Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana. Quadern de bitàcola




sábado, 29 de abril de 2017

"El momento constituyente". Sesión de trabajo del 28 de abril de 2017

Expondré los capítulos 5, 6 y 7 de la obra de Cecilia Hoffman. El capítulo 5, titulado “Un momento constituyente”, es el núcleo del caso Dídac. Este momento álgido de la cura tiene lugar tras dos meses y medio de tratamiento, cuando el niño tiene un poco menos de 3 años. 

Eso vale oro

El relato de Cecilia tiene una fuerza tremenda: 

"Una mañana a la hora de entrar, en la sala de espera que está junto a la puerta de acceso al local, una niña, Sandra, que había llegado con mucha antelación a la hora de su cita, había dejado sobre una mesa baja unas llaves de juguete. Dídac las había cogido sin que ella reaccionara en contra. Formulé la demanda en nombre de Dídac y ella asintió: se las prestaba. Le di las gracias. Durante la sesión, Dídac pareció olvidar las llaves sobre la mesa baja del despacho y se dedicó a sus cosas: el coche rojo, el paseo, las cortinas y canciones, la pelota y otros objetos en la dinámica mencionada de tocarlos y dejarlos caer. Cuando le dije que era la hora de salir no estábamos en el despacho, pero habíamos dejado, como siempre la puerta abierta. A toda velocidad, entró, cogió las llaves y las aferró contra su pecho. Fue un gesto sorprendente. El suelo por donde habíamos pasado estaba lleno de pequeños objetos olvidados. Este era diferente, recordado y recogido. Todo ocurría de prisa. Él corría y se hacía presente en la sala de espera, a la que llegué rezagada.

     Daba la casualidad, contingencias que ocurren, de que Sandra se le parecía en la globalidad de la imagen: el color de la piel, el color y tipo de cabello, el color de los ojos, la altura. Contrastaba, eso sí, en el talan­te: quietecita, callada, tímida.

     Él y ella se miraban seriamente. Él, en posesión de las llaves, que cada vez aferraba con más decisión contra su pecho; ella, en actitud que, silenciosamente, nos hacía saber que esperaba que le fueran re­tornadas. Ellos captaban perfectamente la situación. Recordemos que esta se producía, además, en el momento en que era la hora de entrar para la niña y de salir para Dídac, lo cual deslizaba cierto tono de premura en la demanda, también silenciosa, de los padres respec­tivos. Quien haya trabajado o convivido con niños sabe que la situación de rivalidad sobre un objeto es de lo más frecuente. Pero en el autismo se trata de algo muy delicado. En concreto, en el caso de Dídac, es la pri­mera vez que, en el centro donde le atendemos, está en esa actitud, tan decidido a no dejar un objeto. Y es la primera vez que no solo da señal de percatarse de la presencia de un semejante, sino que se sitúa respec­to a él (ella, en este caso) en franca relación de rivalidad; incluso, dire­mos, de desafío. De alguna manera, eso vale oro.  […]

     Tenemos entonces a Dídac en posesión de un objeto que ya no es cualquiera; que ha cobrado un nuevo y exorbitado valor. En la escena, marcada por la participación de la mirada, nadie dice nada. Todo se inmoviliza. El gesto de Dídac de acercar las llaves a su pecho nos para­liza a todos. Sandra no se las quita, ni pide, ni da. Esperan. Serán unos segundos. Es como si los niños se encomendaran a los adultos, que encarnan al Otro en ese momento. La tensión creada transmite la pre­gunta sobre quién es cada uno de ellos dos para los demás. No es una pregunta formulada, pero eso es lo que les estaremos diciendo con nuestra respuesta.

     Así que, con calma, nos disponíamos a iniciar una negociación, a abrir un tiempo. Pero, repentinamente y sin palabras, las llaves le fueron arrebatadas a Dídac de las manos y entregadas a la niña, que pasó a tomar posesión en silente convicción. El aullido inmediato de angustia de Dídac fue brutal, acompañado de toda la cohorte de fenómenos de agitación, los ojos girados, la cabeza hacia atrás...

     El tiempo para propuestas se había terminado.

     Tampoco dije nada. Corrí al otro extremo del local, a su sala de «alelapá», cogí unas llaves parecidas a las de Sandra, e inicié el regreso, corriendo, oyéndolo gritar. Al llegar, le entregué las llaves. Al obtener­las, dejó de gritar, me miró de manera sostenida por primera vez, sonrió establemente por primera vez, se secó las lágrimas con el puño, dijo «¡Gracias!» —con voz muy alta, sosteniendo la sonrisa y con una foné­tica que revelaba su poca destreza en el ejercicio fonemático— y pasó a contemplar las llaves con un brillo indudablemente nuevo en la mi­rada, que dirigía también a mí, de manera alternativa. Conmocionada, le contesté: «De nada».

     Estaba radiante. Comparaba su objeto y el de la niña, la miraba a ella, con sus llaves, y miraba las suyas. Nos despedimos. Se despidió alegre, llevándoselas en la mano a casa, volviendo la mirada atrás cuando se alejaba” [pp. 87-93].

