Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana. Quadern de bitàcola




miércoles, 9 de noviembre de 2016

FENÓMENOS Y USOS DEL CUERPO EN LA PSICOSIS ORDINARIA - Reseña de la sesión de trabajo del 4 de noviembre



Introducción

Recojamos lo que dice José María Álvarez, en su artículo “Sobre las formas normalizadas de locura”, en el último número de Freudiana, para reiniciar nuestro trabajo con la psicosis ordinaria:

"Pocas conmociones tan intensas se recuerdan en nuestro pequeño mundo como la suscitada por la psicosis ordinaria. Aunque Jacques-Alain Miller, su promotor, la introdujera prudentemente como un programa de investigación, dicha noción fue acogida con un ardor inusual. Dos décadas después, aquellos ecos no han dejado de resonar y da la impresión de que la onda sigue en expansión. Al hilo de la última enseñanza de Lacan, Miller animó a investigar los casos, cada vez más numerosos, que no se amoldan a la bipartición neurosis versus psicosis. Si al principio el diagnóstico de psicosis ordinaria se aplicaba a sujetos inclasificables según la división tradicional, en pocos años su uso se generalizó de tal manera que, a decir de muchos colegas, mientras no se demuestre lo contrario, todos somos psicóticos ordinarios"1.

Primero retomaré unos cuantos casos y, en segundo lugar, despejaré las herramientas conceptuales básicas, necesarias para pensar estos casos de psicosis ordinaria.

Casos

Varios casos jalonan la parte de la conversación clínica de Antibes, dedicada a los fenómenos corporales y psicosomáticos. Expondré muy brevemente dos casos femeninos –Sylvie y Murielle– de la sección clínica de Burdeos, y cuatro casos masculinos –el hombre de los cien mil cabellos, el hombre de los pulgares que crujen, Víctor el erguido y el Profesor de gimnasia (el inventor del método)– de las secciones clínicas de Nantes y Rennes. 

1. Sylvie es una joven que se hace cortes en la cara y los antebrazos con hojas de afeitar. Desde  los 15 años. Ha hecho intentos de suicidio y ha sido hospitalizada. No tiene nada que decir sobre las escarificaciones. No sabe por qué lo hace. No tiene palabras para explicarlo, ni se historiza. De hecho Sylvie no soporta el menor uso de la palabra, la menor significación. Se declara incapaz de hablar, de pensar, de reflexionar. Se siente perseguida ante la menor observación. ¿Por qué se corta? Porque los cortes le producen cierto alivio de la angustia. Además, le permiten mirarse y soportar la mirada del Otro: ¡tiene cuerpo! Desde el primer tiempo de la cura establece una transferencia erotomaníaca. Declara su amor, luego su odio al analista. Sin embargo, no falta nunca a una sesión en 10 años. Remarquemos: la transferencia erotomaníaca es signo inequívoco de psicosis. En el primer tiempo de la cura, Sylvie se dedica a escribir cartas a su analista. No las escribe de cualquier modo; hay una escenografía: se siente en un  bar donde hay un gran espejo, enciende un cigarrillo y escribe. Luego lleva la carta al buzón; tiene dificultad para tirar la carta, pero cuando finalmente la tira, siente un gran alivio. La cesión de la carta es, en el fondo, una cesión de goce. Por eso hay sedación de la angustia y Silvie deja de hacerse cortes. La carta lleva un marco: el destinatario (el Otro) y su propio nombre. Silvie declara su necesidad de los espejos.  “Si me los quitaran, tendría una crisis de espejos”, dice. Los cartas anudan escritura, pensamiento e imagen especular. En el segundo tiempo de la cura, Sylvie se dedica a escribir un diario. Lo trae a la sesión y hace una lectura declamatoria. Sigue sin “hablar” propiamente en la cura. La escritura le evita asumir tomar la palabra, calificado en el texto como un “puro riesgo sin fondo”. La “invención” de Sylvie es esta escritura ante el espejo.  

Respecto a la invención de Sylvie, conviene tomar en cuenta que no es la escritura en sí lo que resulta curativo. Es todo el dispositivo de escribir ante el espejo y enviar lo escrito al analista o declamarlo en la sesión. Lo señala ÉRIC LAURENT en  Estabilizaciones en las psicosis :

“Pensar que un psicótico se cura escribiendo es insuficiente. Los hospitales psiquiátricos están llenos de escritos psicóticos, pero la función del analista no es interpretar esos escritos, sino permitir al sujeto mantenerse en el orden de la palabra, apoyándose para ello en dicha escritura, la cual es siempre del orden del S1 que se repite. Nuestra tentativa, por ende, no es la de mantenernos en el orden de la letra sino en el del significante”3.

