Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana. Quadern de bitàcola




miércoles, 22 de abril de 2020

La máscara de la feminidad contemporánea

LÊDA GUIMARÃES

“No se apasione.
La máscara de la femineidad contemporánea”

Reseña de AGNÈS WEHR


Lêda Guimarães nos acerca a la forma actual de la histeria y de la máscara de la femineidad. Propone cómo entenderla desde el psicoanálisis; desde el goce femenino y la omnipresencia del superyó.  Sugiere pasar de la pregunta de Lacan “qué es una mujer” a “hacerse una mujer” ante el enigma de la femineidad. Finalmente hace una propuesta para que funcionen les relaciones amorosas.

La máscara actual de la femineidad tiene un lema: “¡no se apasione!”, renuncie a la pasión para ser una mujer ideal (autónoma, independiente… hasta más potente que el hombre). Pero en este ideal está actuando  el superyó exigente y feroz.

La propuesta que formula Guimarães será: "salir de la tragedia de lo imposible de la relación entre mujer y hombre” y entrar en “la comedia divertida de caer en la cuenta de que hay relación sexual".


***


El conocimiento sobre la subjetividad y la estructura no es una verdad universal y debe replantearse en función de cada época. Actualmente está ocurriendo con la femineidad que se da por verdad universal una proposición , la versión feminista, que es el producto actual de la neurosis histérica. El riesgo de avalar este goce para el psicoanálisis seria su propia muerte.

La perspectiva actual de la histeria

Freud enunció: “Las mujeres representan los intereses de la familia y de la vida sexual. El trabajo de civilización se volvió cada vez más un asunto masculino, confrontando a los hombres con tareas cada vez más difíciles y obligándoles a ejecutar sublimaciones pulsionales de las cuales las mujeres son poco capaces”.

Guimarães dice que Freud tiene razón pero es impreciso. Las mujeres son capaces y lo han demostrado con grandes conquistas en diferentes campos. La cuestión es que: aún habiendo conseguido satisfacción con estas conquistas, siguen centralizando la función de excepción de la feminidad en el amor. Este es el punto en que Freud tiene razón.

En la relación amorosa hay dos vertientes paradójicas entre las cuales Guimarães apunta a la acción del superyó.

El sueño del Ideal inalcanzable de “La
mujer”, única , especial entre todas ante
el deseo masculino.
La caída de este sueño, que se traduce
por el goce superyoico del estrago relativo al sentimiento de exclusión.





¿Cómo es la máscara de la femineidad contemporánea?

Porqué la máscara? Porque no hay respuesta en lo simbólico a la pregunta “Qué es una mujer?”. El goce femenino que no se encuadra medidas fálicas no se puede aprehender. Entonces lo propio de la máscara es que funcione como semblante para la femineidad. Este semblante tiene por objeto, en la relación amorosa,  conseguir ser el falo, es decir ser el significante del deseo del Otro.  De este modo la máscara lleva lo femenino al campo de la significación fálica y , apunta Guimarâes, lo aparta de la función de extimidad, donde se localiza el horizonte de la femineidad.

La máscara actual es fálica, es multifacética, multifálica, de una súper-súper mujer, que incluso muchas veces pretende ser más potente que el hombre. La profesional realizada, La politizada-culta-intelectual, La administradora del hogar, La madre psicopedagogizada, La gimnasta diet, La amante liberada…

Pero la amante apasionada? Fue excomulgada de la lista…

Del lado de las relaciones amorosas, esta máscara que pretendía poder ser el falo, el significante del deseo del Otro, se ha convertido en una multiplicación de falos, o sea una multiplicación de símbolos de castración, que como la cabeza de Medusa hace huir al hombre.

Pero también hace surgir a un nuevo hombre, el que no desiste de la adorable lucha entre los sexos. El hombre posmoderno, metro-sexual, que intenta feminizarse y formula la demanda de amor utilizando los adornos estéticos propuestos por las histéricas contemporáneas, para convertirse en su nuevo juguete. Y la relación se mueve en torno a “discutir la relación”, discusión inacabable en que se cuestiona todo lo mal que actúa el hombre, lo cual tiene por objetivo castrar al compañero con la navaja afilada del feminismo.

A pesar del discurso feminista y de la nueva posición de las mujeres para con los hombres, ellas no se libran de la condición de la pasión en la histeria, que es erotomaníaca (ilusión delirante de ser amada). La pasión acelera el goce erotomaníaco que se convierte en un imperativo de goce fuera de control del sujeto . Imperativo que está fuera de control por una infiltración de la cara mortífera del superyó. El goce erotomaníaco adquiere estatuto de demanda incondicional de amor, porque el amor es el velo que recubre el goce mientras está inhibido o latente.

El superyó

Los obsesivos creen en la ley, en la regla universal para todos. Las histéricas creen más en el juez: proyectan imaginariamente en el compañero (medio precioso de goce) la figura obscena y feroz del superyó. Desde la expresión más absoluta -“los hombres son todos unos monstruos”- a su manifestación más leve -"¿qué va a pensar de mí si pienso en privilegiar mis propios deseos?"-.