     Tenemos aquí el relato de un "momento constituyente" en la cura de Dídac. El concepto de “momento constituyente” es fundamental en el libro de Cecilia. ¿Qué es un momento constituyente? ¿Qué se constituye en este momento, para Dídac? Prácticamente todo: el sujeto, el objeto, el Otro con mayúscula, el otro con minúscula, el cuerpo, la sonrisa, la mirada, el discurso, el deseo… quedan anudados por primera vez de una forma clara. Desglosemos los elementos de la constitución de la subjetividad en ese momento constituyente:
  • Dídac se percata de la existencia de otro y se enfrenta a ese otro similar a él.
  • Hay extracción de un objeto. Dídac carga libidinalmente un objeto. No lo deja caer, como hacía con los demás objetos, a los que dejaba caer dejando un reguero de juguetes por el suelo a su paso, objetos apenas mirados, apenas tocados y abandonados inmediatamente, objetos que se le caían de las manos. Dídac desea ese objeto en concreto, objeto que  recorta en el otro.
  • Dídac habla en voz alta, sosteniendo el lugar de la enunciación. No de una forma mecánica, robótica, sin implicación subjetiva, como suele ocurrir en muchos sujetos autistas. Dice “gracias” a Cecilia –implícitamente “yo, Dídac, te doy las gracias a ti”. Hay “yo”, hay “tú”, el lenguaje se hace expresivo, el niño sonríe.
  • Dídac reconoce nítidamente a un Otro benévolo, en lugar del Otro feroz de la psicosis.
  • Dídac sostiene la mirada de Cecilia, también la de la niña.
  • Dídac se apropia de su cuerpo, se seca las lágrimas de la mejilla, lágrimas que siente sobre la mejilla, mejilla que reconoce como suya.
  • Se pone feliz, “radiante”, contento pero de forma contenida. Hay pacificación, un menos de goce y un más de placer, una satisfacción contenida por ser reconocido en su deseo y dignidad.
Sin duda ese momento "vale oro". 


El deseo de analista de Cecilia Hoffman

Cecilia dice a continuación: "Sin temor a exagerar, creemos que es en cierto modo un privilegio de los profesionales de atención precoz ser testigos, en la clínica, de hechos de esta naturaleza". Se ve aquí que Cecilia consideraba su profesión como un “privilegio”, un trabajo donde ella encontraba pepitas de oro. El deseo que Cecilia Hoffman ponía en su trabajo nos contagió a todos. Quedamos atrapados por el deseo de aprender y la emoción de acercarnos al fulgor de la verdad subjetiva. 

Ella brinda en este libro un horizonte de optimismo al trabajo terapéutico con niños. Cree en “la plasticidad de los primeros años”, lo cual promueve una clínica creativa y esperanzada. Afirma en este capítulo:

 En edades más avanzadas las cosas se anudan ya de un modo más estable; las fijaciones de la libido se van consoli­dando. Aunque los cambios siempre son posibles, la plasticidad de estos primeros años es de enorme valor, por su ingente potencial tera­péutico [p. 93].




El estadio del espejo en el momento constituyente

El momento constituyente parece introducir una especie de encrucijada estructural, un estadio del espejo con su telón de fondo de agresividad1. Ha surgido en Dídac, un yo-moi, que se identifica con el otro, que rivaliza con el otro y desea el objeto del otro. Pero lo valioso en este caso es que Cecilia pone las condiciones para que surja también un yo-je –de la palabra. Cecilia insiste en el hecho del parecido físico de Sandra con Dídac. “Dídac se halla identificado especularmente hasta la confusión con la niña, que le resulta fascinante y, al mismo tiempo, le aparece como rival; Dídac, decíamos, desea y no puede/no quiere renunciar a ese objeto en tanto ella lo desea” [p. 91].

Cuando las llaves le son arrancadas, para ser devueltas a Sandra, Dídac cae en una crisis terrible; lanza un alarido, deja los ojos en blanco, tira la cabeza para atrás. Cecilia dice que en esta situación un sujeto “puede sentirse morir”. Cecilia Hoffman nunca cae en reflexiones educativas banales. Ella interpreta la situación como una situación de sufrimiento terrible para el niño. Es una virtud fundamental de Cecilia, a lo largo de todo el libro, el mostrar respeto y reconocimiento  del sufrimiento de los sujetos a los que atiende.

En principio, el estadio del espejo no se resuelve simbólicamente en la psicosis. La libido sigue circulando en el circuito imaginario y lleva a situaciones de rivalidad extrema, hasta el delirio. De allí que Miller hable de “estado del espejo” en la psicosis2. En cambio, en un estadio del espejo no psicótico, la tensión imaginaria encuentra un límite, una resolución, un abrochamiento de lo imaginario y lo simbólico. El sujeto no se atasca en un “o yo, o él”. Si hay castración simbólica, abrochamiento RSI, el sujeto consiente un “yo y él”, por medio de la asunción de cierta alteridad o, en este caso, la posesión de dos objetos parecidos. Si el estadio del espejo no concluye, los efectos son:

-        no reconocimiento de la propia imagen especular,
-        transitivismo (no identificación, sino confusión con el otro),
-        fenómenos de rivalidad extrema


La problemática del lenguaje en el autismo

Hasta ese momento Dídac había inventado palabras en una lengua propia (“alela”, lavadora, y “alelapá”, pelota Bobath). En el momento constituyente, Dídac dice “gracias”, utilizando una palabra de la lengua común. Hay, pues, un paso de la lengua propia a la lengua común. Dídac consiente alienarse en la lengua del Otro, para darle las gracias. Hasta entonces él había sido amo del lenguaje. A partir de este momento constituyente, Dídac muestra interés por someterse a la lengua del Otro, comienza a entrar en el discurso.

Muchos sujetos autistas abandonan su mutismo, para pronunciar una frase perfectamente construida en un momento de crisis. Sin embargo, a pesar de las expectativas que genera un acontecimiento como ese en su entorno, ellos vuelven a su mutismo implacable. Queda patente de este modo que sí están en el lenguaje, si bien no están en el discurso. Dídac, a diferencia de los que vuelven al mutismo,  no se replegará; emprenderá primero una especie de diálogo silencioso con Cecilia, pidiéndole que ella nomine las imágenes impresas en unas fichas que él le irá mostrando una por una. Luego irá aprendiendo a hablar.
Los problemas de lenguaje en el autismo son muchos: mutismo, ecolalia, lengua propia inventada, voz impostada con tono y timbre extraños, locuacidad extrema, etc., etc. Estos fenómenos tienen su origen en lo constitutivo del autismo, es decir, la defensa contra el Otro. Esta defensa se concreta, por un lado, en el lugar de la voz en su economía libidinal, por otro lado, en  el esfuerzo constante de elisión de la subjetividad en su lenguaje.