2. Murielle, una joven de 20 años, va a urgencias con un dolor terrible en muñecas y tobillos, y también con eritrodemia (inflamación de la piel, enrojecimiento y descamación). Se siente muy mal, se queja mucho, hasta pide una silla de ruedas. El chequeo orgánico da un resultado negativo. ¿Se trata de una histeria? No. Más bien de una hipocondría. Murielle está totalmente pegada a su sufrimiento. Resulta difícil llevarla a decir algunas palabras sobre lo que puede haber desencadenado el episodio. Cuando habla, se interrumpe para proferir quejas y gritos de dolor.

Dos desencadenantes se perfilan en el origen de este episodio. Ha suspendido un examen de turismo (tiene un ideal: ser azafata), por un lado; y, lo que es más importante es que el padre ha sido hospitalizado y debe padecer una intervención quirúrgica. Murielle este conmovida por el estado de su padre: “Me chocó. Parecía mucho más viejo y sufrí mucho”, dice. Cada vez que le hacen una pregunta sobre su padre, se retuerce de dolor. Ella misma acaba notando la correlación. Hay en ella una identificación especular masiva al padre. No hay Edipo, sino una identificación in-mediata, no dialectizada con el padre, un  pegoteo identificatorio. (En la histeria hubiera habido una identificación también, pero mucho más mediada, dialectizada.)  Su cuerpo sufre en espejo con el cuerpo del Otro. De hecho es hospitalizada el día del cumpleaños de su padre.

Murielle tiene, ha tenido una escoliosis. De los 11 hasta los 18 años ha dormido con un corsé de yeso: dos caparazones unidos. Era el padre quien se los colocaba cada noche y le ataba los lazos. Solo los miembros quedaban libres. El padre le hacía un cuerpo.  El cuerpo de Murielle se sostenía en la prótesis del corsé de yeso. Cuando se lo quitaron, al cabo de tres meses, aparecieron delirios de persecución: “Ya no me sentía sostenida”, dice. Creía que la rechazaban, la vigilaban y que era víctima de injusticias.  Se cree, desde su infancia, el blanco del Otro (“me rechazan”, “me vigilan”, “soy víctima de injusticias”, etc.) y, en particular, de la mirada. El goce pasa del cuerpo encorsetado a la interpretación de la mirada del Otro y de allí a la hipocondría.

3. El caso siguiente es el de “El hombre de los cien mil cabellos”, un hombre que pierde pelo a manojos poco después de irse a vivir con la mujer a la que ama. Parece un sujeto bien orientado respecto a su deseo: ha abandonado su trabajo de ingeniero bien remunerado, pero que no lo satisfacía, y se ha convertido en un músico bohemio. Tras un período de ansiedad y abatimiento decide que se está quedando calvo por culpa de esa mujer. La deja y deja de perder pelo. Vuelve con ella, vuelve a perder pelo. Dice: “pierdo pelo cuando dejo de ser yo mismo”, en definitiva, cuando hace algo que no es conforme a su deseo. Construye un delirio: el pelo muerto tarda tres a cuatro meses en caerse. Cada pelo tiene un músculo erector. Cuando todos estos músculos se contraen, los pelos se yerguen. Cuando eso ocurre, él siente un gran escalofrío. Y pierde pelo por la excitación prolongada de esos músculos. Allí está el abismo de la significación fálica (Φ0), recubierto por la multiplicación de pequeños falos.

4. El hombre de los pulgares que crujen. M. se niega un día a mantener relaciones sexuales con su pareja, alegando un dolor en la rodilla. Ella muestra decepción; él le arrea un puñetazo en la espalda. Al día siguiente aparece el síntoma: ¡le crujen los pulgares. Le crujen, cuando corta carne, enciende un cigarrillo, se suena la nariz, se toca la bragueta, cuando escribe, cuando firma, etc., etc. Tiene la sensación intolerable de que el pulgar se le va a caer en el vacío. Entonces se pone a llenar páginas enteras con firmas, enciende una y otra vez encendedores hasta vaciarlos de gas. De vez en cuando llama al analista y le pregunta: “¿Es psíquico? ¡Uy, uy, uy!” Y el analista siempre le responde lo mismo: “Totalmente”. Y así va tirando el hombre, a lo largo de 18 años, con llamadas telefónicas y sesiones intermitentes. No tiene apenas asociaciones, ni sueños, ni lapsus, ni delirio, ni trastornos del lenguaje. ¡Nada!

