de un imperativo devastador deja el lugar a un deseo de hacerse objeto causa del deseo masculino. “Sólo así, el juego erótico de los semblantes masculino y femenino podrá salir de la tragedia para la comedia divertida de caer en la cuenta que hay relación sexual.”


*  *  *




Síntesis de la sesión de trabajo

¡No se apasione!

En la actualidad nos encontramos con un fenómeno curioso, que es la desvalorización del amor. La lucha feminista por los derechos de la mujer ha traído consigo cierta dificultad en relación al amor. Para evitar los fenómenos de estrago manifiestos en que caen muchas mujeres en las relaciones de pareja[1], el feminismo ha creído necesario poner en tela de juicio la pasión amorosa y tiende a proponer un modelo de feminidad que prescinda del "amor romántico", la pasión amorosa. Las mujeres tienden, en general, a la erotomanía; el feminismo se lo quiere prohibir. El feminismo se sitúa, en general, en la lógica fálica. Sostiene un discurso universalista; reivindica satisfacciones que valen para todas. No contempla la función de excepción que es precisamente lo específico de la feminidad. Hay un imperativo que circula en la actualidad, que dice a las mujeres algo así como: “¡no te enamores!”, “¡no te apasiones!”, “evita las trampas del amor”. Podemos imaginarnos cuál acaba siendo su revés, qué es lo que el superyó leerá en él: un “¡muere de amor!”, un imperativo mortífero. Donde estaba la prohibición de enamorarse, aparece el imperio de la pasión sin límites.

Amor y superyó

Las mujeres, a pesar de las exhortaciones del feminismo, parecen aún centrarse en las relaciones amorosas, localizar en ellas su goce. En las mujeres el superyó parece ejercer su ferocidad precisamente en el campo del amor. O bien aparece en el campo del amor el ideal de ser La mujer, la única, la especial, la inigualable, ideal ciertamente aplastante; o bien aparece directamente el estrago: en nombre del amor la mujer consiente una relación oblativa con la pareja. En cambio en los hombres el superyó no ejerce, en general, su ferocidad en el campo del amor; parece  más bien localizarse en los ideales sociales, respecto a los cuales el neurótico obsesivo adopta una posición de mortificación, anulación de su deseo, rutina obsesiva[2].

La superwoman medusa y el hombre feminizado

En la actualidad, circula un nuevo ideal de feminidad. Es el ideal de la superwoman, multifacética, autónoma, independiente, profesional realizada, politizada, culta, intelectual, proveedora económica del hogar, madre especializada en saberes psi, gimnasta diet, guapa, saludable, contable de calorías y nutrientes, amante liberada, “especializada en fórmulas de inclusión del orgasmo clitoridiano en el acto sexual”, etc.  Pero de la lista de las características de la superwoman se excluye la de mujer enamorada, la de amante apasionada. El resultado de la acumulación de tantas virtudes, tantas potencias, es que la superwoman finalmente aparece como una figura hiperfálica, una especie de Medusa. La multiplicación del falo es en sí un símbolo de la castración[3]. La superwoman petrifica a los hombres como la Medusa de la mitología. Ella no se da cuenta y se lamenta más bien diciendo: “ya no quedan hombres”...  Mientras, ¿cuál es la posición de los hombres? Ante la furia de las superwomen, muchos hombres declinan de lo viril; tienden a feminizarse. Se presentan como castrados, destituidos de cualquier potencia fálica. Lo hacen, porque es su modo de apelar al amor. Así que la pareja paradigmática de la época es la de la mujer medusa y el hombre feminizado.
                Ya conocemos la estrategia histérica típica de erigir un amo, para castrarlo después. Las tácticas son infinitas. Algunas mujeres acuden al desafío feminista; otras se encallan en una demanda incondicional de amor: ámame, ámame más y más y más y más… Otras se colocan en el lugar de la víctima y ven en los hombres a unos monstruos. Se trata de una proyección imaginaria paranoica: proyectan en el semblante del hombre la figura obscena y feroz de su propio superyó. Etc., etc., etc.

La posición femenina

Las neurosis tienen, en general, la estructura de una pregunta. La neurosis obsesiva se estructura en torno a la pregunta “¿ser o no ser?”. El sujeto obsesivo gira en torno a las preguntas: “¿qué es estar vivo?”, “¿estoy vivo o muerto?”, “¿estoy muerto en vida?”, etc. Hay una especie de “cadaverización en el interior de la armadura obsesiva”[4]. La histeria, en cambio, se asienta sobre la pregunta “¿qué es ser una mujer?” y sus corolarios: “¿qué soy en el fondo: un hombre o una mujer?”, “¿soy realmente una mujer?”, etc. No hay respuesta a esta pregunta en el campo simbólico, que es el campo de la lógica fálica. La feminidad no está inscrita en el inconsciente. Sólo está inscrito el falo y la feminidad no puede aparecer más que como falta, como alteridad. Pero ella no puede de entrada asumirse a sí misma en un lugar de alteridad. Se constituye en la mismidad, dentro de la lógica fálica. Ella también aspira a las realizaciones fálicas. Entonces ella solo podrá adoptar una posición femenina, solo accederá al goce femenino, haciéndose Otra para sí misma, mediante la mediación del hombre. Por tanto, la feminidad no puede ser más que una mascarada, un disfraz, un semblante que ella erija, ¿para qué? Para hacerse causa del deseo de un hombre, para satisfacer justamente sus propias pulsiones de fines pasivos (ser poseída), en definitiva, para dejarse invadir por el goce femenino. Ella, en lugar de pretender tener el falo, tiene que hacer como que es el falo y que carece fehacientemente de él, para causar el deseo del hombre. Ser mujer no es más que desear hacerse objeto causa del deseo masculino, consentir al impulso pulsional de fines pasivos. ¿Cómo? La solución es singular. En todo caso, la posición femenina ofrece una ventaja importante: a ella le costará bastante menos que al hombre ir más allá del falo.