Comencemos por el mutismo. Cecilia da el ejemplo de Mirko.

A los dos años y medio no había pronunciado palabra. Mirko llegó apro­ximadamente un año más tarde a hablar y a ser muy locuaz, pero ausente en lo que decía. Por ejemplo, construía un relato sobre todos los letreros que veía en los trayectos habituales que hacía en coche con sus padres, eludiendo así la enunciación. Más tarde, hablaba en inglés con una foné­tica excelente. Más bien, cantaba: sabía de memoria todas las canciones de moda que sus padres y él escuchaban durante esos trayectos. Leía los títu­los de las canciones en inglés con fonética correcta, y los escribía en You­Tube para buscar los vídeos donde podían verse muchachas jóvenes can­tando en actitud sensual, para su fascinación.

Hay matices, siempre, y en este caso también hubo momentos muy especiales, en los que la enunciación entró en juego, pero queremos refe­rirnos ahora a un momento en concreto para comentar la dificultad del sujeto autista con la voz: hubo una temporada, antes de que hablara, en que, especialmente a la hora de despedirse, es decir, un momento de sepa­ración, Mirko hacía un esfuerzo notable por emitir algo de voz: ponía la mirada vacía, levantaba los brazos en paralelo sobre su cabeza, abría la boca y bajaba con fuerza los brazos hasta dejarlos en ángulo recto a la altura de la cintura, los dedos extendidos, insistiendo varias veces en la operación, manifestando luego su frustración con expresión de tristeza, y mirando con intensidad a las personas que estaban con él, al comprobar que no podía hacerlo. Finalmente, enfurruñado, cogía de la mano a su madre y se iba, dando algún signo de escuchar las pocas y cuidadas pala­bras de consuelo que le dirigíamos en tono muy bajo” [p. 96].

La voz es un objeto pulsional. No está falicizada para el autista; por eso le angustia y le horroriza. Por eso hace tantos esfuerzos por esconderla. La voz es la carne pulsional de la palabra. No se pueden cerrar los oídos como los ojos; la voz invade el cuerpo como un magma. Por eso a menudo los autistas se tapan los oídos con las manos. El autista se defiende tanto de su propia voz como de la voz del Otro. Utiliza el mutismo o bien la verborragia, y evita la interlocución. Por otro lado es muy importante tener presente que en tanto que objeto pulsional, la voz no es la sonoridad de la palabra, es más bien lo que acarrea la presencia del sujeto en el decir.

 “El sujeto autista tiene dificultad para soportar la subjetividad propia y ajena en el lenguaje”, dice Cecilia [p. 93]. De allí que algunos opten por la verborragia. Hablan sin parar, con una voz alta e impersonal, a menudo de forma ecolálica. No dicen nada. A nadie. Hay una especie de goce autoerótico, puro placer sonoro y rítmico, un medio arcaico de apaciguar la angustia. El autista no consiente en renunciar al goce vocal. No cede. Como los niños que no consienten el control de esfínteres, no aceptan renunciar al goce anal. En cambio, en la otra orilla, la castración simbólica –que el sujeto autista no consiente– borraría la voz de lo real. El neurótico se vuelve sordo a la voz real; en cambio oye el sentido de lo que se dice. Cuando bloquea el sentido y se fija en la voz, la faliciza.

La verborragia y la impersonalidad en el habla es particularmente clara en un caso relatado por Cecilia en el primer capítulo de la obra. También recoge un “momento constituyente”.

“Es un niño de dos años y medio. Habla mucho, con voz alta, aguda y des­personalizada. Su mirada es huidiza. De sus padres y familia extensa, menciona siempre el coche que posee cada uno. Se nombra a sí mismo en tercera persona, por su nombre. Es asustadizo. Los ruidos, especialmente en la oscuridad, como en el aparcamiento de su casa, lo sobresaltan.

En las sesiones juega con coches en un aparcamiento con recorridos interiores, rampas móviles, ascensores. A menudo se oyen ruidos prove­nientes del exterior del despacho, próximo a la sala de espera. Él se sobre­salta. Entonces, abro la puerta, me asomo y pregunto jugando, sin hacerme oír realmente por la gente de la sala: «¿Quién ha hecho ese ruido?». Luego cierro la puerta y le digo a él: «Ha sido un nene», y voy variando de respuesta cuando vuelve a ocurrir. Cada vez más, la secuencia se va convirtiendo en un juego y él espera mi participación. Se percibe clara­mente una satisfacción lúdica en ello.

Un día, al escapársele una de las rampas interiores del aparcamiento y golpear un coche metálico, con el aparcamiento convertido en caja de resonancia, el ruido se amplificó produciendo un estrépito. Su sobresalto fue mayúsculo. Su mirada se perdió, perpleja, unos instantes, tras los cua­les dijo, sin dar lugar a mi participación: «He sido yo». Su voz al decirlo no tenía el tono agudo, monótono, que usaba normalmente. Esta vez era una voz grave y poco articulada. Daba la sensación de que la voz, como viento, había salido de su cuerpo.

