Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana, fundada per Cecilia Hoffman. Quadern de bitàcola




viernes, 3 de julio de 2020

Proyecto Curso 2020-2021



La posición masculina en tiempos de “el hombre que ya no existe”




El curso anterior hemos trabajado el tema de las feminidades. Proponemos continuar nuestro trabajo con el tema de las virilidades. Hay una crisis de la posición masculina. La reacomodación del lugar de las mujeres en la sociedad, su “empoderamiento” progresivo[1], el triunfo ideológico del movimiento feminista han dejado a los hombres en una posición difícil. ¿Cómo hacer consistir una posición masculina, cuando –como afirma Jacques-Alain Miller– “el hombre ya no existe”[2]? El declive del padre ha arrastrado en su decadencia a la virilidad. El hombre se ve privado de sus atributos fálicos tradicionales y se encuentra en una situación de anomia identitaria. Es verdad que lo viril siempre había sido del orden del semblante y se había erigido sobre un fondo de angustia de impotencia y de rechazo de la feminidad; pero en la actualidad parece haber un declive excepcionalmente severo del semblante de lo viril[3]. Asistimos a una especie de “desvirilización democrática”[4], como dice Miller, que genera en muchos sujetos desorientación y malestar, y en algunos de ellos una reacción neomachista virulenta. Fenómenos como los de “la manada”, el auge de Vox o la elección de Trump[5] y otros políticos similares, falócratas declarados, no son ajenos a esta coyuntura. Cuando hay, en la sociedad, llamamientos confusos y contradictorios a “deshacer el género”, deconstruir el sexo o a la autodeterminación sexual, ¿qué significa sostener una posición masculina? Por ejemplo, ¿tiene algún significado sostener una función paterna-masculina, cuando la parentalidad actual equipara a padres y madres, cuando la función de nominación y la función de cuidados se mezclan e intercambian? ¿Cómo padecen o encajan algunos sujetos la fusión y confusión actual de géneros y sexos; cómo se anuda la masculinidad, se sostiene el deseo sin el fantasma de la antigua virilidad? En torno a estas preguntas trabajaremos.


[1] En la actualidad hay incluso un feminismo de Estado, además de un feminismo pop.
[2] “Bonjour sagesse”, La cause du désir, nº 95, Abril 2017, p. 81.
[3] Como dice Francisco Umbral, “el falo ausente cada día está más presente”. Fábula del Falo, Barcelona: Kairós, 1885, p. 5.
[4] Ibid., p. 84.
[5] Véase Angry White Man del sociólogo americano Michael Kimmel.



Fechas de reunión del primer trimestre : 
18 de septiembre, 16 de octubre, 13 de noviembre, 11 de diciembre