O bien preguntarse, o bien hacerse una mujer

En definitiva no se trata de atascarse histéricamente en el preguntar(se) indefinidamente qué es ser mujer, sino hacerse una mujer. Entiéndase, la feminidad pasa por un acto –y todo acto comporta un atravesamiento, implica una mutación subjetiva, tiene algo de inesperado, imprevisible, indescifrable[5]–. La pregunta “qué es ser mujer”, repetida una y otra vez, no puede más que llevar a una respuesta que difame la feminidad (lo simbólico no da para más) y acabe identificando lo femenino con lo castrado, pasivo, golpeado, degrado, excluido, etc.

Alín Salom



[1] No hay límite al sacrificio, a las concesiones que una mujer puede hacer por un hombre, de su alma, de su cuerpo, de sus bienes, dice Lacan. Voici el estrago.
[2] El ejemplo más claro es el del Hombre de las ratas, Ernst Lanzer, que acabó muriendo en la Primera Guerra Mundial.
[3] S. FREUD, “La cabeza de Medusa” (1922), O. C., Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. III, p. 3697.
[4] JACQUES-ALAIN MILLER, citado por LÊDA GUIMARÃES, Goces de la mujer, Petrópolis, KBR, 2014, p. 28.


lunes, 24 de febrero de 2020

Reseña de la conferencia de JOSEP MARIA PANÉS


   “Modalidades del rechazo de lo femenino”



Josep Maria Panés abrió su conferencia con una salva de fórmulas lapidarias, yendo a las cuestiones elementales que están en la raíz misma del tema.

La cuestión del o el no, la aceptación o el rechazo, es absolutamente fundamental en la constitución de la subjetividad[1]. Por un lado está el inaugural del sujeto, la Bejahung, por el que consiente a la alienación, consiente eventualmente hablar y, por otro lado, está toda la serie de los noes: el no de la represión, el no de la denegación, el no de la forclusión, en fin, el no del rechazo. Dice Miller, en una conferencia que se titula precisamente “Modalidades del rechazo”, que una vida humana se puede pensar y esquematizar como el conjunto de los síes y los noes que uno pronuncia en la vida[2]: ¿a qué uno ha dicho , a qué uno ha dicho que no? ¿Qué ha aceptado y qué ha rechazado?

Antes del rechazo de la feminidad, hay otro rechazo primordial: el rechazo al saber, que es otro nombre del inconsciente. Estamos todos habitados por el rechazo del saber. ¿Y el rechazo de la feminidad? Lo damos por hecho.  Pero ¿no hay también un rechazo de la masculinidad? ¡Sí! ¿Y un rechazo de la homosexualidad? Sin duda. También hay homofobia, transfobia, lgtbfobia, etc. El rechazo a las identidades sexuales es una condición inherente a la relación del ser hablante con la sexualidad. El rechazo parece palpitar en el corazón de la sexualidad; recae sobre cada una de las modalidades de goce. El rechazo de la feminidad es una modalidad particular de un rechazo más amplio de la sexualidad. Algo en la sexualidad suscita rechazo. Freud decía: “por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción”[3]. En la sexualidad hay algo traumático, incompatible con la armonía, la homeostasis, algo que suscita incomodidad, disgusto, rechazo. Y Lacan dice algo similar en el “Atolondradicho”: “no hay relación sexual”. Eso es lo que agujerea la satisfacción, la hace imposible. Es difícil sostener esta tesis fuera del ámbito del psicoanálisis. Uno no se la imagina en los periódicos. Salvo tal vez en Buenos Aires, donde podría aparecer el titular: Última hora: ¡se suspende el Mobile World Congress y, además, no hay relación sexual! Sería cuestión de proponer que se celebrase un día mundial, dijo jocosamente Panés; así conmemoraríamos que no hay relación sexual

¿Quién rechaza y qué rechaza? fueron las siguientes preguntas que planteó Panés. El agente puede ser hombre o mujer. El objeto del rechazo puede ser la falta o el goce femenino. Alrededor de estos ejes surgen diferentes modalidades de rechazo.