Momentos como este son muy delicados en el autismo. Una frase así, en este caso, tiene una gran carga subjetiva. Vemos que él había evitado hasta entonces nombrarse en primera persona, lo que testimonia su gran dificultad para reconocerse en lo que dice. Es un momento de riesgo. Él podría simplemente haber retrocedido y volver a las marcas de los coches. Pero fue lo que llamamos un momento constituyente. Por eso decimos que son momentos delicados. Hay un riesgo, pero al mismo tiempo cons­tituyen una oportunidad preciosa. Él hizo algo. Por lo tanto, no estamos en la dimensión del pensamiento sino del acto. Dio un paso con el que atravesó algo que nunca había atravesado.

El «he sido yo» vale para el ruido que se le escapa de las manos, pero especialmente para el ruido que se le escapa por la boca, y que él elige re­conocer como su voz, su palabra. Se reconoce en esa voz, en esa frase. Así se constituye, en ese instante, él mismo. Antes de eso, de algún modo él no estaba allí[p. 30].


Alienación y separación. El autismo como límite de la libertad

Desde luego la interlocución es pura alienación. “Hablar en nombre propio significa, en alguna medida, quedar a merced del Otro, del sentido que vaya a escuchar en nuestro mensaje” [p. 94], dice Cecilia. Sumergirse en el lenguaje es dar el consentimiento al Otro. Aceptar hablar para un niño es aceptar toda una serie de obligaciones: obligación de atender a su nombre, responder, obedecer, etc. El sujeto autista rechaza cualquier tipo de dependencia respecto al Otro. Se resiste radicalmente a alienar su ser en el lenguaje. Y también en la mirada. No oye al Otro y lo atraviesa con la mirada. El niño autista evita la mirada materna. Gana libertad, pero a un precio exorbitante. No hay alienación al Otro en el autismo, solo separación. El autismo es el límite de la libertad. De esa libertad a la que sigue la locura “como su más fiel compañera”, “como una sombra”, como dice Lacan3.

Pero la constitución plena del sujeto exige las dos operaciones: la de la alienación y la de la separación. El sujeto se ha de imbricar en el Otro, debe pasar por el Otro para constituirse como sujeto, consentir encontrar en el Otro el lenguaje y los significantes que lo definirán. El sujeto se constituye dejándose nominar, marcar por el Otro. Aceptando identificarse al Otro. Por ejemplo, de los Otros primordiales el sujeto coge su voz (Agnès Wehr). El sujeto no es nada sin el Otro, por mucho que en el Otro no pueda encontrar nada capaz de representar la verdad de su deseo. Cuando el Otro se revela como faltante (como deseante), entonces se da la separación. El sujeto se separará “lo suficiente como para tener su propio cuerpo, sus propios modos de satisfacción”. Dice Cecilia: “El sujeto habrá de realizar dos operaciones de las que resultarán su inclusión el Otro y su separación. En una, el sujeto se pierde un poco a sí mismo, alienándose, enajenándose. En la otra, se recupera, pero ha perdido algo en la casa, en el lugar del Otro” [p. 106].

En el neurótico el proceso de alienación-separación no concluye. Es permanente, como la palpitación de su ser. En cambio en las psicosis las dos operaciones son defectuosas. O hay solo alienación y falta la separación, como, por ejemplo, en las psicosis simbióticas. O hay solo separación, como en los autismos, e incluso una separación extrema, por ejemplo, en los autistas encapsulados.

El discurso

En el capítulo 6, “Pacificación, vivificación, demanda”, Cecilia introduce el concepto de “discurso”, como el orden que imprime lo simbólico al mundo. Ese orden, hecho de conceptos y categorías, es, además, “un  aparato que ordena los modos de satisfacción y que, de alguna manera, pone las cosas en su lugar” [p. 105]. Si no entra en el discurso, el autista ha de invertir un plus de trabajo para producir un orden. Por ejemplo, Laura, una niña de cinco años, pinta los troncos de los árboles de verde y las hojas de marrón. No se queda pegada a la "norma" que rige para los dibujos infantiles. Habla con una verborrea sin puntos, ni comas, ni apartes. Le dice a Cecilia: ‘Sí me acuerdo de ti y me acuerdo que jugába­mos con los puzles de las mellizas y que había una mesita y que la pared estaba al lado y el suelo abajo como en el patio que hay suelo y pared y no hay techo arriba pero en la clase sí...’ [p. 107]. Laura desarrolla un trabajo ingente para aprehender el espacio. No da por supuesto, como lo haría un niño neurótico, el suelo, la pared, el techo. Ella ha de desplegar cada vez el marco imaginario elemento por elemento. En general, el trabajo de ordenamiento conceptual es difícil para los sujetos autistas. Muchos autistas, como Temple Grandin, piensan, no con conceptos, sino con imágenes4.

Dídac se dedica durante varios meses a juegos de fabricar series con fichas, imágenes, dibujos imantados, etc., pidiendo a Cecilia que vaya nombrando cada uno de las imágenes, de los objetos. Esta operación de nominación es fundamental en el desarrollo del lenguaje y la subjetividad. Dídac adhiere palabras a las imágenes, construye conceptos a través ordenar series. Hace “un remedo de la alienación por la vía de lo imaginario” [p. 110]. Un día nombra la ausencia de un objeto. Vacía un coche rojo que contiene figuras geométricas y se da cuenta que falta un triángulo en el hueco donde debería ir encajado.

“Estaba bastante claro lo que ocurría, pero se lo pregunté. «¿Qué pasa, Dídac?». Me contestó: «No está», señalando el hueco del triángulo que, según mencionamos, al inicio no se percataba de que faltaba, no se daba cuenta de que for­maba parte de la serie «figuras del interior del coche». Mostré mi sor­presa, y juntos lo buscamos por los rincones del local. Y no lo encontra­mos, claro. Así, Dídac nombraba por primera vez, que sepamos, la ausencia del objeto, lo que —según vimos respecto al fort-da, el juego infantil— es fundamental” [p. 111].

