Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana. Quadern de bitàcola




miércoles, 18 de diciembre de 2019


DEL MASOQUISMO FEMENINO A LA PRIVACIÓN

Patricia Montozzi




Antes de meternos de lleno en esta cuestión del masoquismo (femenino) propongo pasar por algunos artículos de Freud que constituyen la columna vertebral del masoquismo.

En “Pulsiones y destinos de Pulsión” (1915) Freud piensa el masoquismo es como un sadismo vuelto hacia el propio yo, en el cual el objeto de la pulsión, es decir “aquello en o por lo cual puede alcanzar su meta”, ha cambiado la vía. Este cambio de objeto coincide con un trastorno de la meta activa –martirizar– en meta pasiva –ser martirizado–.  Así se puede pensar que el masoquismo deviene secundariamente del sadismo, de la siguiente forma:
  •     El sadismo es una acción violenta hacia otra persona como objeto
  •     Este objeto es resignado y sustituido por la persona propia (cambio de meta activa en pasiva)

Me parece que, aquí Freud dice que el infligir dolor no constituye una meta originaria de la pulsión mientras que sí lo son las sensaciones placenteras provenientes del dolor  “una vez que el sentir dolores se ha convertido en una meta masoquista, puede surgir retrogresivamente la meta sádica de infligir dolores, produciéndolos en otro, uno mismo los goza de manera masoquista en la identificación con el objeto que sufre”. Se entiende por qué Freud en 1924 dirá que el sádico goza de manera masoquista.

El segundo momento del masoquismo en la obra de Freud se sitúa en “Pegan a un niño” (1920). Hago un punteo de los momentos.

Primera fase: “Pegan a un niño”. El niño azotado nunca es el fantaseador. Es otro niño, generalmente un hermano si lo hay. La persona que pega es al inicio un adulto indeterminado que posteriormente se vuelve reconocible en la figura del padre. Esta fase se recuerda conscientemente y se la puede llamar sádica, aunque el fantaseador nunca es el que pega. Se formula como: “El padre le pega al niño”; y Freud añadirá: “El padre pega al niño que yo odio”.

En la segunda fase, la persona que pega sigue siendo el padre, pero el azotado es el propio niño fantaseador. Esto tiene un carácter masoquista. Se formula como “Yo soy azotado por el padre”. A diferencia de la anterior se formula en voz pasiva: “soy azotado”; no “el padre me pega” –habría  inversión sujeto-objeto–.

Freud deriva la fantasía masoquista inconsciente del segundo tiempo “mi padre me pega” a una torsión de la primera fantasía, “el padre pega a un niño”, la cual estaba sostenida por el influjo de las mociones eróticas hacia el padre, haciendo recaer el odio del mismo hacia el otro niño.

¿Qué es lo importante de esta fantasía? Que es una construcción en análisis, pues la paciente no la recordaba conscientemente, o sea,  era efecto de la represión. Ahora, la transformación regresiva es producida por la conciencia de culpa que ha producido el complejo de castración  y la represión opera sobre los impulsos eróticos incestuosos, lo que hace surgir el castigo bajo la forma de “mi padre me pega”. Esta fantasía es la expresión de  la conciencia de culpabilidad en la cual sucumbe el amor al padre y que transforma el sadismo en masoquismo. Freud explica que la represión ha puesto en marcha una regresión a la fase sádico-anal de la vida sexual, sustituyendo “mi padre me ama” por “mi padre me pega”.

La Tercera fase se aproxima a la primera. Es consciente. La persona que pega nunca es el padre es otro  -un maestro. Los azotados son ahora muchos niños, varones, y el fantaseador no sale en la escena. “Seguramente estoy mirando”.

Lacan, en el capítulo XIII del Seminario 5, Las formaciones del inconsciente (pág. 250), dice que es el sujeto mismo quien es abolido por el efecto del significante, porque en este fantasma de fustigación, el látigo es un significante privilegiado. “El carácter fundamental del fantasma masoquista tal como existe efectivamente en el sujeto es la existencia del látigo”.

Hay un doble valor del significante: amor y castigo:

“Siempre hay en el fantasma masoquista un lado degradante y profano que implica, al mismo tiempo, la dimensión del reconocimiento y la forma prohibida de relación del sujeto con el sujeto paterno, esto es lo que constituye el fondo de la parte desconocida del fantasma”.