Si el agente del rechazo es un hombre y el objeto del rechazo es la falta, se ve el hombre ante la amenaza de castración. Por ejemplo, en la clínica aparecen a veces niños que describen el susto que se pegan, cuando descubren la diferencia sexual: sembli que li ho hagin tallat…, le susurraba a JMP un niño. La diferencia sexual introduce en lo imaginario una falta. La mujer encarna la dimensión de la falta y, por ende, de lo deseante y demandante –con la  subsiguiente angustia que suele generar el deseo del Otro. El hombre, como propietario asustado, al rechazar la falta, lo que hace es proteger su tener.

Si el objeto del rechazo es, no la falta, sino el goce, estamos ante un rechazo similar al racismo. ¿Pero por qué el otro goce genera rechazo? El hombre ataca una modalidad de goce, la femenina, que le resulta extraña o, mejor dicho, extrañamente íntima. Él desconoce, extimiza su propio goce femenino que es más bien íntimísimo. El rechazo es una operación de exclusión interna. El neurótico quiere desconocer su propio goce. Cuando el hombre de las ratas rechaza la crueldad (de la tortura de introducir ratas por el ano), Freud dice que detecta en su cara los signos de un goce desconocido para él. Según Miller, el trayecto de un análisis se puede plantear como el camino necesario para que un sujeto se reconcilie con su goce. Eso que yo venía imputando al otro y me hacía sufrir, esa “maldad” es mía; ese goce es mío –descubre el analizante. La mujer se presta a encarnar, a hacer surgir en el mundo esta dimensión de lo éxtimo. El rechazo de la falta en la mujer, el rechazo del goce femenino son elementos de la neurosis obsesiva. Sabemos cómo trata el obsesivo el objeto: lo desdobla, o más bien lo escinde entre la madre y la puta. Sobrestima o bien degrada a la mujer. No solo la degradación genera malestar; también lo hace la sobrestimación. Se abren ante la mujer sobrestimada dos caminos: o bien acepta y sufre ese ideal a la  altura del cual ella tiene que mantenerse –y  puede quedar aplastada bajo el peso del ideal–, o bien hace caer el velo y confronta al hombre con la falsedad de sus idealizaciones, con la mentira de sus sublimaciones. La mujer es la hora de la verdad para el hombre, dijo Panés, con una fórmula lapidaria. ¡Wow!

Si el agente del rechazo es una mujer y el objeto del rechazo es la feminidad, el rechazo puede manifestarse como odio de sí. Algunas mujeres asumen la difamación, retoman a su cuenta la calumnia de las mujeres, que suele venir del lado masculino. Dicen: “todas una víboras…”, “ten cuidado con las mujeres, hijo…”, etc.[4]  Ahí la mujer difama su propio goce como mujer y se excluye de la serie. Algunas veces el sujeto capta el alcance de lo que dice, en el análisis.

En cambio, si el rechazo recae sobre la falta, va articulado a un discurso sobre el agravio comparativo, a un discurso de demanda de justicia distributiva, etc. (adquiere un sesgo feminista, entiendo). Hacer de hombre, rivalizar con el hombre son consecuencias de esta posición. En este tipo rechazo de la feminidad estamos el campo de la histeria, señaló Panés.

La falta puede ser abordada de otra forma por una mujer. Ella puede servirse del atractivo erótico de la falta. “Parecer ser el falo a partir de la nada”, voilà el talento de la posición femenina, dijo Panés.

Panés dedicó la última parte de su conferencia a Las tribulaciones del joven Werther de Goethe. Se trata de una obra de juventud de Goethe, basada en elementos autobiográficos. Como en la novela, Goethe se enamoró de la novia de un amigo al cual admiraba; como en la novela sufrió graves tribulaciones. Pero no se suicidó sino que escribió el Werther y posiblemente fue la escritura la que le permitió a Goethe separarse de ese goce mortífero, le libró del pasaje al acto. En todo caso Werther es un alter ego de Goethe[5]. La constelación era clásica: una mujer como falso enlace entre dos hombres. La novela tuvo consecuencias: causó una auténtica epidemia de suicidios.

Goethe fue en su infancia un niño rebelde; intentó oponerse a un padre de una severidad extrema, que pretendía formar a sus hijos de acuerdo con los más altos ideales de la cultura en todos los campos. En algún momento hay un corte y Goethe consiente “la inmisión del adulto en el niño”, es decir, hace suyo el ideal del padre. Si buscó refugio en la madre, no lo encontró: la madre no era especialmente acogedora. Algunas veces, el pasaje al acto suicida puede estar inscrito en el inconsciente del sujeto, si experimenta algo del orden de un rechazo primordial en su llegada al mundo, en el Otro, dijo Panés.