En la sesión siguiente Cecilia propone que Dídac entre en el consultorio solo, sin estar acompañado por su madre. Esta separación se hace posible, porque la falta comienza a inscribirse, aunque sea en el registro de lo imaginario. La subjetividad de Dídac ha adquirido un fuste considerable. “Muchas, muchas veces –dice Cecilia, repitiendo el “muchas”– es necesario esperar e inventar” [p. 112] “Esperar e inventar” allí está la sabiduría y el arte de la gran analista que fue Cecilia Hoffman.
                                                                                                                
                                                                                                     ALÍN SALOM

Notas

1. LACAN escribe en “La agresividad en psicoanálisis” de los Escritos: “Hay aquí una especie de encrucijada estructural, en la que debemos acomodar nuestro pensamiento para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos. Esta relación erótico en que el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su origen esa organización pasional a la que llamará su yo. Esta forma se cristalizará en efecto en la tensión conflictual interna al sujeto, que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro: aquí el concurso primordial se precipita en competencia agresiva, y de ella nace la tríada del prójimo, del yo y del objeto, que, estrellando el espacio de la comunicación espectacular, se inscribe en él según un formalismo que le es propio. […]  San Agustín se adelanta al psicoanálisis al darnos una imagen ejemplar de un comportamiento tal en estos términos: “Vidi ego et expertus sum zelantem parvulum: nondum loquebatur et intuebatur pallidus amaro aspecto conlactaneum suum”: “Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeñuelo presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba, todo pálido y con una mirada envenenada, a su hermano de leche”. Así anuda imperecederamente, con la etapa infans (de antes de la palabra) de la primera edad, la situación de absorción espectacular: contemplaba, la reacción emocional; todo pálido, y esa reactivación de las imágenes de la frustración primordial; y con una mirada envenenada, que son las coordenadas psíquicas y somáticas de la agresividad original”. LACAN, Jacques, Escritos. Barcelona, RBA, 2006, pp.106-107.

2. MILLER, Jacques-Alain, “Lacan hace del estadio del espejo un estado de orden psicótico”. La Psicosis ordinaria,  Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 267. 

3. “Lejos, pues, de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la permanente virtualidad de una grieta abierta en su esencia.  Lejos de ser ‘un insulto’ para la libertad [como sugería Ey], es su más fiel compañera; sigue como una sombra su movimiento.  Y al ser del hombre no se le puede comprender sin la locura, sino que ni siquiera sería el ser del hombre, si no llevara en sí la locura como límite de su libertad.”  LACAN, Jacques, Escritos, op. cit., p. 166.



4. “Todos los individuos incluidos en el espectro del autismo/asperger tienen dificultades para crear conceptos.” GRANDIN, Temple, Pensar con imágenes. Mi vida con el autismo. Barcelona, Alba, 2006, p. 55.

lunes, 17 de abril de 2017

BLOG ELP: Sobre “Construyendo mundos. Autismo, atención precoz y psicoanálisis. El caso Dídac”, de Cecilia Hoffman | Josep Maria Panés


El pasado viernes, 31 de marzo, tuvo lugar la presentación, en Barcelona, del libro de Cecilia Hoffman “Construyendo mundos. Autismo, atención precoz y psicoanálisis. El caso Dídac”, un título que se añade a los ya publicados hasta ahora por la Editorial Gredos, en la Colección de la ELP.
El acto –organizado por la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona, con la colaboración de la Asociación Catalana de Atención Precoz (ACAP) y el Colegio de Psicología de Catalunya (COPC)- tuvo lugar en el Ateneo Barcelonés, institución cultural de gran arraigo en Barcelona.
Un público muy numeroso abarrotó la sala de actos, para asistir a la presentación de un libro que tenía, para la mayoría de los asistentes, un valor especial. Construyendo mundos es un libro muy valioso, en su contenido y en su planteamiento, y es, también, el libro póstumo de una muy querida colega de la Comunidad de Catalunya de la ELP.
El carácter especial de esta presentación se reflejaba también en la inusualmente amplia composición de la mesa: Iván Ruiz, Director de la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona, realizó la presentación del acto, y tomó la palabra en primer lugar. Hablaron, a continuación, Enric Berenguer, presidente de la ELP y autor del prólogo, Neus Carbonell, directora de la Comunidad de Catalunya de la ELP, Vicente Palomera, director de la colección ELP/Gredos, Josep Maria Panés, presidente de la ACAP, y Josep Vilajoana, decano del COPC.
Todos los mencionados, quisimos participar en este acto para hacer nuestro particular elogio de Construyendo mundos, pero también para recordar y homenajear a Cecilia Hoffman. En lo que me concierne –imposible reseñar las intervenciones de todos los participantes en la presentación- diré que Construyendo mundos me parece un libro admirable por muy diversos motivos.
Por la claridad con la que expone cuestiones clínicas muy complejas, y por la presentación gradual y ordenada de conceptos que hacen comprensible la experiencia del niño autista, a través de referencias y citas que empiezan en Freud y siguen por Lacan, Miller, los Lefort, Laurent, Maleval…
Pero también –y especialmente- porque Cecilia consiguió su propósito de escribir un libro que fuera útil, que ayudara a acercarse al psicoanálisis y a la clínica del autismo; en ese sentido, debo decir que no es un libro escrito solo -aunque también- para otros psicoanalistas.
Y estoy convencido de que consiguió este propósito porque el libro transmite de una manera muy palpable, muy viva, algo de su estilo, de su enunciación, de su deseo por el psicoanálisis, por la clínica, y por testimoniar de la manera particular en que el autismo la convocaba.
Nada mejor que sus propias palabras –al final del primer capítulo- para ponerlo de manifiesto:
“En el encuentro del practicante del psicoanálisis con el sujeto autista, como en toda experiencia humana, las cosas no están predefinidas. No se sabe qué sucederá. No hay test, ni manuales, ni garantías.
Asumimos el compromiso de un tiempo de oferta, sabedores de que quien pide ser acompañado en un trayecto orientado por el psicoanálisis – sea cual sea su diagnóstico – está atrapado en un modo de satisfacción que él mismo desconoce y que desearía cambiar. Asumimos así exponernos a la conmoción, contando con nuestro deseo como impureza que fecunda el proceso”.
Son unas palabras precisas, exactas y conmovedoras. Y son, también, algunas de las palabras a las que se refirió Estela Paskvanen el testimonio que realizó, al día siguiente, en el marco de la 1ª Jornada preparatoria de PIPOL 8 –“El autismo y lo cotidiano. Adolescentes y adultos, y su norma”– que incluía la mención Jornada en memoria de Cecilia Hoffman.
Con el título “Construyendo mundos. Un testimonio singular”, Estela Paskvan habló de los recursos subjetivos con los que Cecilia contó, y a partir de los cuales escribió un libro en el que se trenzan –secretamente, sin que eso sea visible en la trama del texto- la vida, el análisis y la práctica clínica.
Del complejo entramado que va de las conmociones vitales –a veces, ay!, aciagas- a la conmoción del advenimiento al ser -a la que la clínica del autismo nos acerca- solo la que fue su analista podía hablar con la sutileza, la profundidad y el tacto con que Estela Paskvan lo hizo, para –como nos manifestó, al final, a los que nos acercamos a saludarla y agradecérselo- “hacer pasar” ese singular testimonio con el que –así lo creo- se unía al homenaje a Cecilia.