Apuntes sobre la ética en la pintura

Conferencia de XAVIER RENAU


Abordamos esta cuestión teniendo en cuenta los términos de pulsión de vida y pulsión de muerte, este último descubierto por Freud como consecuencia de las tendencias que algunos de sus pacientes tenían marcadamente en esta dirección respecto a la de la vida. Después Lacan, al introducir el concepto de goce, nominó un modo de satisfacción que podía ir en las dos direcciones. El goce es una forma de satisfacción que podría ser ambivalente aunque no necesariamente en una o en otra dirección solamente sino en ambas a la vez: se puede gozar de la vida y de la muerte. Y ¿qué es lo que nos indica hacia dónde va el goce o cuál es el quantum de goce en una u otra dirección? ¿Podríamos responder que el límite al goce es lo que separa o regula ambas tendencias? En todo caso sí puede afirmarse la importancia del límite como agente regulador, equilibrador. Las consecuencias de la falta de límites se podrían ver con claridad en la película La grande bouffe en donde lo que sería un placer, un goce de la vida, el comer, se transforma en un goce de muerte al no poner un límite a su satisfacción. En la película, lo que podría ser una satisfacción de una comida entre amigos en la que se puede comentar y valorar lo que se come se convierte en un acto de glotonería donde lo único que cuenta es el goce imparable de lo que se come, que sólo la muerte al final parará. La falta de límites al goce de una manera u otra se para y se paga.
Este ejemplo de la comida nos puede servir para valorar otras actividades ya que la pulsión no tiene un objeto predeterminado para su satisfacción. Cualquier objeto o actividad podría utilizarse para el goce. La actividad pictórica también. En la pintura no me parece tan fácil elucidar qué cantidad hay de “glotonería”.
Para aclararnos algo más sobre los límites al goce podríamos también nombrar a la pulsión de muerte como el representante del exceso por antonomasia, algo sobredimensionado para nuestra humana condición. ¿Cuándo estamos sobrepasando la capacidad de nuestras posibilidades? Vemos la gran complejidad del tema ya que se mezclan factores personales y sociales o culturales.
Para la exigente realización de cuadros de pintores como Rafael o Leonardo ¿podemos asegurar que los autores se han servido de un exceso de goce en su búsqueda de la belleza? Por otra parte, en unas pinturas de estilo opuesto como serían las de la época negra de Goya ¿podríamos afirmar también que su autor ha utilizado un exceso de goce en su búsqueda de la antítesis de la belleza? Otro adjetivo del goce, además del exceso sería el de la obsesión. En todo caso dejamos abierto el tema de considerar al goce en la pintura no necesariamente relacionado con un estilo decadente o siniestro.
De todas maneras me parece más fácil descubrir el sentimiento de muerte en pinturas que muestren la miseria de la condición humana. Como ejemplo cito el caso de una exposición de grabados, precisamente de Goya, titulada Los desastres de la guerra que visité junto a Cecilia Hoffman. Al final del recorrido Cecilia me dijo: “Ha gozado”, refiriéndose a Goya. El comentario me llamó mucho la atención; me pareció entender que ponía de relieve lo que era un juego ambivalente entre la vida y la muerte, o entre la creación y la destrucción. El tema de los grabados representa a la muerte en su aspecto más miserable de la condición humana pero, por otra parte, hay belleza en la representación de los cuerpos, hay delicadeza y sutilidad en el dibujo y las sombras, que demuestran un interés de Goya por las bellas formas de la naturaleza humana. Esta sensibilidad contrasta con la crudeza del tema. ¿La encrucijada del goce a la que aludía Cecilia? ¿Cómo es posible que alguien como Goya, dotado con una gran sensibilidad, pudiese gozar con los temas siniestros?
Veamos también como en otro pintor, esta vez más contemporáneo, pueden subsistir la idea de la belleza, a la que también llamaremos de la vida, y la de la muerte. Francis Bacon decía querer hacer cuadros tan bellos como los de Monet, pero en partes del cuerpo humano como en la boca. Decía que quería pintar la boca como los paisajes de Monet y que para eso tenía un libro al que calificaba de maravilloso sobre enfermedades de la boca. También afirmaba no tener conciencia de lo que le decían sobre las situaciones límites de los personajes que pintaba. Para él no existía ese sentimiento de muerte que sus espectadores acusaban.
Más preguntas: ¿Cómo puede un pintor recrearse en el sufrimiento o en la muerte de lo que pinta y no tener noción de la importancia de tal hecho? En el caso de Bacon se puede sostener quizás esta pregunta debido a una interpretación de la belleza particularmente subjetiva, pero ¿puede sostenerse en el de Goya del que conocemos cuadros muy bellos? En una hipótesis como respuesta, podría haber una desconexión de significados cuando existiese un goce excesivo. Dicho de otra manera, parecería que el goce en exceso estaría en los significantes, iría como al galope sobre ellos, se deslizaría a través de ellos sin aludir al horror de lo que representan. Porque si el pintor tuviese noción verdadera de esa relación con el horror, ¿podría continuar con su pintura?