En el Seminario El Reverso del psicoanálisis, Lacan señala el tiempo central  o sea el segundo tiempo del padre. Lo más importante es que no se nombra al que pega y que hay que distinguir el enunciado del fantasma, el tú me pegas.

“El tú me pegas es una mitad del sujeto, es la fórmula que constituye su vínculo con el goce. Sin duda, recibe su propio mensaje en forma invertida –aquí significa su propio goce bajo la forma del goce del otro”.

Por tanto, la fantasía seguramente no es masoquista; se la llamaría sádica, pero no debe olvidarse que el niño fantaseador nunca es el que pega.

En “El problema económico del masoquismo” (1924) Freud advierte que el dolor y el displacer pueden convertirse en metas dando lugar a la tendencia masoquista en la vida pulsional de los seres humanos, porque bajo su empuje el aparato psíquico queda bajo el primado de la pulsión de muerte. De esta manera sería un más allá del principio de placer. El sadismo no es un peligro para Freud, porque la pulsión de muerte se traslada hacia fuera poniéndola al servicio de la función sexual satisfaciéndose en objetos en vez de tomar el propio cuerpo. Aquí Freud plantea de forma decidida que hay un masoquismo primario u original que se da a partir de la mezcla  de las pulsiones y donde “la pulsión de muerte no es derivada hacia el exterior, permaneciendo en el yo y además ligada libidinosamente  tomando a éste por objeto, lo cual conlleva un monto placentero.”

Finalmente dice de este masoquismo originario que es constitutivo, como huella fundante entre Eros y Thánatos. A partir de aquí se puede constituir el masoquismo erógeno como estructura perversa propiamente dicha. El sujeto se hace instrumento del otro para ser pisoteado/degradado, etc.

Según Freud, este masoquismo erógeno adquirirá diferentes revestimientos según la etapa libidinal que atraviese el sujeto. Oral: ser devorado por el padre; sádico-anal: ser castigado por el padre; fálica: ser castrado/poseído o parir (versión femenina).

Laurent, nos dice que el fantasma “pegan a un niño” en su versión femenina asegura una distribución justa del goce”. Significa que protege al sujeto de que el goce no se fije, o sea de un masoquismo erógeno.-

¿Cómo sería el proceso del recorrido pulsional?

a)    Masoquismo erógeno originario: la pulsión de muerte permanece en el interior del organismo, siendo ligada libidinosamente.
b)    Sadismo: la pulsión de muerte es desviada hacia el exterior, poniéndose al servicio de la función sexual.
c)    Masoquismo moral, vuelta de la pulsión de muerte hacia la persona propia sin pasividad, a través de la voz del martirio o autoreproche.
d)    Masoquismo erógeno como superestructura psíquica donde se busca a otro que martirice, porque  el sujeto se ha hecho  objeto de goce del Otro.

Viñeta clínica …

Vamos de lleno al  concepto de masoquismo femenino. Freud se preguntó: ¿qué quiere la mujer? Ella quiere sufrir…

Cuál sería la diferencia entre  la posición masoquista y la posición femenina. Preguntamos qué hay de común entre un masoquista y una mujer en la pareja que forma con el partenaire, supuesto deseante. El uno y la otra se ponen en la posición de objeto. Y ponemos al analista. Quiero decir que los tres hacen semblante de objeto. Este semblante de objeto, se vincula al deseo, pero es el mismo deseo en cada caso. ..

El ser mujer supone una división entre lo que es para el Otro y lo que ella es como sujeto del deseo. Lacan, señala que su lugar en la pareja sexual no tiene en cuenta su deseo si no el deseo del otro. Para ella basta que se deje desear en el sentido del consentimiento. Este SER PARA EL OTRO de la mujer, a lo largo de su enseñanza, Lacan,  lo designó con diversas fórmulas, –ser el falo, ser el objeto– y finalmente en 1975, ser el Síntoma. Pero todas  estas fórmulas dejan de lado el deseo de aquella o aquel que vienen a ocupar el lugar de objeto.  

A la mujer le es difícil aislar su deseo dado que si lo pensamos desde el consentimiento, éste es el límite de su deseo. Es una forma de pensarlo.
El hacer de objeto de la mujer, hay que pensarlo desde un lugar imaginario o sea con el estatuto del semblante de objeto, que nos derivaría  claramente a toda la línea de la mascarada femenina.