viernes, 7 de abril de 2017

JOSEP MARIA PANÉS ¿Todos los autismos son iguales?

La Vanguardia, 06/04/2017
Las respuestas necesarias

La proximidad del día mundial del autismo me parece un buen motivo para traer a colación algunos de los interrogantes que suscita. Empezaré por la pregunta ¿El autismo o los autismos?
Resulta inevitable que nos refiramos a menudo al autismo, en singular, dándole demasiada consistencia a un término detrás del cual hallamos, en realidad, una gran diversidad de casos, que quizás no se corresponden siempre con un diagnóstico preciso de autismo: una multiplicidad de factores pueden producir dificultades en la relación y la comunicación, o conductas de estilo autístico, sin que nos hallemos ante verdaderos casos de autismo.
Pero, ciñéndonos a aquellos casos en los que el diagnóstico de autismo puede establecerse con seguridad, la diversidad de itinerarios e invenciones personales que jalonan la evolución de muchos niños autistas –sobre todo si son atendidos desde edades muy tempranas- es tal, que nos parece más adecuado referirnos a los autismos.
El factor determinante
En base a una práctica de más de treinta años en un CDIAP (Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz, perteneciente a la red de utilización pública del Departament de Benestar Social i Família de la Generalitat de Catalunya), puedo asegurar que este factor –la precocidad en la atención- es determinante en un punto esencial: la capacidad del niño para producir un lazo social con el que ir más allá de las limitaciones que su autismo le impone.
A este factor se añade otro, igualmente determinante: el enfoque de esta atención, que ha de ser, a mi juicio, respetuoso con las dificultades del niño, y siempre dispuesto a dejarse guiar por aquello -objeto, actividad, etc.- que el niño ya ha elegido o elegirá a lo largo del tratamiento, y para lo que tendremos la oportunidad de ofrecerle un uso no autístico.

¿Los autismos o los autistas? 

Es tal la diversidad de los itinerarios y las invenciones personales que vemos surgir en el trabajo con niños autistas, que propongo este segundo interrogante: ¿Los autismos o los autistas? Si nos referimos a una categoría diagnóstica -aunque sea diversificándola: los autismos- estamos recluyendo a una serie de sujetos dentro de los márgenes de esa categoría. En mi opinión, la multiplicidad y la singularidad de las soluciones que encuentran y desarrollan muchos niños con autismo -atendidos y acompañados desde muy pequeños- hace más adecuado referirnos a ellos como "los autistas", acentuando así la dimensión del uno por uno. 
En esta línea se inscribe Construyendo mundos. Autismo, atención precoz y psicoanálisis, un libro de reciente aparición (publicado por la Editorial Gredos), en el que su autora, Cecilia Hoffman, psicóloga clínica y psicoanalista, expone el tratamiento realizado durante más de dos años con un niño autista, en el ámbito de un CDIAP.
La invención de Dídac
La precocidad de la atención -Dídac tenía un año y siete meses cuando él y sus padres tuvieron el primer encuentro con la autora- así como la orientación del tratamiento, fueron, sin duda, determinantes en cuanto a sus resultados. "La invención de Dídac", por tomar el título de uno de los capítulos del libro -aquello que él invento, tanto como el hecho de que ello le permitió inventarse a sí mismo, reinventarse quizás, más allá de su autismo- no se habría producido de no confluir estas dos circunstancias, de la mano del talento clínico y la disponibilidad subjetiva de la autora.
Libros como el de Cecilia Hoffman -que aporta, además, la vocación de ser accesible y útil a un público muy amplio- escritos desde la perspectiva clínica, vienen a complementar la ya larga serie de textos, publicados en los últimos años, en los que sujetos autistas testimonian en primera persona -uno por uno- de la diversidad y la complejidad de sus recorridos vitales.

jueves, 6 de abril de 2017

EL CASO DÍDAC. LOS COMIENZOS Exposición de Patricia Montozzi. 24 de febrero y 24 de marzo de 2017


Trabajo realizado en sesión de grupo, encuentros 24 de febrero y 24 de marzo 2017.