Parece también que los pintores aficionados tengan mayor conciencia del límite al goce en exceso; rechazan las obras siniestras que ellos jamás pintarían y su pulsión, al menos en la pintura, la enmarcan en los significados tradicionales de la belleza.
También podríamos denominar a la pintura del exceso como una pintura obscena, que muestra imágenes que deberían haber quedado ocultas o sugeridas. El querer mostrarlo todo, como el querer decirlo todo, tanto de lo bueno como de lo malo daña la vista o el oído, supongo porque no se preservan los límites de la intimidad o los límites de la satisfacción. ¿Es por este motivo que el pintor o el escultor a veces mantienen un discurso sobre su obra que sorprende por ser una interpretación del todo subjetiva?
Un amigo escultor me enseñaba su obra, compuesta de símbolos inequívocos. No hacía ninguna falta ser entendido en arte para nombrarlos o ver que su composición escultural mostraba símbolos evidentes relacionados con la religión y su poder en las estructuras familiares, sin embargo, el discurso del amigo nunca los nombraba y en cambio circundaba sus comentarios a aspectos texturales o estéticos. Yo mismo, hace un tiempo, hice una serie de collages que aludían a temas muy críticos de la sociedad. No dejaba de tener una cierta conciencia de la crítica que hacía y al mismo tiempo disfrutaba con el trabajo. Uno de los collages se titulaba “Intolerancia”, representaba la misma palabra Intolerancia que monté recortando y enganchando letra por letra de revistas y diarios a la manera de los mensajes anónimos y enmarcando la palabra en un marco estilo clásico dorado, que también construí utilizando recortes de anuncios publicitarios. El collage era una crítica feroz al mundo del arte. La realización del conjunto de collages de esta época representaba para mí la crítica incluso más allá del mundo del arte; al mismo sistema social. Disfrutaba haciendo esa crítica con un entusiasmo negativista; me recreaba en la idea de una sociedad perjudicial para el individuo que lanzaba sus dardos más afilados a través de la publicidad. Supongo que acertaba con esos dardos, hacía dianas, eran aciertos consagrados, recubiertos con una satisfacción, que más tarde descubrí, enraizada en mi propia Intolerancia.
En esta época de los collages estaba un día en mi estudio trabajando y con la radio encendida. Era una emisión en la que el guitarrista Toti Soler tocaba en directo algunas piezas previamente preparadas. Al final, la presentadora le pidió si podía tocar algo improvisado. Para mí fue la mejor interpretación de todas; me evocó lugares bellos que me produjeron una gran emoción, fue como un soplo de vida que emanaba de las cuerdas de la guitarra. Entonces, en ese momento, decidí que dejaba el arte crítico por el arte constructivo; fue una decisión hecha sin elaboración pero que debía ya estar gestionándose desde hacía tiempo. Puede que esta voluntad de cambio viniera precedida por intereses contrapuestos que estaban en juego en mi trabajo pictórico, como pudiesen ser las acuarelas de paisajes en las que trabajaba sobre todo en los veranos. Pese a la decisión necesité bastante tiempo para ir dejando atrás mis críticas. Pero ya había decidido que el arte no era la manera de hacer salir mis monstruos interiores, de sacarlos a paseo para que les diera el aire. Ya no concebía que una actividad profesional dirigida al prójimo pudiese transmitir la crítica, aunque pudiese pensar que era constructiva.
Con el tiempo cada vez afianzo más la decisión motivada por la música, si bien el arte actual se utiliza muchas veces para denunciar o criticar, por cierto con acierto, o dar a ver los desgarros interiores. Todo esto está muy bien si de lo que se trata es de concienciar a los demás para que no se olviden o sepan qué ha pasado o está pasando. Quizás yo no entienda bien esta función del arte y por eso lo sitúe en otro lugar, fuera de las relaciones que pueda tener con la política o el periodismo; en el margen de la organización social. Sólo desde un lugar apartado pero que considero central se podría despertar la sensibilidad individual para valorar mejor por qué vale la pena vivir. Desde este margen el arte, incide directamente en la transformación y enriquecimiento de las sensibilidades individuales.
Volviendo al arte como medio de mostrar los fantasmas propios o ajenos continuo reconsiderando esa posibilidad como un medio de conocimiento que, sin el arte, podría no encontrar un soporte para darse a conocer. De todas maneras es un síntoma que como todos los síntomas parece que no sirvan para nada aunque sí están siendo eficientes en algo. No por nada el mismo Lacan colocaba al arte por delante del psicoanálisis.