¿Qué hay del Masoquista? Lacan lo nombra como un humorista (ya veremos con que tiene que ver esto).

Pensemos el lugar de objeto, en cada caso. El masoquista se quiere objeto rebajado, humillado él se hace desecho. La mujer, muy al contrario, se llena de brillo fálico para ser el objeto agalmático con el otro y despertar su deseo. El analista, en este  hacer semblante de objeto, pasa a través de la metamorfosis de la transferencia: primero agalma en tanto que SSS  y al final objeto de desecho.

¿Por qué el objeto agálmico cautiva el deseo? Porque su poder está en la falta que incluye. Se puede pensar en una mascarada,  justamente porque simula  la falta a través de la mascarada para recubrirla. Pero también existe una mascarada masoquista que hace ostentación de la falta o del dolor, hasta  la insuficiencia.

Lacan dice que el masoquismo femenino “es un fantasma del deseo del hombre”. Se produce por el entrecruzamiento de la forma erotómana del amor femenino y  las condiciones del deseo del hombre, que requieren que el objeto tenga la significación de la castración. Por ello se puede entender la falta de límite en las concesiones de las mujeres con el fantasma masculino. Aquí se pensaría toda la línea del sacrificio que está dispuesta a hacer una mujer por un hombre,  por ejemplo.

En la mascarada la mujer se somete a las condiciones de amor del otro pero hay que remarcar que a causa de la represión esto opera a ciegas, no sabemos los deseos que esconde el inconsciente. Lo que  sí favorece esto es la condición de estar castrada.

En el  masoquista, la cosa cambia. Sabemos que aquí no opera nada inconsciente, no hay nada librado al azar; muy al contrario, es la condición de goce. El masoquista es el amo y arma la escena.

¿Qué es lo que busca una mujer? El sesgo del amor en el otro. Un masoquista busca el punto de angustia donde desfallecen los semblantes, donde cada uno retrocede. En ese sentido está la cuestión del retroceso y la simulación, el pacto masoquista  (propuesta de 24/7).  Creo que esto nos da la pista de la  diferencia y por qué Lacan habla del masoquista como un humorista.

Retomo la  primera  frase sobre el sufrir de la mujer en Freud, para ver en Lacan el Seminario 21 donde él critica esta posición.  En relación a esa asignación tan localizada en el ser de la mujer con el dolor en lugar del placer y pondrá en duda el  asociar esto en relación al ser, y esta será la fuerza del concepto de privación  que introduce Lacan, poder dar cuenta del goce particular que tiene una mujer al despojarse del registro del tener, sin que eso de cuenta de ningún masoquismo.

 La privación

Introducido por Lacan en los años 50, intentando abrir diferencias en relación a la frustración (el término acuñado por los analistas anglosajones). Intenta diferenciar estos conceptos localizando en la privación algo que no es del registro del tener y que se puede demandar. Hay un registro en el que no se demanda y que es el ser, a través de todo un recorrido. El recorrido del deseo, que no es deseo de tener, porque el deseo se soporta en la  –la metonimia de la carencia de ser– o, dicho de otro modo, es la metonimia de la falta en tener.

Lacan hace de la privación el instrumento para repensar el ser de las mujeres tal como fue dejado por el masoquismo. Aquí es donde Lacan prefiere el término estrago más que masoquismo para las mujeres.

Siempre en la línea de que las mujeres se encuentran protegidas de la amenaza de castración, en ese sentido pueden  ir más lejos, en relación al dolor y por devoción al amor. Así un hombre puede ejercer estrago sobre una mujer y no por eso ella es masoquista.  Poner su cuerpo en un límite más allá,  que asegure el goce del otro, en el que se  aseguran que el tú me pegas les vuelve en forma invertida.

Se puede ir un poco más allá, sí, en lo que Lacan llamó, la locura femenina propiciada por  el estilo erotómano del amor y no fetichista del  hombre que sí tiene un límite.

Referencias Bibliográficas

FREUD, S., “Pulsiones y destinos de pulsión”, Obras Completas, vol. XIV, Buenos
Aires: Amorrortu, 1978.
FREUD, S., “Pegan a un Niño”, Obras completas, vol XVII, Buenos Aires: Amorrortu,
1979.
FREUD, S., “El problema económico del masoquismo”, Obras completas, vol. XIX, 
Buenos Aires: Amorrortu, 1979.
LACAN, J., “El fantasma más allá del principio de placer”, El seminario, Libro 5,
Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires: Paidós, 1999.
LAURENT, E., “Del masoquismo femenino a la privación, El psicoanálisis y la elección
de las mujeres, Buenos Aires: Tres Haches, 2019. 
SOLER, C., “La mujer ¿Masoquista?”, Lo que dijo Lacan de las mujeres, Buenos
Aires: Paidós, 2013.
FERNÁNDEZ BLANCO, M., “Feminicidio”, https://elp.org.es/feminicidio/
(20/09/2019).