En Las tribulaciones del joven Werther, Goethe construye los parámetros románticos (y neurótico obsesivos) de la sobrestimación de la mujer. Charlotte aparece, como es de esperar, encarnando una figura materna, una mujer del lado del tener. En cuanto Werther la ve repartiendo pan a unos niños, se queda prendado de ella[6]. Panés llevó a cabo un análisis pormenorizado de la novela, que desafortunadamente no podemos retomar en todo su detalle en el marco de una reseña. Señalemos solamente que comentó la coyuntura que desencadena el pasaje al acto, cómo Charlotte intenta alejar a Werther y, además, le hace una interpretación: “Por qué he de ser yo, precisamente yo…, que pertenezco a otro hombre?” “Temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que exalta vuestra pasión”, etc. Encima lo conmina a “ser un hombre”[7], cuando él se ve reducido a encarnar el objeto caído. En fin… Panés ilustró magníficamente el sentido de la afirmación de Lacan (siguiendo a Freud) según el cual “el artista siempre precede”[8] al psicoanálisis. Vimos cómo efectivamente el artista le desbroza el camino también en este terreno de las modalidades del rechazo de lo femenino.

Josep Maria Panés impartió esta conferencia precisamente el día de San Valentín, día de los enamorados. Y nos trajo la siguiente anécdota. Es una festividad cristiana; no es una festividad consumista, recién inventada, como podría creerse. Parece que existió como celebración y liturgia desde el siglo V y tiene un lado ilustrativo. La Iglesia estaba interesada en suprimir unas fiestas paganas: las lupercales. Los jóvenes sacrificaban en estas fiestas animales; luego fabricaban unas correas con la piel del animal sacrificado e iban azotando con esas correas ensangrentadas a las mujeres que se cruzaban por su camino. Para aumentar su fertilidad… Parece que había un gran apego popular a las lupercales. Para velar tanto real, el Vaticano recuperó la historia de ese santo, Valentín, que en el siglo III ascendió a mártir. En época en que el emperador Claudio había prohibido la liturgia cristiana, Valentín seguía celebrando matrimonios. El antropólogo Walter Burkert, al plantear la cuestión de los sacrificios, tan centrales en las religiones, define al hombre como homo necans, hombre que mata. ¿Cómo no! Incluso a sí mismo…

Josep Maria Panés sorprendió una vez más al Grupo con la excelencia de su conferencia, que se supera de año en año, y encima va acompañada de una modestia, una sobriedad, una discreción en la generosidad, por su parte, que nos alucina cada vez que tenemos el honor y el placer de recibirlo. Le estamos inmensamente agradecidos.

Alín Salom



[1] Panés, con mucho sentido del humor, se entretuvo en comentar las consecuencias de decir sí a una invitación a dar una conferencia. Cuando uno dice “sí” a una invitación a una conferencia, y no la rechaza, eso tiene consecuencias… Nuestro estimado Panés lleva tiempo cargando con las consecuencias de consentir a las demandas de nuestro Grupo.

[2] La cita precisa es: “Eso que llamamos una vida, en el sentido de una biografía, se puede resumir mediante esos dos significantes, el “sí” y el “no”, cuándo uno ha dicho que “sí” y cuándo uno ha dicho que “no”; no se necesitan muchas más palabras (Jacques-Alain MILLER, “Modalidades del rechazo”, Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España, Madrid, RBA, 2006, p. 272).

[3] Sigmund FREUD, “Una degradación de la vida erótica”, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. II,  p. 1716.

[4] Un ejercicio espectacular de difamación es la canción del rapero Porta: “Las niñas de hoy en día todas son unas guarras” (observación exterior a la conferencia).

[5] La novela parte de dos líneas de acontecimientos. Por un lado, Goethe se enamora de la novia de un amigo al cual admira; por  otro lado, ese mismo amigo presta sus pistolas a otra persona, externa al triángulo, un hombre que finalmente se suicida, porque también él está capturado en un triángulo amoroso muy doloroso. Goethe junta las dos líneas.

[6] “Atravesé el patio y avancé hacia la casa: cuando hube subido la escalinata y llegué a la puerta contemplaron mis ojos el espectáculo más encantador que he visto en mi vida. En el vestíbulo, seis niños, desde dos hasta once años de edad, saltaban alrededor de una hermosa joven, de mediana estatura, vestida con un sencillo vestido blanco, adornado con lazos de color rosa en las mangas y en el pecho. Tenía en la mano un pan moreno, del que a cada uno de los niños cortaba un pedazo proporcionado a su edad y a su apetito. Les repartía las rebanadas con el mayor agrado y ellos, gritando, le daban las gracias, después de haber tenido un buen rato las manitas levantadas, aun antes de que el pan estuviese cortado.” (Madrid: Alianza, 1974, pp. 31-32)

[7] “Os suplico –añadió cogiéndole la mano– que procuréis dominaros. Vuestro talento, vuestras relaciones, vuestra instrucción os tienen reservados muchos goces. Sed hombre… y triunfaréis de esa fatal inclinación que os arrastra hacia una mujer que todo lo que puede hacer por vos es compadecerlos. […] Tened calma –le dijo–. ¿No comprendéis que corréis voluntariamente a vuestra ruina? ¿Por qué he de ser yo, precisamente yo…, que pertenezco a otro hombre?... ¡Ah! Temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que exalta vuestra pasión. Werther retiró su mano y miró a Carlota con disgusto” (ed. cit., pp. 126-127).