Es difícil pues situar una ética para el arte cuando juegan tantos factores subjetivos. Parece que la mejor manera de situar a la ética sería la conocida frase de si me gusta o no, o si lo colgaría o no en la pared de casa. Algunas obras de arte pueden ser muy interesantes pero podríamos excluirlas como compañeras en nuestro día a día. Si en mi elección me decidí por la belleza no por eso me adentré en un terreno más cómodo, más bonito. Tanto más incómodo porque la belleza, en la historia del arte, después de las vanguardias del siglo XX se ha pretendido que sea un tema de máxima inocencia. Así y todo, como decía algún surrealista, la belleza será revulsiva o no será ¿Quién puede definir qué es la belleza en nuestros días? El tema tiene tanta complejidad como el de lo siniestro. Colgaría un cuadro que encontrase bello en mi casa y no uno de signos contrarios. También el arte de lo siniestro tiene un momento de atracción, pero casi inmediatamente tiendo a retirarlo de mi vista, en cambio no me canso de mirar una y otra vez un cuadro, un paisaje, una persona bella. Por mucho que los mire me parece no tener nunca suficiente: ¿será esto?, ¿o es que hay algo que no consigo aprehender, que siempre se me escapa y que sé que nunca podré tener? En cambio en el arte oscuro tengo la sensación de algo que me sobrepasa, como una sombra que se me viene encima.
Sobre esta cuestión recuerdo ahora el comentario de un pintor que decía que los cuadros que hacíamos tenían que ser bellos de la misma manera que también queremos ver sanos a nuestros hijos, libre de enfermedades, viendo cómo se construyen su vida. Podemos así apelar a la ética de la vida en nuestra elección, en dar a ver a la vida y no en la recreación del sufrimiento.
Si decíamos que los objetos pintados son subjetivos para el pintor, también lo son para el espectador, que hará una lectura basada en sus propias referencias, como si se reflejara en un espejo. Esto es una nueva encrucijada también de difícil solución que nos ayuda poco a diferenciar las cantidades de goce o de renuncia que pueda haber en una pintura. Los objetos también podrían no ser oscuros pero ser ideales, la otra cara de la Intolerancia. Un pintor de objetos denominados como bellos podría desarrollar un goce en exceso camuflado muy superior a un pintor de escenas trágicas. Entonces ¿es que el contenido de la pintura no es suficiente para indicarnos la ética del pintor? Reconozco tener reservas a la pregunta y la necesidad de ver caso a caso, aunque considero que los desastres de la guerra de Goya evocan un goce superior o diferente al de los paisajes de Monet, reconociendo el riesgo de tal apreciación. Quizás porque los desastres de la guerra no me producen más que angustia a diferencia de los paisajes de Monet.
Los niños también pueden crear sus monstruitos o convertirse en jueces y ejecutores justicieros para expulsar de ellos un mal que no comprenden. ¿Eso mismo hacen los adultos? Para los niños se trata de un juego en el que, de alguna manera saben que nada es verdad. ¿Para el pintor de lo bello o de lo siniestro también se trata de un juego? No parece que sea lo mismo aunque quizás hayan puntos en común: puede que esa desconexión de los significados, tanto en lo bello como en lo siniestro, que hemos mencionado, ese cabalgamiento del vaquero de los significantes que no permiten al jinete ir al paso o bajarse del caballo para pisar tierra firme. Lo mencionábamos respecto a lo siniestro pero ahora me parece que también puede pasar en lo bello aunque la desconexión sería inversa, un enamoramiento de la vida para no ver la parte de la muerte. Los niños podrían después, con la edad, ir relativizando sus desaires con la muerte, aunque no siempre pueden hacerlo y, de todas maneras, en todos nosotros, en situaciones excepcionales haya un residuo que active la desconexión para la propia supervivencia y así ser capaces de ignorar la renuncia a cambio de un paso al acto justificado y desangustiante.
Mi decisión de no mostrar mis aliens a través de la pintura se alien-nó con la de no mostrarlos tampoco en las relaciones. A veces, sin embargo, puede emerger algo de lo oscuro en la relación con el otro, tanto de uno mismo como del otro. Con el tiempo he aprendido a tener mucho cuidado en estas situaciones. Se pueden confesar al otro a condición de reconocer la propia indefensión y la necesidad de explicarlas para expulsarlas del soliloquio aniquilante que se sufre pero nunca se pueden erigir como emblemas o insignias para el reconocimiento altivo; lugar en donde el goce del exceso suele hallar su sustento. Y cuando pueda ver en el otro esa sombra asfixiante también voy con especial cuidado y no la menciono, a menos que el otro pueda escuchar algo de lo que yo le vaya diciendo aunque siempre tengo la sensación del riesgo, presto a pararme, de ir sobre una cuerda floja.
En cuanto a mi pintura me asalta con alguna frecuencia un hecho particular: pese a mi elección por la belleza, y a la vista del proceso del cuadro, tengo la sensación de que hay formas o trazados que van como a la contra, que están dispuestos a jugarme la mala pasada de ir en contra de mi elección. La pintura nunca va a representar algo diferente a lo que yo soy. No se puede disimular. Por tanto la verdad de lo representado es lo que da fe de los hechos. Tomo nota de estos hechos que me sirven como una referencia externa que me habla del momento personal en el que estoy y que de forma consciente no soy tan capaz de llegar a ver del todo.
¿Cómo podría evitar que en algún lugar de la pintura haya un coladero inesperado? ¿No es la pintura una manera de hacer salir mis pulsiones? Esta dirección de mi trabajo no la barro; sé que puede estar ahí. El reverso existe en todas las cosas, aunque me parece que no es lo mismo recrearse en él que tener noción de su existencia e irle poniéndole unos límites. Creo que esta es una diferencia fundamental en el abordaje pictórico.