5. Víctor, el erguido, es un adolescente de 19 años que camina, a partir de la pubertad, muy erguido y con un paso robótico, sin despegar los pies del suelo. Se aísla, tiene crisis de violencia en que rompe los objetos de su habitación, se queja de que se burlan de él en el colegio, se niega a ir al colegio, etc., etc. Tiene mucha hostilidad contra el padre.

Un día el padre pierde el trabajo. Se queda en casa, se desencadena: intenta prohibir a la familia que salga de casa durante el día. Queda de manifiesto que se trata de un paranoico. Víctor dice: “La persecución es la enfermedad de la familia”.  En la cura acaba explicando el misterio de su forma de caminar: “Yo caminaba así, porque tenía miedo de que me tratasen de maricón. Cuando camino pienso en esto todo el rato.” ¡A partir de allí abandona el paso robótico y camina normalmente! Detrás de este andar, había el empuje a la mujer. Su mejoría tiene que ver también con la posibilidad y capacidad de destituir al padre de su autoridad.

6. El último caso es el de un profesor de gimnasia de 48 años, “el inventor del método”. Ha estado en muchas terapias, la última con un junguiano. Está perfectamente integrado en el tejido social. Se queja de dolores articulares que describe con precisión. Inventa un método para tratar el dolor: una secuencia de movimientos que realiza durante una o dos horas y que le traen sosiego. Acude a un psicoanalista freudiano, porque se ve molestado por sueños. Se trata de pesadillas, de exhibición homosexual… Una vez más, el empuje a la mujer.


Conceptos fundamentales que emergen en  la conversación clínica en torno a estos casos

El cuerpo

El sujeto está esencialmente enajenado respecto al cuerpo. El cuerpo es el lugar del Otro. En el momento en que el lenguaje se introduce en el organismo, emerge un “sujeto” que ya no “es”, no puede “ser” el cuerpo; a lo sumo puede “tener” un cuerpo.4 No es fácil tampoco tener ese cuerpo, ser uno con el cuerpo. El psicótico está amenazado de regresión tópica al estadio del espejo, que es no sólo “estadio”, sino “estado” del espejo. Es decir, el cuerpo amenaza con fragmentarse, estallar. Los órganos irrumpen y hace falta realizar esfuerzos ingentes para localizar el goce. Los dolores, los fenómenos del cuerpo, incluso los delirios son esfuerzos de localización del goce. Allí están también los espejos, las imágenes y toda la proliferación de lo imaginario5.

Fenómenos corporales y estructuras clínicas

Jacques-Alain Miller establece, en la conversación, una especie de tipología y correlaciona los fenómenos corporales con las estructuras clínicas6. Para el neurótico hay un discurso que le dice qué hacer con su cuerpo. Solo que a veces irrumpe el “pensamiento-deseo” o “el pensamiento-demanda” que genera un dolor, una localización del goce dolorosa, que de entrada puede parecer incomprensible, pero en el fondo está marcado por el significante.  En la histeria la conversión está al servicio del deseo o de la defensa contra el deseo. En la neurosis obsesiva, el fenómeno corporal está al servicio de la demanda o del rechazo de la demanda.

En la esquizofrenia ordinaria uno topa con localizaciones realmente extrañas del goce. Basta con que el sujeto encuentre un uso, una función, a órganos que amenazan con fragmentarse o acumulan dolor. En la paranoia ordinaria, en cambio, no basta con un “uso”; el sujeto tiene que movilizar un auténtico delirio para integrar esta parte estallada en el cuerpo. La invención psicótica permite fabricar una especie de significación fálica delirante. En el psicótico el esfuerzo es de “invención”; en cambio, en el neurótico es meramente de “confección”.  En la hipocondría ordinaria hay un fracaso en la localización del goce: Φ0. En cambio, en la dismorfofobia ordinaria, el sujeto localiza el goce, pero hay un deslizamiento incesante, por la forclusión de la función paterna: P0. No hay límite a la dismorfía. En la catatonia, falta en bloque el anudamiento corporal; el sujeto pierde el cuerpo. Aquí ya no cabe el calificativo de “ordinaira”.