[8] “La única ventaja que un psicoanalista tiene derecho a sacar de su posición, aun cuando esta le fuera pues reconocida como tal, es la de recordar con Freud que en su materia, el artista siempre lo precede, y que no tiene por qué hacerse entonces el psicólogo allí donde el artista le abre el camino.” LACAN, Jacques, “Homenaje a Marguerite Duras”, Otros escritos, Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 211.

martes, 4 de febrero de 2020

Psicoanálisis y feminismo. Reseña



Hace algún tiempo escuché contar en la Escuela que un grupo de personas le propuso a Rosa Calvet ocupar el lugar de +1 en un cártel sobre “psicoanálisis y feminismo”, y que ella les respondió con mucho humor: “psicoanálisis y feminismo no copulan. ¿Psicoanálisis y feminismo no copulan? ¿Por qué no copulan? ¿Hay allí un malentendido o una incompatibilidad intrínseca? ¿Son las feministas las que rechazan el psicoanálisis? ¿Y no será al revés, los psicoanalistas los que rechazan el feminismo? ¿No estará justificada la hostilidad mutua?

Descubrí con una ristra de lecturas (Beauvoir, Friedan, Greer, Lonzi, etc.) que hubo y hay, en efecto, una hostilidad notoria por parte de la mayor parte de las teóricas del feminismo y del movimiento queer contra el psicoanálisis. Muchas lo consideran como un baluarte teórico del patriarcado o bien una teoría arcaica y caduca. Preciado decía en el reciente congreso de París, Mujeres en psicoanálisis: “Continuar practicando el psicoanálisis, utilizando la noción de diferencia sexual y con instrumentos críticos como el complejo de Edipo, sería hoy tan aberrante como pretender continuar navegando en el universo con un mapa geocéntrico ptolemaico o […] afirmar que la tierra es plana.” Algunos “iones libres” (Juliet Mitchell, Julia Kristeva, etc.) han intentado armonizar los dos discursos, con un éxito relativo.

Ocupar el lugar del Otro no es fácil. Es un lugar que no se puede ocupar más que parcial o intermitentemente. Por otro lado, Lacan reconoce en el Seminario 2 que  “para [la mujer] hay algo insuperable… inaceptable en el hecho de ser colocada en posición de objeto en un orden simbólico[1]. Ser colocada en posición de objeto en el terreno sexual puede ser francamente interesante durante un rato –¿qué duda cabe!–. Pero ser colocada en posición de objeto en el terreno social en general, ser intercambiada por unos cuantos camellos, por ejemplo, ya tiene menos gracia…....................................

Para leer el texto completo:
https://drive.google.com/open?id=1HaGcFk5sgYj5ZtkQCU9fCjQ4w1JsYGIk


[1] Jacques LACAN, Seminario, 2. Buenos Aires, Paidós, 1983, p. 392. Cursivas mías.

miércoles, 18 de diciembre de 2019


DEL MASOQUISMO FEMENINO A LA PRIVACIÓN

Patricia Montozzi




Antes de meternos de lleno en esta cuestión del masoquismo (femenino) propongo pasar por algunos artículos de Freud que constituyen la columna vertebral del masoquismo.

En “Pulsiones y destinos de Pulsión” (1915) Freud piensa el masoquismo es como un sadismo vuelto hacia el propio yo, en el cual el objeto de la pulsión, es decir “aquello en o por lo cual puede alcanzar su meta”, ha cambiado la vía. Este cambio de objeto coincide con un trastorno de la meta activa –martirizar– en meta pasiva –ser martirizado–.  Así se puede pensar que el masoquismo deviene secundariamente del sadismo, de la siguiente forma:
  •     El sadismo es una acción violenta hacia otra persona como objeto
  •     Este objeto es resignado y sustituido por la persona propia (cambio de meta activa en pasiva)

Me parece que, aquí Freud dice que el infligir dolor no constituye una meta originaria de la pulsión mientras que sí lo son las sensaciones placenteras provenientes del dolor  “una vez que el sentir dolores se ha convertido en una meta masoquista, puede surgir retrogresivamente la meta sádica de infligir dolores, produciéndolos en otro, uno mismo los goza de manera masoquista en la identificación con el objeto que sufre”. Se entiende por qué Freud en 1924 dirá que el sádico goza de manera masoquista.

El segundo momento del masoquismo en la obra de Freud se sitúa en “Pegan a un niño” (1920). Hago un punteo de los momentos.

Primera fase: “Pegan a un niño”. El niño azotado nunca es el fantaseador. Es otro niño, generalmente un hermano si lo hay. La persona que pega es al inicio un adulto indeterminado que posteriormente se vuelve reconocible en la figura del padre. Esta fase se recuerda conscientemente y se la puede llamar sádica, aunque el fantaseador nunca es el que pega. Se formula como: “El padre le pega al niño”; y Freud añadirá: “El padre pega al niño que yo odio”.

En la segunda fase, la persona que pega sigue siendo el padre, pero el azotado es el propio niño fantaseador. Esto tiene un carácter masoquista. Se formula como “Yo soy azotado por el padre”. A diferencia de la anterior se formula en voz pasiva: “soy azotado”; no “el padre me pega” –habría  inversión sujeto-objeto–.