 ¿MASOQUISMO FEMENINO? SÍNTESIS

Alín Salom


La cuestión del masoquismo femenino es un tema controvertido. Ha habido posturas opuestas al respecto, en la querella del falo. Cuando, más adelante, Lacan reelabora la cuestión de la feminidad, lleva a cabo un desplazamiento de conceptos.

En “El problema económico del masoquismo” (1924) Freud afirmaba que hay un tipo de masoquismo que es femenino, y es “fácilmente asequible a la observación”: sujetos masculinos fantasean encontrarse en “una situación característica de la feminidad: ser castrado, soportar el coito o parir” (O.C., p. 2754). Freud parecía sugerir que consentir a la feminidad implicaba asumir cierta dosis de masoquismo. Sólo destacaremos dos posturas que hubo en la querella del falo: la de Deutsche y la de Horney. Una de ellas radicalizó la postura freudiana, la otra la rechazó. Helen Deutsche llevó aún más lejos la postura freudiana. Declaró que la feminidad estaba constituida por cuatro rasgos: pasividad, narcisismo, maternidad y masoquismo. Dijo que el masoquismo era “la más fuerte de todas las formas de amor” y que el parto era una orgía de placer masoquista (!). Agregó una idea interesante: el fantasma fundamental en las mujeres no es “pegan a un niño”, sino “violan o prostituyen a una niña”. En cambio Karen Horney sostuvo una posición muy actual, tentadora: factores culturales hacen que las mujeres acepten maltratos.

Lacan no habla de masoquismo femenino, sino de estrago. No habla de castración en la mujer, sino de privación del falo simbólico. No habla de goce masoquista, sino de goce Otro. Para Lacan el masoquismo femenino no es ni biológico, ni constitutivo de la feminidad, ni cultural. Es un fantasma masculino. Ellos gozan imaginándose que a ellas les gusta que las maltraten. ¿Y ellas? 

A la mujer no le falta nada en lo real, sí en lo simbólico –si es que ella consiente esta posición–. Ella sacrifica el tener el falo para ser el falo del hombre. Es una estrategia frente a la falta. Para ser el falo de él, ella se tiene que prestar a su fantasma. Para ser el falo, ella necesita del amor del hombre. Ahí es donde se queda ella enganchada al amor, a una sobrevaloración del amor, una especie de erotomanía, una religión del amor. Ahí es donde aparece la posibilidad de la deriva hacia el estrago. Ella busca ser un objeto agalma, simulando la falta si hace falta. Pero puede verse reducida a un objeto de desecho, un objeto palea. Aun así le resulta particularmente difícil desengancharse del amor. Le va el ser en ello. Manuel Fernández Blanco, en el artículo “El feminicidio” que hemos trabajado, lo explica así: “La posición sexual clásica de la mujer era la de prestarse a la perversión polimorfa del hombre, lo que la conduce a la mascarada y en ocasiones al sin límite, al estrago, cuando lo ilimitado de las concesiones que puede hacer para un hombre ‘de su cuerpo, de su alma, de sus bienes’ no encuentra el límite por la ausencia del signo de amor.”

Por lo demás, tampoco hay que quedarse fascinado con el estrago. Conviene tener presente que la demanda de amor de ella apunta a un Otro castrado. Ella demanda que él pase por la falta, que le dé lo que no tiene, es decir, que confiese su falta, en definitiva, que asuma su castración. De ahí la resistencia de los hombres a enamorarse, su agresividad para con el objeto de su amor –que los castra, los confronta con su falta y con el goce femenino que excede al goce fálico–. Y pobre de él si se enfrenta con la verdadera mujer, una Medea o una Madeleine Gide. Ella  horadará en él un agujero si deja de responder a su demanda de amor; no admitirá quedar como un objeto palea. Ellas, en general, pretenden hacer del amor un todo, para evitar enfrentarse con la no relación sexual.