Xavier Renau




Cuestiones que surgieron en el debate posterior


Xavier Renau es pintor y escultor, pero, además, es historiador del arte, docente y teórico del arte. La conferencia de Xavier Renau nos ha conmovido. La reflexión que nos ha expuesto, escrita de una tirada, despliega un montón de preguntas, no pretende cerrar, concluir, sino que logra cultivar la interrogación. Nos habla, sin embargo, de una decisión importante tomada por él, de un acto, un cambio de orientación, una ruptura en su actividad artística que debió representar un seísmo en su praxis artística: el abandono, por su parte, de un arte de crítica social, un arte “negativista”, siniestro y tanático que le inclinaba del lado de un goce excesivo, y su orientación hacia un arte mucho más vital, su giro hacia la belleza. Renau retoma la reflexión de un colega que dice que las obras son como los hijos: uno los querría sanos y hermosos. ¿Cómo es posible que el artista elija sufrir pintando cosas horribles?, se pregunta. Plantea también una segunda cuestión: “la ignorancia del artista”, que le ha llamado la atención en sus colegas. De algún modo es como si muchos artistas no se dieron cuenta del significado de su obra, del contenido patente de sus lienzos y únicamente se centraran en analizar y discutir de lo formal.

Entendemos que Xavier Renau defiende el derecho a la belleza. ¿Pero por qué se hace necesario defender la belleza en la actualidad? ¿Cómo han evolucionado los valores estéticos? Muy esquemáticamente podríamos seguir su recorrido a lo largo de la historia y ver cómo se suceden a grandes rasgos los tres valores estéticos fundamentales: lo bello, lo feo y lo sublime. La belleza fue descubierta o más bien inventada por la cultura griega clásica, que proyectó imágenes idealizadas de cuerpos humanos perfectos en figuras hieráticas de dioses, cuerpos no trabajados por el goce, no sometidos a la castración. La cultura griega dejó el horror, el sufrimiento, la risa, en definitiva, “la mueca de lo real”, en manos de la comedia y la tragedia, sobre todo de los grandes trágicos: Esquilo, Sófocles, Eurípides, etc. Pero ya el helenismo (Laocoonte y sus hijos) y más tarde el arte cristiano exalta el dolor, exhibe el sufrimiento, la castración, en las figuras del Cristo flagelado, torturado y crucificado. Pero en la Edad Media también emergen imágenes de cierta belleza, de la felicidad maternal e infantil, en las pinturas del niño Jesús en brazos de la Virgen. Lo feo se abre camino paulatinamente en el arte en tanto que valor estético y se sintetiza con lo bello, produciendo “lo sublime” a partir del siglo XVIII: en las pinturas románticas de ruinas, naufragios, terremotos, Saturno devorando a sus hijos (Delacroix, Géricault, Friedrich, Goya…), etc. Más tarde el arte contemporáneo apuesta  masivamente por el feísmo (Picasso, Bacon… ) Representa cada vez más lo feo, lo horroroso, la deformidad del cuerpo y el alma, la miseria en todos sus matices. Deja, en cambio, la belleza en manos de la sociedad de consumo, en la producción de objetos útiles y fútiles bellísimos. Expulsa al artista del campo de la belleza. Se lo deja al capitalismo. Surge una especie de imperativo superyoico feísta en el arte.

Por otro lado, el arte contemporáneo rechaza las reglas, abre el campo de una libertad casi absoluta; no obstante acaba por generar otro imperativo superyoico: el arte debe ser transgresor, debe ser subversivo, debe ser necesariamente crítico… ¿Hay un deber para el artista de ser testigo de lo real histórico, del horror, de la injusticia? ¿Celan podía no haber escrito su Fuga de la muerte? ¿El artista debe necesariamente hacerse portavoz de la indignación, la protesta? ¿La función ética y política es la única función del arte?

Buscar la belleza en la actualidad es nadar contracorriente, liberarse de imperativos artísticos que nacieron como emancipadores de la tradición pero han acabado por convertirse en imperativos superyoicos. El arte es un tratamiento de lo real. Frente al goce hay un solo dispositivo: el deseo. Lo que reintroduce la falta. Así que sostener la persecución de la belleza, si este es su deseo, es fundamental para un artista. Del placer al goce no hay una barrera; están situados en una banda de moebius. Satisfacer la pulsión escópica –propia y del espectador–, elevar el objeto al estatuto de “Cosa”, gozando pero sin desgarrarse en el intento, es el talento del artista.

Alín Salom




martes, 16 de junio de 2020

El reverso de las madres




GUY BRIOLE : "El reverso de las madres, hoy" 

Reseña de ROSA ANTOLÍN



Para poder orientarme en la lectura de “El reverso de las madres, hoy” de Guy Briole, tomé tres conceptos a partir de tres textos:

1. La pulsión

S. Freud, Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección 32: La angustia y la vida instintiva: “La causa más ordinaria de la neurosis de angustia es la excitación frustrada. Una excitación libidinosa es provocada, pero no satisfecha, no utilizada, y en lugar de esta libido desviada de su utilización surge la angustia. Creí, incluso, justificado decir que esta libido insatisfecha se transforma directamente en angustia”. “Sabemos cuánto nos alejamos con ello de la opinión general; pero hemos de mantener firmemente que el miedo a la castración es uno de los motores más frecuentes y energéticos de la represión y, con ello, de la producción de neurosis.” “Es exacto que el niño sufre angustia ante una exigencia de su libido, en este caso ante el amor a su madre, tratándose, por tanto, realmente, de un caso de angustia neurótica.” “Pero no hemos dicho todavía cuál es el peligro real que el niño teme como consecuencia de su enamoramiento de la madre. Es el castigo de la castración, la pérdida de su miembro.”