Freud deriva la fantasía masoquista inconsciente del segundo tiempo “mi padre me pega” a una torsión de la primera fantasía, “el padre pega a un niño”, la cual estaba sostenida por el influjo de las mociones eróticas hacia el padre, haciendo recaer el odio del mismo hacia el otro niño.

¿Qué es lo importante de esta fantasía? Que es una construcción en análisis, pues la paciente no la recordaba conscientemente, o sea,  era efecto de la represión. Ahora, la transformación regresiva es producida por la conciencia de culpa que ha producido el complejo de castración  y la represión opera sobre los impulsos eróticos incestuosos, lo que hace surgir el castigo bajo la forma de “mi padre me pega”. Esta fantasía es la expresión de  la conciencia de culpabilidad en la cual sucumbe el amor al padre y que transforma el sadismo en masoquismo. Freud explica que la represión ha puesto en marcha una regresión a la fase sádico-anal de la vida sexual, sustituyendo “mi padre me ama” por “mi padre me pega”.

La Tercera fase se aproxima a la primera. Es consciente. La persona que pega nunca es el padre es otro  -un maestro. Los azotados son ahora muchos niños, varones, y el fantaseador no sale en la escena. “Seguramente estoy mirando”.

Lacan, en el capítulo XIII del Seminario 5, Las formaciones del inconsciente (pág. 250), dice que es el sujeto mismo quien es abolido por el efecto del significante, porque en este fantasma de fustigación, el látigo es un significante privilegiado. “El carácter fundamental del fantasma masoquista tal como existe efectivamente en el sujeto es la existencia del látigo”.

Hay un doble valor del significante: amor y castigo:

“Siempre hay en el fantasma masoquista un lado degradante y profano que implica, al mismo tiempo, la dimensión del reconocimiento y la forma prohibida de relación del sujeto con el sujeto paterno, esto es lo que constituye el fondo de la parte desconocida del fantasma”.

En el Seminario El Reverso del psicoanálisis, Lacan señala el tiempo central  o sea el segundo tiempo del padre. Lo más importante es que no se nombra al que pega y que hay que distinguir el enunciado del fantasma, el tú me pegas.

“El tú me pegas es una mitad del sujeto, es la fórmula que constituye su vínculo con el goce. Sin duda, recibe su propio mensaje en forma invertida –aquí significa su propio goce bajo la forma del goce del otro”.

Por tanto, la fantasía seguramente no es masoquista; se la llamaría sádica, pero no debe olvidarse que el niño fantaseador nunca es el que pega.

En “El problema económico del masoquismo” (1924) Freud advierte que el dolor y el displacer pueden convertirse en metas dando lugar a la tendencia masoquista en la vida pulsional de los seres humanos, porque bajo su empuje el aparato psíquico queda bajo el primado de la pulsión de muerte. De esta manera sería un más allá del principio de placer. El sadismo no es un peligro para Freud, porque la pulsión de muerte se traslada hacia fuera poniéndola al servicio de la función sexual satisfaciéndose en objetos en vez de tomar el propio cuerpo. Aquí Freud plantea de forma decidida que hay un masoquismo primario u original que se da a partir de la mezcla  de las pulsiones y donde “la pulsión de muerte no es derivada hacia el exterior, permaneciendo en el yo y además ligada libidinosamente  tomando a éste por objeto, lo cual conlleva un monto placentero.”

Finalmente dice de este masoquismo originario que es constitutivo, como huella fundante entre Eros y Thánatos. A partir de aquí se puede constituir el masoquismo erógeno como estructura perversa propiamente dicha. El sujeto se hace instrumento del otro para ser pisoteado/degradado, etc.

Según Freud, este masoquismo erógeno adquirirá diferentes revestimientos según la etapa libidinal que atraviese el sujeto. Oral: ser devorado por el padre; sádico-anal: ser castigado por el padre; fálica: ser castrado/poseído o parir (versión femenina).

Laurent, nos dice que el fantasma “pegan a un niño” en su versión femenina asegura una distribución justa del goce”. Significa que protege al sujeto de que el goce no se fije, o sea de un masoquismo erógeno.-

¿Cómo sería el proceso del recorrido pulsional?

a)    Masoquismo erógeno originario: la pulsión de muerte permanece en el interior del organismo, siendo ligada libidinosamente.
b)    Sadismo: la pulsión de muerte es desviada hacia el exterior, poniéndose al servicio de la función sexual.
c)    Masoquismo moral, vuelta de la pulsión de muerte hacia la persona propia sin pasividad, a través de la voz del martirio o autoreproche.
d)    Masoquismo erógeno como superestructura psíquica donde se busca a otro que martirice, porque  el sujeto se ha hecho  objeto de goce del Otro.