A largo de los capítulos 2, 3 y 4, Cecilia nos describe  el trabajo realizado con un niño de 1 año y 7 meses al cual atiende en el dispositivo de atención precoz durante 2 años y medio.
Comienza describiendo el momento donde los padres hacen la demanda y concurren con el menor; un niño intranquilo, esquivo, con un rechazo muy marcado hacia el otro; donde los padres dicen que desobedece.

Dídac es un niño que no plantea una clínica de encapsulamiento autístico, esto quiere decir que no hay una homeostasis ni una regulación en su mundo, es un sujeto que no puede estar tranquilo ni solo ni con los otros, inmerso en una espiral de rechazos él y sus padres.  Se angustia ante el acercamiento o la distancia excesiva de éstos con ataques  de angustia y oposición que se manifiestan  de forma muy explosiva.

En este sentido, por lo tanto, hay un neoborde que le funciona como cuerpo y lo relevante del desarrollo del trabajo es como la analista desde un lugar no intrusivo intenta incluirse e incluir objetos (elegidos por él) desplazando este  neoborde, sin ser perturbador para el niño.  La manera de desplazar este neoborde es a través de la iteración, la repetición otra vez de las secuencias dentro y fuera del despacho hacia otras salas. Estas repeticiones, van dando torsiones que permiten desplazar este neoborde e incluir  nuevos objetos ligados primariamente algunos significantes.  Sin dejar de lado la inclusión de la analista, por supuesto. Aquí no hay un objeto autístico pegado al niño que le funciones como regulador.


Todo el tiempo Cecilia nos muestra su posición, su cautela a la hora de intervenir; estas intervenciones son prudentes, no invasivas y teñidas de cierta intención y deseo.  

Más sobre Dídac: los padres refieren que no saben cómo educarlo dado que no presta atención y se enfada si se insiste en algo él opta por dar un empujón (algo de la desencarnadura del otro aparece aquí). Su lenguaje es precario, habla poco algunas palabras sueltas. Motricidad: comienza su marcha autónoma. Un rasgo bizarro es que aletea si está contento.  Lo define como una estereotipia, tiene que ver con los escasos recursos simbólicos e imaginarios  para regular lo que afecta a su cuerpo en ese –alegría- un estado de excitación muy difícil de localizar (p. 41).

Presentación del niño, primera sesión

Dídac llega muy angustiado y desenfrenado,  da gritos en forma estridente y inarticulada, esconde sus ojos dejándolos en blanco, tira la cabeza hacia atrás y se golpea con la pared, huye de las personas y avanza caminando con los brazos abiertos. Entra al despacho junto a sus padres, con dificultad, y se esconde detrás de ellos.

La analista sanciona, con una primera frase, en tercera persona, que él quería estar con los padres. Después de esto se separa de ellos y se dirige a un juguete al que toca tímidamente y se retira, la segunda sanción fue, que a él le gustaba ese coche rojo.

A partir de aquí se establece una alternancia entre estar con los padres o acercarse al coche rojo y tocarlo. (el coche estaba detrás de la analista ) creo que este alternancia marca una primera división en dos momentos o estados.

La segunda parte de la sesión es cuando él desea salir la analista  lo consiente y lo acompaña a vagar por las otras salas en las que ve algunos objetos que intenta nombrar. Esta es una  errancia en lo que podría intuirse lo que fue luego una repetición ordenada que lo apaciguara  levemente.

El cierre de esta sesión es caótico, el niño se va mal, angustiado, y no acepta ningún objeto de los ofrecidos por la analista para que se lleve. Ella dice, que a él le gustaba estar aquí y que vendría otros días. (aquí la analista sanciona algo del orden de un deseo que la viene del otro) (pp. 42-43).

Si bien es este primer encuentro el niño no puede llevarse nada del centro nada que represente la ausencia del otro que le toca encarnar. (pp. 45, 49) Lo importante y destacable es que ha podido separarse de los padres y calmarse un poco intermitentemente; deducimos que espera algo de su asistencia al centro.

En esta sesión no se sabía todavía que objetos que habían llamado su atención decantarían como elegidos. Desde su realidad espacial los objetos del mundo están muy confundidos para él, no existe ni ha podido aún situar un adentro y un afuera de él. Por ello no parece haber ningún objeto especial para él. No hay ese lugar externo donde poder dejar algunas cosas rechazadas y así diferenciarlas de las aceptadas.

La analista, refiere que a lo largo de las sesiones los circuitos más o menos se repetían aunque algunos objetos dejaron de interesarle.

Poco a poco tras varias sesiones los circuitos se repetirán más o menos y aparece algo nuevo que es que “él tocaba y agitaba las cortinas”. Cecilia, favorece esto subiéndolas y bajándolas poco a poco con un mecanismo manual  que él miraba sucesivamente. A la vez le cantaba con voz muy baja canciones populares catalanas referidas a la luna y al sol alternativamente acompañado con los cambios de iluminación que se producían al abrir y cerrar las cortinas. “ Dídac responde a este juego con una tenue sonrisa. Esto no determina que siempre siga así, la analista aclara que también se dan de las otras escenas de llanto, huida y angustia.

Aquí hay dos cuestiones, se podría  decir que hay un pequeño avance en relación a las primeras sesiones dado que él tolera cierta cercanía de la analista y de los objetos. Lo segundo es cierta regulación imaginaria que parecería que se ha puesto en juego, en el sentido  que tanto el cuerpo del otro como el de él mismo es más tolerable, está menos presente para él (p. 52).

Las canciones y la acción es un intento de transmitir algo de lo simbólico.