2. La relación de objeto

Lacan, Seminario 4, La Relación de objeto: “El objeto genital, por llamarlo por su nombre, es la mujer”. “¿Qué fue lo que aportó Freud, siempre tan solo, sobre este tema? … La idea de un objeto armónico, que por su naturaleza consuma la relación sujeto-objeto, la experiencia la contradice perfectamente, no ya la experiencia analítica, sino incluso la experiencia común de las relaciones entre el hombre y la mujer. …ay en este registro una hiancia, algo que no va, lo cual no significa que eso baste para definirlo”.

3. Lo sintomático de la familia

Lacan, “Nota sobre el niño”: “En una palabra, el niño, en la relación dual con la madre, le da, accesible sin mediación, lo que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real. De ello lo que resulta es que, cuanto más real hace presente, mayor es el soborno al que está entregado en el fantasma.”

En la causalidad del sujeto, en la neurosis, el sujeto siente angustia ante la circulación de la propia libido, que se pone en juego en relación con el objeto. El sujeto reprime la verdad de su pulsión, ante la amenaza de castración, y crea síntomas sustitutivos, transformado la modalidad de satisfacción. El sujeto no renuncia nunca a la pulsión. En la constitución subjetiva, la separación de objeto, genera la falta. Generando la matriz simbólica donde, como ser parlante, se enraizará el orden simbólico.
La relación del sujeto con el objeto no es armónica, lo perdido (imaginario), no se puede volver a encontrar igual, esta hiancia, esta ranura, esta falta, queda inscrita, queda en potencia la posibilidad de inscribirse en lo simbólico, en el discurso. Eso pasa en la neurosis.

Así la función de la madre ya está en juego. En cada madre en su relación con el niño, se pondrá en juego la relación con el “Objeto de satisfacción HIJO”.  Esta pondrá a circular su propia fantasía libidinal, tendrá que vérselas con su propia falta en ser, su castración y su respuesta particular ante ella.  Ese objeto niño, conviene que no sea todo real. Conviene que la madre puede generar una hiancia en el sujeto, esta madre frustradora, potencialmente simbólica.  Esta madre no toda respondida ahí, en el objeto hijo, descompletada, en la medida que busca en otra parte, la del deseo.  Así  el intento de poder ser reconocida en el hombre, como una mujer. 

A partir de aquí pude situar el texto “El reverso de las madres hoy” de Guy Briole.

Inicia el artículo señalando que según J.-A. Miller, para Lacan  el ser mujer es aquello opuesto a ser madre. “Una verdadera mujer no es la madre”. Señalando así ya una cierta oposición entre la mujer y la madre. Briole señala que para el sentido común, la madre es la verdadera mujer, una mujer realizada, y lo determinante para ello será tener un hijo. El sentido común rechaza la castración. En la medida que el objeto, obtura la falta en ser de la madre, obtura su falta. Para el Psicoanálisis la madre y la mujer están en lógicas distintas, esto es fundamental. “La madre sería la mujer plena”. Briole parte de la argumentación que plantea J.-A. Miller: La madre está en la lógica de la que tiene y la mujer en la lógica de la que no tiene, está en la lógica de la falta, lo cual no quiere decir que a ella le falte nada, está en la lógica de la ausencia. La feminidad como testigo de la ausencia del ser, así cada respuesta es singular.

·         “La madre está del lado de la que tiene; está del lado de la abundancia;
·         La mujer, la “verdadera mujer” es, por excelencia, la que no tiene; es la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes.”

En esta oposición también señala la madre como a quien se demanda, porqué ella tiene. Esto se podría enlazar con la idea de la omnipotencia de la madre que nos indica Lacan, en el Seminario 4, pág. 71: “esa omnipotencia es de madre. … es ella la que es omnipotente, en ese momento ella puede dar cualquier cosa…” Esta omnipotencia de la madre le permite dar o no, responder o no. Puede no tenerlo todo, tener carencias, no responder;  y a la mujer se la desea, es el objeto de deseo y esto le permitirá  gozar de un hombre. La mujer que, a través de ser ese objeto de deseo, consigue ella misma gozar de su sexualidad, (a través de un lazo sexuado). En este lugar ella es la mujer fatal, la de la sexualidad. “… dit-fâme, sobre lo que dice de la fâme, la fama, la mala reputación.” Briole. Este punto de la sexualidad como algo traumático, podríamos pensarlo también como el rechazo a  la sexualidad.