Viñeta clínica …

Vamos de lleno al  concepto de masoquismo femenino. Freud se preguntó: ¿qué quiere la mujer? Ella quiere sufrir…

Cuál sería la diferencia entre  la posición masoquista y la posición femenina. Preguntamos qué hay de común entre un masoquista y una mujer en la pareja que forma con el partenaire, supuesto deseante. El uno y la otra se ponen en la posición de objeto. Y ponemos al analista. Quiero decir que los tres hacen semblante de objeto. Este semblante de objeto, se vincula al deseo, pero es el mismo deseo en cada caso. ..

El ser mujer supone una división entre lo que es para el Otro y lo que ella es como sujeto del deseo. Lacan, señala que su lugar en la pareja sexual no tiene en cuenta su deseo si no el deseo del otro. Para ella basta que se deje desear en el sentido del consentimiento. Este SER PARA EL OTRO de la mujer, a lo largo de su enseñanza, Lacan,  lo designó con diversas fórmulas, –ser el falo, ser el objeto– y finalmente en 1975, ser el Síntoma. Pero todas  estas fórmulas dejan de lado el deseo de aquella o aquel que vienen a ocupar el lugar de objeto.  

A la mujer le es difícil aislar su deseo dado que si lo pensamos desde el consentimiento, éste es el límite de su deseo. Es una forma de pensarlo.
El hacer de objeto de la mujer, hay que pensarlo desde un lugar imaginario o sea con el estatuto del semblante de objeto, que nos derivaría  claramente a toda la línea de la mascarada femenina.

¿Qué hay del Masoquista? Lacan lo nombra como un humorista (ya veremos con que tiene que ver esto).

Pensemos el lugar de objeto, en cada caso. El masoquista se quiere objeto rebajado, humillado él se hace desecho. La mujer, muy al contrario, se llena de brillo fálico para ser el objeto agalmático con el otro y despertar su deseo. El analista, en este  hacer semblante de objeto, pasa a través de la metamorfosis de la transferencia: primero agalma en tanto que SSS  y al final objeto de desecho.

¿Por qué el objeto agálmico cautiva el deseo? Porque su poder está en la falta que incluye. Se puede pensar en una mascarada,  justamente porque simula  la falta a través de la mascarada para recubrirla. Pero también existe una mascarada masoquista que hace ostentación de la falta o del dolor, hasta  la insuficiencia.

Lacan dice que el masoquismo femenino “es un fantasma del deseo del hombre”. Se produce por el entrecruzamiento de la forma erotómana del amor femenino y  las condiciones del deseo del hombre, que requieren que el objeto tenga la significación de la castración. Por ello se puede entender la falta de límite en las concesiones de las mujeres con el fantasma masculino. Aquí se pensaría toda la línea del sacrificio que está dispuesta a hacer una mujer por un hombre,  por ejemplo.

En la mascarada la mujer se somete a las condiciones de amor del otro pero hay que remarcar que a causa de la represión esto opera a ciegas, no sabemos los deseos que esconde el inconsciente. Lo que  sí favorece esto es la condición de estar castrada.

En el  masoquista, la cosa cambia. Sabemos que aquí no opera nada inconsciente, no hay nada librado al azar; muy al contrario, es la condición de goce. El masoquista es el amo y arma la escena.

¿Qué es lo que busca una mujer? El sesgo del amor en el otro. Un masoquista busca el punto de angustia donde desfallecen los semblantes, donde cada uno retrocede. En ese sentido está la cuestión del retroceso y la simulación, el pacto masoquista  (propuesta de 24/7).  Creo que esto nos da la pista de la  diferencia y por qué Lacan habla del masoquista como un humorista.

Retomo la  primera  frase sobre el sufrir de la mujer en Freud, para ver en Lacan el Seminario 21 donde él critica esta posición.  En relación a esa asignación tan localizada en el ser de la mujer con el dolor en lugar del placer y pondrá en duda el  asociar esto en relación al ser, y esta será la fuerza del concepto de privación  que introduce Lacan, poder dar cuenta del goce particular que tiene una mujer al despojarse del registro del tener, sin que eso de cuenta de ningún masoquismo.

 La privación

Introducido por Lacan en los años 50, intentando abrir diferencias en relación a la frustración (el término acuñado por los analistas anglosajones). Intenta diferenciar estos conceptos localizando en la privación algo que no es del registro del tener y que se puede demandar. Hay un registro en el que no se demanda y que es el ser, a través de todo un recorrido. El recorrido del deseo, que no es deseo de tener, porque el deseo se soporta en la  –la metonimia de la carencia de ser– o, dicho de otro modo, es la metonimia de la falta en tener.

Lacan hace de la privación el instrumento para repensar el ser de las mujeres tal como fue dejado por el masoquismo. Aquí es donde Lacan prefiere el término estrago más que masoquismo para las mujeres.

Siempre en la línea de que las mujeres se encuentran protegidas de la amenaza de castración, en ese sentido pueden  ir más lejos, en relación al dolor y por devoción al amor. Así un hombre puede ejercer estrago sobre una mujer y no por eso ella es masoquista.  Poner su cuerpo en un límite más allá,  que asegure el goce del otro, en el que se  aseguran que el tú me pegas les vuelve en forma invertida.