Esta proyección sobre el compañero fomenta defensas que son las del discurso feminista, con el objetivo de castrar a cualquiera que se asemeje a esta imagen del superyó.

Para el psicoanalista, se trata de no encarnar la figura obscena del superyó para la histérica,  de “reducir la potencia del Otro”.

El hombre se presenta como ya castrado, destituido de cualquier potencia fálica, cultivando la declinación de lo viril para preservar el amor en relación con la mujer multifálica.

El superyó, la paradoja

El feminismo no libra a las mujeres del estatuto del superyó en la histeria. Sino al contrario. “No se apasione” es renunciar al goce pulsional para que el Ideal de Mujer superpotente pueda ser mantenido. Renunciar a la pulsión a favor de un Ideal. Esta defensa ante la pulsión es proporcional al peligro que supone la pasión. Peligro de que la invasión de goce femenino haga imperar el impulso de entregarse a un hombre sin límite. El imperativo “No se enamore” muestra la presencia del imperativo “Enamórese, muera de pasión”. Así pues, la proposición  “La pasión es una patología” es una proposición histérica. Si se avala desde el psicoanálisis, se estará avalando la lógica infernal de la paradoja del superyó, y se lleva el psicoanálisis a la muerte.

Guimarães entonces afirma que la patología devastadora no es la pasión, es la patología del superyó. El goce exigido por el superyó es esencialmente mortífero.

¿Cuál es la salida para la sexualidad femenina?

No es suficiente decir que es una salida singular, única para cada mujer. ¿Cómo transformar el goce mortífero en goce vivificante? ¿Cómo libertar la pasión del yugo mortífero del superyó? Operación que remite al final de análisis en la histeria. Salida que no es respondiendo a “que es una mujer” sino “hacerse mujer”.

Hacerse mujer

Disyunción que sustenta dos posiciones de goce radicalmente diferentes en relación a la femineidad.

Hacerse mujer
Preguntarse qué es una mujer
Por la vía de la pasión
Lógica fálica
Juicio de valor sobre el objeto del deseo masculino
(pasiva, castrada..)
Consentimiento al
impulso pulsional
vivificante
La significación fálica es mortificante sólo si responde
 a una economía de goce









La clínica psicoanalítica es pues una clínica del superyó

La entrada en análisis será instituida como una anticipación a la salida. El acto analítico deberá producir un salto en el que el sujeto tome distancia de su posición de objeto sujetado al imperativo de goce superyoico, y se pueda ubicar en una posición de sujeto del deseo. Entonces la fuerza compulsiva de un imperativo devastador deja el lugar a un deseo de hacerse objeto causa del deseo masculino. “Sólo así, el juego erótico de los semblantes masculino y femenino podrá salir de la tragedia para la comedia divertida de caer en la cuenta que hay relación sexual.”


*  *  *




Síntesis de la sesión de trabajo

¡No se apasione!

En la actualidad nos encontramos con un fenómeno curioso, que es la desvalorización del amor. La lucha feminista por los derechos de la mujer ha traído consigo cierta dificultad en relación al amor. Para evitar los fenómenos de estrago manifiestos en que caen muchas mujeres en las relaciones de pareja[1], el feminismo ha creído necesario poner en tela de juicio la pasión amorosa y tiende a proponer un modelo de feminidad que prescinda del "amor romántico", la pasión amorosa. Las mujeres tienden, en general, a la erotomanía; el feminismo se lo quiere prohibir. El feminismo se sitúa, en general, en la lógica fálica. Sostiene un discurso universalista; reivindica satisfacciones que valen para todas. No contempla la función de excepción que es precisamente lo específico de la feminidad. Hay un imperativo que circula en la actualidad, que dice a las mujeres algo así como: “¡no te enamores!”, “¡no te apasiones!”, “evita las trampas del amor”. Podemos imaginarnos cuál acaba siendo su revés, qué es lo que el superyó leerá en él: un “¡muere de amor!”, un imperativo mortífero. Donde estaba la prohibición de enamorarse, aparece el imperio de la pasión sin límites.

Amor y superyó

Las mujeres, a pesar de las exhortaciones del feminismo, parecen aún centrarse en las relaciones amorosas, localizar en ellas su goce. En las mujeres el superyó parece ejercer su ferocidad precisamente en el campo del amor. O bien aparece en el campo del amor el ideal de ser La mujer, la única, la especial, la inigualable, ideal ciertamente aplastante; o bien aparece directamente el estrago: en nombre del amor la mujer consiente una relación oblativa con la pareja. En cambio en los hombres el superyó no ejerce, en general, su ferocidad en el campo del amor; parece  más bien localizarse en los ideales sociales, respecto a los cuales el neurótico obsesivo adopta una posición de mortificación, anulación de su deseo, rutina obsesiva[2].