Fui a ver el artículo “Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicógenas de la visión” de Freud, mencionado en la conversación. Efectivamente explica muy claramente el fenómeno de conversión7:

“Volvamos ahora a nuestro problema especial. Los instintos sexuales y los del yo tienen a su disposición los mismos órganos y sistemas orgánicos. El placer sexual no se enlaza exclusivamente con la función de los genitales. La boca sirve para besar tanto como para comer o para la expresión verbal, y los ojos no perciben tan sólo las modificaciones del mundo exterior importantes  para la conservación de la vida, sino también aquellas cualidades de los objetos que los elevan a la categoría de objetos de la elección erótica, o sea sus ‘encantos’. [¡Cuánto pudor, qué delicadeza!] Ahora bien: es muy difícil servir bien simultáneamente a dos señores. Cuanta más estrecha relación adquiere uno de estos órganos de doble función con uno de los grandes instintos, más se rehúsa al otro. […]  El yo pierde su imperio sobre el órgano, el cual se pone por entero a la disposición del instinto sexual reprimido.”

La localización del goce se hace sobre una zona por “intensificación de la función erótica” (traducción de Ballesteros de Übertriebung). El fenómeno corporal se inscribe, pues, en la neurosis, en el registro de la significación fálica.

La significación fálica

Un concepto fundamental para entender lo que ocurre con el cuerpo en la psicosis (ordinaria o extraordinaria) es  la ausencia de significación fálica. ¿Qué es la significación fálica? Es allí donde el falo es el significante amo del goce; el falo es el que rige los intercambios con el otro sexual. La significación fálica es obra de un inconsciente falocéntrico, donde la feminidad, en cuanto que tal, no está inscrita; la diferencia sexual se establece a través de la disyuntiva de tener o no tener el falo. Luego el falo se convierte en la metáfora del objeto de deseo. Y aparece la posibilidad de ser el falo, aunque no se lo tenga. La significación fálica es solidaria de la castración simbólica.

En la psicosis, la castración está forcluida. Entonces retorna en lo real. De allí las mutilaciones en la psicosis, reales e imaginarias, y el empuje a la mujer. El neurótico sólo lidia con un órgano fuera del cuerpo –que parece tener vida propia y hace lo que le da la gana, no lo que el yo decide. El esquizofrénico con muchos. Es como si todo el cuerpo estuviera fuera y fuera incontrolable. En la esquizofrenia los órganos toman vida; tienen su propia vida. De hecho el ritual de la circuncisión que practican algunas religiones es la tentativa de reintegrar el órgano-fuera-del-cuerpo, estableciendo de paso una alianza con el Gran Otro.

La regresión tópica al estadio/estado del espejo

Otro concepto fundamental para entender lo que ocurre en las psicosis ordinarias y extraordinarias es el concepto de "estadio del espejo", porque hay un retorno masivo a ese estadio del espejo, en la psicosis. ¿Qué es el estadio del espejo? El infante experimenta su cuerpo como fragmentado y carece de coordinación. No obstante, su sistema visual está relativamente avanzado y se reconoce en el espejo antes de haber alcanzado el control de sus movimientos corporales. El sujeto se identifica con esta imagen, formando así el “je”, es decir, asume esta imagen (jubilosamente), más aún, se aliena en esta imagen. El estadio del espejo es mucho más que un momento de la vida del infante; es representativo  de una estructura permanente de la subjetividad, es decir, está presente tanto en la psicosis como en la neurosis. Es el paradigma del orden imaginario, en el cual el sujeto es permanentemente captado y cautivado por su propia imagen. Y cuando establece una relación dual con el otro semejante, experimenta una tensión agresiva: la completud de la imagen del otro parece amenazar el propio cuerpo de desintegración y fragmentación. En la psicosis hay un violento regreso al "estadio" del espejo, que se convierte en un "estado" del espejo y hay una proliferación llamativa de lo imaginario.