Se puede ir un poco más allá, sí, en lo que Lacan llamó, la locura femenina propiciada por  el estilo erotómano del amor y no fetichista del  hombre que sí tiene un límite.

Referencias Bibliográficas

FREUD, S., “Pulsiones y destinos de pulsión”, Obras Completas, vol. XIV, Buenos
Aires: Amorrortu, 1978.
FREUD, S., “Pegan a un Niño”, Obras completas, vol XVII, Buenos Aires: Amorrortu,
1979.
FREUD, S., “El problema económico del masoquismo”, Obras completas, vol. XIX, 
Buenos Aires: Amorrortu, 1979.
LACAN, J., “El fantasma más allá del principio de placer”, El seminario, Libro 5,
Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires: Paidós, 1999.
LAURENT, E., “Del masoquismo femenino a la privación, El psicoanálisis y la elección
de las mujeres, Buenos Aires: Tres Haches, 2019. 
SOLER, C., “La mujer ¿Masoquista?”, Lo que dijo Lacan de las mujeres, Buenos
Aires: Paidós, 2013.
FERNÁNDEZ BLANCO, M., “Feminicidio”, https://elp.org.es/feminicidio/
(20/09/2019).



 ¿MASOQUISMO FEMENINO? SÍNTESIS

Alín Salom


La cuestión del masoquismo femenino es un tema controvertido. Ha habido posturas opuestas al respecto, en la querella del falo. Cuando, más adelante, Lacan reelabora la cuestión de la feminidad, lleva a cabo un desplazamiento de conceptos.

En “El problema económico del masoquismo” (1924) Freud afirmaba que hay un tipo de masoquismo que es femenino, y es “fácilmente asequible a la observación”: sujetos masculinos fantasean encontrarse en “una situación característica de la feminidad: ser castrado, soportar el coito o parir” (O.C., p. 2754). Freud parecía sugerir que consentir a la feminidad implicaba asumir cierta dosis de masoquismo. Sólo destacaremos dos posturas que hubo en la querella del falo: la de Deutsche y la de Horney. Una de ellas radicalizó la postura freudiana, la otra la rechazó. Helen Deutsche llevó aún más lejos la postura freudiana. Declaró que la feminidad estaba constituida por cuatro rasgos: pasividad, narcisismo, maternidad y masoquismo. Dijo que el masoquismo era “la más fuerte de todas las formas de amor” y que el parto era una orgía de placer masoquista (!). Agregó una idea interesante: el fantasma fundamental en las mujeres no es “pegan a un niño”, sino “violan o prostituyen a una niña”. En cambio Karen Horney sostuvo una posición muy actual, tentadora: factores culturales hacen que las mujeres acepten maltratos.

Lacan no habla de masoquismo femenino, sino de estrago. No habla de castración en la mujer, sino de privación del falo simbólico. No habla de goce masoquista, sino de goce Otro. Para Lacan el masoquismo femenino no es ni biológico, ni constitutivo de la feminidad, ni cultural. Es un fantasma masculino. Ellos gozan imaginándose que a ellas les gusta que las maltraten. ¿Y ellas? 

A la mujer no le falta nada en lo real, sí en lo simbólico –si es que ella consiente esta posición–. Ella sacrifica el tener el falo para ser el falo del hombre. Es una estrategia frente a la falta. Para ser el falo de él, ella se tiene que prestar a su fantasma. Para ser el falo, ella necesita del amor del hombre. Ahí es donde se queda ella enganchada al amor, a una sobrevaloración del amor, una especie de erotomanía, una religión del amor. Ahí es donde aparece la posibilidad de la deriva hacia el estrago. Ella busca ser un objeto agalma, simulando la falta si hace falta. Pero puede verse reducida a un objeto de desecho, un objeto palea. Aun así le resulta particularmente difícil desengancharse del amor. Le va el ser en ello. Manuel Fernández Blanco, en el artículo “El feminicidio” que hemos trabajado, lo explica así: “La posición sexual clásica de la mujer era la de prestarse a la perversión polimorfa del hombre, lo que la conduce a la mascarada y en ocasiones al sin límite, al estrago, cuando lo ilimitado de las concesiones que puede hacer para un hombre ‘de su cuerpo, de su alma, de sus bienes’ no encuentra el límite por la ausencia del signo de amor.”

Por lo demás, tampoco hay que quedarse fascinado con el estrago. Conviene tener presente que la demanda de amor de ella apunta a un Otro castrado. Ella demanda que él pase por la falta, que le dé lo que no tiene, es decir, que confiese su falta, en definitiva, que asuma su castración. De ahí la resistencia de los hombres a enamorarse, su agresividad para con el objeto de su amor –que los castra, los confronta con su falta y con el goce femenino que excede al goce fálico–. Y pobre de él si se enfrenta con la verdadera mujer, una Medea o una Madeleine Gide. Ella  horadará en él un agujero si deja de responder a su demanda de amor; no admitirá quedar como un objeto palea. Ellas, en general, pretenden hacer del amor un todo, para evitar enfrentarse con la no relación sexual.