“Este incipiente cambio se podría entender como un vaciamiento de goce". Con el juego de la alternancia de las cortinas que él ha consentido, ese goce vaciado se localiza en la mirada (él contempla la luz, sin moverse y expectante) y decimos que así el objeto mirada se recorta, en el sentido de que toma entidad como tal, la mirada ha sido extraída, produciendo un borde, en tanto Dídac puede consentir entregarla al otro y recibir del otro la mirada. Es aceptar algo pequeñísimo del otro esperar la luz y la sombra y la palabra. (p. 55) Los lanzamientos del coche: Cecilia los esconde para provocar su extrañeza en aras de promover lo simbólico. 

La matriz del borde

Lo que caracterizo lo simbólico es poder nombrar la ausencia, en cambio en lo real todo está presente, sin el menos que introduce la simbolización. Un objeto se representa en signo lingüístico y en imagen. Lo que se ve, es que Dídac busca el coche detrás de la puerta, si esto sucede es porque confía en encontrarlo en la realidad. Cecilia habla de una matriz que se repite para que esto pueda inscribirse La repetición lo que busca es repetir cada vez la satisfacción primera,  como en todo juego de niño es un trabajo del sujeto.
La matriz empezará a repetirse (p. 57).

La operación en juego en estos primeros momentos del tratamiento tiene que ver con  el recorte y la fijación del goce, la localización en zonas corporales, iniciando un trazado en el cuerpo que delimitará unas condiciones de satisfacción.

Agregar que en el curso de las primeras sesiones Dídac articuló los primeros fonemas ( pa-pa) al regresar hacia sus padres.

 La repetición

Su evolución siguió un modo de repetición enriquecedora en el sentido que no era una repetición absoluta sino que daba combinaciones enriquecidas sin llegar a ser una estereotipia. La analista habla de un itinerario que Dídac realizaba: comenzaba con el coche rojo este juego implica alejarse alternativamente de sus padres y de la analista. Sigue por el local con la compañía de los padres  las cortinas con las canciones asociadas, la pelota grande en la sala de fisioterapia.

En casa había un objeto que a él le llamaba la atención, el único, la lavadora. Como palabra estaba el –no- pero un no enfurecido, Cecilia ubica una modalidad muy fuerte de rechazo a todo lo que venga del otro.

El malentendido

En relación a este rechazo, su madre comenta que a ella no la busca, esto era vivido por ella con mucha intensidad y convicción, porque no la nombraba.  Pero Dídac en un momento,  dijo pa-pa yendo claramente hacia ella. (Esto es marcado por Cecilia), diciendo que él no tiene aún los fonemas adecuados para nombrarla correctamente…

Otro punto importante es como sus padres manifiestan, Dídac no hace caso –desobedece- aunque entiende, el no rotundo es también para cuidarlo que no se acerque a determinados objetos. (p. 64) Habla de una espiral de rechazos mutuos basado en la convicción recíproca de ser rechazados algo que puede llagar a ser infernal. En la desobediencia lo que hace no es más que traducir su impotencia, y su vez el rechazo de su hijo a todo. Interesante  que Cecilia marca el uso de la palabra pa- pa  cuando va hacia la madre porque habla de la introducción del deseo para cortar el goce en que los dos estaban.

Amplia su vocabulario. Aparece el término –alelapa señalando la pelota de la sala de fisioterapia. Con mucho entusiasmo la abrazaba y repetía alelapa (pp. 65-66).

Acerca del Fort-Da. Seminario VI. Lacan 1958-59

“El Fort-Da reside en la alternancia de un par significante en relación con un pequeño objeto, sea cual fuere. El elemento en cuestión puede ser una pelota o también un pedacito de cordón, -alguna cosa deshilachada en el extremo del pañal- siempre que no se deshaga y que pueda ser lanzada y traída. Este momento se sitúa justo antes del de la aparición del sujeto, es decir, antes del momento en que el sujeto se pregunte acerca del otro en calidad de presente o ausente”.

Volviendo a Dídac en el caso de la pelota nombra al objeto y no su falta, cosa que es característico en el sujeto autístico a diferencia del objeto del Fort-Da…, los golpes y empujones que le da son intentos de ausentarla, de ponerla lejos real-mente, introducir algo de la negatividad. Acá es al revés es un intento de producir una ausencia y no una presencia (pp.71-74).

Construcción del borde autístico

“En la progresión, aún muy reciente, del caso Dídac, detallaremos los elementos que van integrando el neoborde que está construyendo” (p. 83).

Primer objeto en el dispositivo de tratamiento es el coche rojo, esta elección constituyó una matriz de borde, en tanto éste le permitía un modo de tratar y descubrir lo que quería hacer suyo y rechazar.

En casa está la lavadora, como objeto. El la introdujo como ausente cuando la nombró, como alela, derivando su nombre del de la pelota, alelapa.

Remarcar que la matriz de borde ya estaba construida cuando Dídac comenzó el tratamiento pero era una matriz que no lo pacificaba. Este objeto –lavadora estaba pero de forma muy conflictiva, mezclado con aquel no vivido como rechazo, que le excitaba desorbitadamente a él y desbordaba a sus padres (p. 84).

Las cortinas, ligadas a la oposición significante sol-luz/ sombra-luna, y la voz tuvieron la función de introducir el objeto mirada.  Sus padres también forman parte de este borde, figuras aludidas como pa-pa.

Como objetos especiales para Dídac, están la pelota de fisioterapia y la lavadora. Se puede observa que tanto una como otra tienen que ver con la globalidad corporal, la pelota a través de las sensaciones táctiles y la lavadora, cuando, él, para hacer como ella, tensa todo su cuerpo, reproduciendo los sonidos y movimientos de la misma.


A dos meses de tratamiento, Cecilia nos transmite, que el niño está aún marcado por la emergencia de momentos imprevisibles de angustia, su mirada todavía es muy esquiva, pero ha fraguado un nuevo lugar en el mundo.

                                                                 Patricia Montozzi