Traigo como ejemplo a Camille Claudel, hermana del dramaturgo Paul Claudel del cual habla Lacan para dar las claves de la tragedia moderna. Ella es una escultora dotada de un talento excepcional. Esculpe ella misma, a golpe de cincel y martillo, en materiales durísimos. Se convierte en discípulo, obrera, modelo y amante de Rodin, el cual sin embargo se niega a abandonar por ella a su vieja mujer, Rose. Ella tolera la situación durante años, trabaja en el taller de Rodin, se queda embarazada posiblemente varias veces, aborta. Finalmente abandona a Rodin, intenta salir adelante por sus propios medios. No consigue vender, se alcoholiza y acaba desarrollando una paranoia extraordinaria, estructurada alrededor del delirio de que Rodin la vigila y le roba sus bocetos. En el pegoteo identificatorio, ella ya no puede distinguir entre sus obras y las de él. Acaba en un asilo, donde por mucho que le ofrecen la posibilidad de volver a esculpir, se niega en redondo. Permanece en él cerca de treinta años en la más absoluta esterilidad creativa, tras haber creado una obra extraordinaria que puede vislumbrarse en  parte en el Museo Rodin de París.

La última obra que esculpe Camille Claudel es un Perseo y la gorgona, un clásico de la escultura. Según la mitología, la gorgona Medusa podía convertir a los hombres en piedra, si la miraban a los ojos. Perseo consigue, sin embargo, decapitarla con su espada, mediante un estratagema. Utiliza un escudo como espejo, para evitar mirarla a los ojos. En todas las esculturas, Perseo suele tener una espada en una mano, la cabeza de la gorgona, en la otra. En la obra de Camille Claudel, Perseo no sostiene una espada, sino un espejo, donde contempla aún el rostro del monstruo que acaba de decapitar y cuya cabeza sostiene con la otra mano, al lado de la suya. Mientras, el cuerpo de la Gorgona está aún cayendo. Camille Claudel proyecta en la cabeza de la Gorgona decapitada su propio autorretrato. Ella, medusa petrificadora –¿monstruo con el cual cómo no iba a identificarse un escultor?–, está aún viva pero a la vez muerta, y  contempla, perpleja, el rostro de Perseo en el espejo. O yo o él. No hay otra salida en la psicosis extraordinaria.

Esquema

En definitiva podemos trazar el siguiente esquema de las diferencias entre neurosis y psicosis en cuanto a los fenómenos del cuerpo:



NEUROSIS


PSICOSIS
ordinaria o  extraordinaria


Conversión


“Neoconversión”

Goce descifrable
El sujeto asocia cosas


Goce indescifrable
Se abre un abismo de significación


Cuerpo recortado por el significante, el lenguaje


Cuerpo recortado por una anatomía delirante


Φ   -   Significación fálica


Φ0   -   Ausencia de la  significación fálica
(eventualmente multiplicación falos)


Castración simbólica


Retorno de la castración desde lo real


El cuerpo permite tener síntoma


El  síntoma permite tener cuerpo.
(Uso del fenómeno corporal)


Falocentrismo


Empuje a la mujer


Goce localizado en una zona de intensificación erótica –Übertriebung


Deslocalización del goce
Relocalización dificultosa,
eventualmente delirante

Edipo


Regresión tópica al estadio del espejo
Proliferación de lo imaginario

                               
“Confección”





Invención
Suplencia al Φ0

Una invención macro (“tamaño ópera)”,
 en la psicosis extraordinaria. 
Una invención mini (tamaño “teatro de bolsillo”) en la psicosis ordinaria


HISTERIA:
El síntoma gira en torno al deseo  o la defensa contra el deseo. El dolor es el deseo.

“El síntoma es una flor de lo simbólico” (Gault).

NEUROSIS OBSESIVA:
El síntoma gira en torno a la demanda o la defensa contra la demanda.


ESQUIZOFRENIA:
Fuera del discurso el sujeto debe encontrar un uso para sus órganos. Gran atención de algunas partes del cuerpo habitualmente descuidadas. Pero no necesita un delirio enorme; solo tiene que encontrar un uso, una función en un órgano.

PARANOIA: Moviliza todo un sistema delirante para localizar el goce.

HIPOCONDRÍA: Dificultad para localizar el goce. Φ0 y  goce ambulante.

DISMORFOFOBIA:  Hay localización del goce, pero P0

CATATONIA: Ausencia de anudamiento  con el cuerpo.



























































Epílogo

Recojamos, para acabar esta exposición, un comentario de la Sección Clínica de Burdeos8:

“Corresponde al deseo del analista sacar al sujeto de ese querer gozar en el que su cuerpo lo tiene fascinado en una trampa sin nombre, aunque asuma el nombre de una enfermedad.”