La superwoman medusa y el hombre feminizado

En la actualidad, circula un nuevo ideal de feminidad. Es el ideal de la superwoman, multifacética, autónoma, independiente, profesional realizada, politizada, culta, intelectual, proveedora económica del hogar, madre especializada en saberes psi, gimnasta diet, guapa, saludable, contable de calorías y nutrientes, amante liberada, “especializada en fórmulas de inclusión del orgasmo clitoridiano en el acto sexual”, etc.  Pero de la lista de las características de la superwoman se excluye la de mujer enamorada, la de amante apasionada. El resultado de la acumulación de tantas virtudes, tantas potencias, es que la superwoman finalmente aparece como una figura hiperfálica, una especie de Medusa. La multiplicación del falo es en sí un símbolo de la castración[3]. La superwoman petrifica a los hombres como la Medusa de la mitología. Ella no se da cuenta y se lamenta más bien diciendo: “ya no quedan hombres”...  Mientras, ¿cuál es la posición de los hombres? Ante la furia de las superwomen, muchos hombres declinan de lo viril; tienden a feminizarse. Se presentan como castrados, destituidos de cualquier potencia fálica. Lo hacen, porque es su modo de apelar al amor. Así que la pareja paradigmática de la época es la de la mujer medusa y el hombre feminizado.
                Ya conocemos la estrategia histérica típica de erigir un amo, para castrarlo después. Las tácticas son infinitas. Algunas mujeres acuden al desafío feminista; otras se encallan en una demanda incondicional de amor: ámame, ámame más y más y más y más… Otras se colocan en el lugar de la víctima y ven en los hombres a unos monstruos. Se trata de una proyección imaginaria paranoica: proyectan en el semblante del hombre la figura obscena y feroz de su propio superyó. Etc., etc., etc.

La posición femenina

Las neurosis tienen, en general, la estructura de una pregunta. La neurosis obsesiva se estructura en torno a la pregunta “¿ser o no ser?”. El sujeto obsesivo gira en torno a las preguntas: “¿qué es estar vivo?”, “¿estoy vivo o muerto?”, “¿estoy muerto en vida?”, etc. Hay una especie de “cadaverización en el interior de la armadura obsesiva”[4]. La histeria, en cambio, se asienta sobre la pregunta “¿qué es ser una mujer?” y sus corolarios: “¿qué soy en el fondo: un hombre o una mujer?”, “¿soy realmente una mujer?”, etc. No hay respuesta a esta pregunta en el campo simbólico, que es el campo de la lógica fálica. La feminidad no está inscrita en el inconsciente. Sólo está inscrito el falo y la feminidad no puede aparecer más que como falta, como alteridad. Pero ella no puede de entrada asumirse a sí misma en un lugar de alteridad. Se constituye en la mismidad, dentro de la lógica fálica. Ella también aspira a las realizaciones fálicas. Entonces ella solo podrá adoptar una posición femenina, solo accederá al goce femenino, haciéndose Otra para sí misma, mediante la mediación del hombre. Por tanto, la feminidad no puede ser más que una mascarada, un disfraz, un semblante que ella erija, ¿para qué? Para hacerse causa del deseo de un hombre, para satisfacer justamente sus propias pulsiones de fines pasivos (ser poseída), en definitiva, para dejarse invadir por el goce femenino. Ella, en lugar de pretender tener el falo, tiene que hacer como que es el falo y que carece fehacientemente de él, para causar el deseo del hombre. Ser mujer no es más que desear hacerse objeto causa del deseo masculino, consentir al impulso pulsional de fines pasivos. ¿Cómo? La solución es singular. En todo caso, la posición femenina ofrece una ventaja importante: a ella le costará bastante menos que al hombre ir más allá del falo.

O bien preguntarse, o bien hacerse una mujer

En definitiva no se trata de atascarse histéricamente en el preguntar(se) indefinidamente qué es ser mujer, sino hacerse una mujer. Entiéndase, la feminidad pasa por un acto –y todo acto comporta un atravesamiento, implica una mutación subjetiva, tiene algo de inesperado, imprevisible, indescifrable[5]–. La pregunta “qué es ser mujer”, repetida una y otra vez, no puede más que llevar a una respuesta que difame la feminidad (lo simbólico no da para más) y acabe identificando lo femenino con lo castrado, pasivo, golpeado, degrado, excluido, etc.

Alín Salom



[1] No hay límite al sacrificio, a las concesiones que una mujer puede hacer por un hombre, de su alma, de su cuerpo, de sus bienes, dice Lacan. Voici el estrago.
[2] El ejemplo más claro es el del Hombre de las ratas, Ernst Lanzer, que acabó muriendo en la Primera Guerra Mundial.
[3] S. FREUD, “La cabeza de Medusa” (1922), O. C., Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. III, p. 3697.
[4] JACQUES-ALAIN MILLER, citado por LÊDA GUIMARÃES, Goces de la mujer, Petrópolis, KBR, 2014, p. 28.


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