Briole apunta a la elección de goce, como elemento fundamental para el lazo sexuado. Si bien no existe la relación sexual, sí existe un lazo sexuado, M.-H. Brousse. Podríamos formularlo como: de qué goza una madre?; ¿de qué goza una mujer? Y de cómo en este goce está implicado el partenaire; ¿de qué goza un padre?; ¿de qué goza un hombre?  Briole nos dice: “Un hombre siempre tiene algo que perder; digamos que un hijo no ocupa el lugar del falo de la misma manera para un padre que para una madre. El cara a cara está entre una mujer decidida a la posibilidad de perder y un hombre enredado en lo insoportable de pensar la pérdida.” Es decir un hombre que cree tener y puede hacer con la pérdida, y una mujer cree que no tiene y que también puede hacer con la pérdida.

Briole nos pondrá varios ejemplos, modalidades de encuentros.

 Satisfacerse con perder. Medea

J.-A. Miller añade con Lacan que “una verdadera mujer, siempre será Medea”. Entiendo que una mujer es aquella que sostiene a un hombre castrado, también en falta, donde  ella sea causa de su deseo. Pero Briole, con el caso de Medea va más allá.

Dice que hay mujeres que al ser madres no soportan la transformación del hombre en padre. Hay mujeres que hacen lo que sea para privar al padre, castrarlo, para tener al hombre. “Allí, ya no estamos del lado madre, donde este hombre del deseo perdido podría ser recuperado como un hijo más, dejándole ir a desear a otra parte”. Briole apunta que “una mujer que no tiene, no tiene nada que perder”. Pareciera que en esa posición, hay una satisfacción extrema en el perder, una mujer que se satisface en el perder, para hacer surgir el deseo de su hombre.  La posición de Medea, la que no tiene nada, la que para ser no tiene que tener.  Así entiendo el título del apartado. Es como si el hijo, para Medea, fuera todo real, por lo tanto para ser mujer lo tiene que matar. “De ello lo que resulta es que, cuanto más real hace presente, mayor es el soborno al que está entregado en el fantasma” (“Nota sobre el niño”, Lacan).

Viñeta: Una mujer que vive la llegada de su hija a la adolescencia, como un momento donde esta reclama actividades con su padre. La madre   empieza a tener celos de su hija como mujer y la difama, su cuerpo, su ropa, la  mirada hacia los chicos. Sexualidad difamada. Reclama a su marido, que solo tiene tiempo para estar con su hija, “al final ella conseguirá que nos separemos” dice. El padre intenta aplacar a esta mujer, dirá que no sabe cómo calmarla, que no hay manera que entienda a la “niña”. Aquí se ha roto el arreglo al que hace referencia Briole, un arreglo que toca el deseo en la pareja.

Hacerla madre           
                                         
Un hombre que escapa a la castración haciendo madre a una mujer, alude a su castración no teniendo que sostener el deseo hacia una mujer. Sostener el deseo, es complicado, pero no sostenerlo es peor, la relación sexual es la muerte, no hay solución.

Un hijo puede estar en el lugar de tapón a la falta en ser, para la mujer/madre y también para el hombre/padre. 

Viñeta: Un niño de 9 años que es el rey de la casa, su padre se queja de que su mujer, a la que llama mama, no lo mima lo suficiente, “es solo un niño, dirá”. El padre juega con él, ríe, parece un compañero de juegos de su hijo. Su mujer se queja de que su hijo quiere siempre dormirse con ella, y al padre esto no le parece mal, “solo es un niño”. Pasado un tiempo el  padre dirá” creo que lo que pasa es que mi hijo me hace pensar en mi, mi madre nunca me dio los mimos que yo necesitaba, pero a mi hijo no le hago ningún bien” Para este hombre ser padre, es una forma de poner un tapón a la falta en ser, a su propia castración, su mujer es una madre para su hijo y para él. Podríamos decir que elude su castración. Esta mujer pone en crisis el arreglo cuando ya no quiere más dormir con su hijo. Quiere su casa como su reino pero quiere dormir con su marido. Una madre no toda, que para este hijo se le hará insoportable.  

Briole: “Lacan no dudaba en situar la función del padre real sobre la vertiente castradora de su presencia efectiva, “afanándose en […] la madre” un padre real, tiene que poder estar castrado, para poder ser deseante de una mujer, la función de lo real que permite la falta en ser, la castración, posibilitando la sustitución simbólica.  