Ricard Arranz matiza que es necesario respetar algunas veces el malestar del cuerpo, cuando se trata de una invención que permite al sujeto psicótico localizar el goce y apropiarse de su cuerpo.

Cerremos la exposición con una cita de Lacan, de “La tercera”9:


“A fin de cuentas toda nuestra experiencia procede del malestar que Freud observa en alguna parte, del malestar en la cultura. Es llamativo que el cuerpo contribuya a ese malestar de una manera con que sabemos muy bien animar –digo animar por decirlo así– animar a los animales con nuestro miedo. ¿De qué tenemos miedo? Ello no quiere decir simplemente: ¿a partir de qué tenemos miedo? ¿De qué tenemos miedo? De nuestro cuerpo. Es lo que manifiesta ese fenómeno curioso sobre el hice un seminario durante un año entero y que llamé “la angustia”. La angustia es, precisamente, algo que se sitúa en nuestro cuerpo en otra parte, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo”.

Alín Salom



NOTAS

1. ÁLVAREZ, JOSÉ MARÍA: “Sobre las formas normalizadas de locura. Un apunte”, Freudiana 76 (2016), p. 77.

3. LAURENT, ÉRIC: Estabilizaciones en las psicosis, Buenos Aires: Manantial, 1989, pp. 30-31.

4. El lenguaje divide la subjetividad. El yo que habla no es el yo que siente o que piensa.  Queda un je frente a un moi. Además, el lenguaje descorporeíza, hace perder el cuerpo, espiritualiza al moi, hace que se identifique con un sujeto pensante, un je simbólico. Introduce masivamente la falta en ser.

5. Destacamos del capítulo los párrafos siguientes: “ÉRIC LAURENT. –Esta mañana hablábamos de psicosis ordinaria. Ahora podríamos decir que abordamos la relación normal con el cuerpo. La neurosis no es una relación  normal con el cuerpo. Presenta lo que se produce como anormal cuando el pensamiento irrumpe en el cuerpo. Decir que el sujeto psicótico tiene una relación normal con su cuerpo es decir de otra manera que el sujeto psicótico está amenazado por la regresión tópica al estadio del espejo. El cuerpo está permanentemente amenazado por la regresión tópica al estadio del espejo. El cuerpo está permanentemente amenazado de estallar; no se sostiene, y hay que hacer enormes esfuerzos para mantener el cuerpo como uno.

Para un sujeto como Schreber, una vez atravesado el momento más agudo, necesita tener una imagen frente a él todo el tiempo. Pero hay muchas otras maneras de ser uno con su cuerpo que olvidamos poner en serie. Muchas cosas que dependen de la llamada higiene de vida son exactamente del mismo orden que lo que debe hacer Schreber. La verificación del peso, de la forma del alma, de la forma del cuerpo, etc., no dependen del pensamiento, sino de esfuerzos para mantener todo eso en su lugar.

En esa relación normal con el cuerpo, hay interrupciones que no son del orden del pensamiento. El fenómeno psicosomático es de este orden. […] El “pensamiento-deseo”, que irrumpe en el cuerpo, depende de la neurosis.

Para que la relación normal con el cuerpo se mantenga, hacen falta esfuerzos de localización del goce en ese cuerpo. Están los órganos, para los cuales debe encontrarse una función de localización del goce. Cuando el esquizofrénico no encuentra eso, tiene que enfrentarse con sus órganos que irrumpen. En los casos escuchados aquí, encontramos fenómenos que se inscriben en esta serie.” MILLER, JACQUES-ALAIN Y OTROS , La psicosis ordinaria, Buenos Aires, Paidós, 2003, pp. 253-4.

6. Remitimos, para la correlación entre fenómenos corporales y estructuras clínicas, concretamente a las palabras de JACQUES-ALAIN MILLER en op. cit., pp. 254-5.
                 
7. SIGMUND FREUD, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 19814,  vol. II, pp. 1633-4.
Freud escribe también, en “Inhibición, síntoma y angustia”: “Cuando se padece de inhibiciones neuróticas para tocar el piano, escribir o aun caminar, el análisis nos muestra que la razón de ello es una erotización hiperintensa de los órganos requeridos para esas funciones.”

8. De Dewambrechies-La Sagna y Jean Pierre Deffieux. Op. cit., p. 102.


9. JACQUES LACAN, Intervenciones y textos, Buenos Aires, Manantial, 1988, p. 102.