Un padremadre 

Briole muestra el caso de un hombre que haciendo a su mujer madre, obtura su propia castración, su falta, obturando así su deseo. Haciendo de esa mujer una madre admirable.  El desarreglo aparece en el momento en que él se reconoce como un hombre celoso, aparece el reverso del padre irreprochable. El desarreglo: “el diálogo de sordos de esta pareja: allí donde él la quiere admirable, en la vertiente madre, ella busca ser admirada”. El detonante  se produce cuando él advierte los celos, que causan su deseo,  “este deseo surge en él cuando toma conciencia de que ya el deseo no está más en su mujer; ¡ella no lo desea más! La mujer ha reventado a la madre, se hace evidente que ella podría desear en otra parte”.

Briole dirá que hay una confusión de papeles. Este padremadre está completo no expone su castración, pero su reverso es el hombre celoso que culpa a la rebelde de desear, de ser una mujer. LA desea cuando ella desea en otra parte, podríamos preguntarnos ¿qué desea realmente este hombre? Para este hombre.  “La sombra de la madre ha caído sobre la mujer”, la madre tapa a la mujer. Pero “no hay solapamiento entre el llegar-a-ser-madre y el ser-mujer”. Hay ahí un imposible, para esta  mujer el llegar a ser madre no ha solapado el ser mujer, no ha resuelto, no ha tapado su falta, y en un momento aparece el deseo en ella y los celos en él.

Viñeta: Un hombre reclama a su mujer en el lugar de madre, cumplidora de su deber y  una mujer que responde a ese lugar. Para esta pareja el sentido de la vida es ser padres y formar una familia. El desarreglo aparece cuando la hija pone en falta a esta madre, del lado del fracaso, un odio hacia la madre, que permite el surgimiento de la mujer (no todo lo puede esta madre). Este padre protector y productor culpa a la madre de su error, la neurosis de la hija, es vivida por este hombre como un fracaso de la madre. Una madre no toda, que es insoportable para este hombre que quiere ser todo padremadre. El reverso de este padre protector es este hombre que culpa a la mujer por no ser una buena madre. ¿Dónde está el deseo en esta pareja? 

Maternidad/feminidad: un anudamiento

Briole plantea que puede haber un anudamiento desde la feminidad a la maternidad, un pasaje dice él, que implica una solución, un cumplimiento. La feminidad en su falta, se resolvería con un hijo, la maternidad. Pero esta idea de la culminación de la feminidad con  la maternidad, tiene que ver no con un anhelo, sino con el rechazo mismo de la feminidad. No obstante Briole apunta al hecho de que esto no se puede resolver tan fácilmente. “Eso puede entenderse como una amenaza apenas velada: ellas no escaparán a su destino de mujer”. El rechazo a la feminidad no se puede obviar en lo que se manifiesta en el propio cuerpo con el embarazo. Entonces se pone en juego este enfrentamiento a lo real de la falta en el propio cuerpo de la mujer, con la maternidad. “De hecho el sujeto femenino tendrá que aprender con su propio cuerpo”. Como  el embarazo ya implica una transformación/ deformación  del cuerpo, este  pone a la mujer en crisis ante el ideal de belleza y la integridad de su cuerpo  como mujer al ser madre.  Explica el caso de una mujer que decide ser madre por segunda vez y esta división entre ser mujer o ser madre, me parece destacable como esta mujer no culpa al hijo de no poder ser una mujer, es una intervención quirúrgica que viene a proteger a este hijo, no siempre es así. Briole dirá que “con esta analizante, queda en evidencia cómo no todo de la sombra de la madre ha caído sobre la mujer.”
La maternidad como límite a la feminidad            

Presenta una viñeta de una mujer con una pulsión  sexual desbordada. Esta mujer que tiene un marido, no es en la relación sexual con él, en la que encuentra un lugar para canalizar su libido, es con su amante con el que ella goza, un amante ordinario que la lleva a una relación sexual donde se siente viva, pero también advierte algo imparable, insaciable en esa relación. Un hijo, la maternidad, podría poner un límite. Límite por el lado de saciarla, aunque “la razón no resiste frente a lo pulsional, que la vuelve a colocar en los brazos de su amante y relanza la duda: ¿quién es el padre?” ¿Quién es el hombre causa de su deseo? Esta mujer muestra cómo el inconsciente va, gobierna; cómo la mujer vuelve. Ser madre, llega un momento que no colma la sexualidad de la mujer. ¿Qué quiere esa mujer? Es la pregunta que vuelve, no resuelta en ¿qué quiere una madre?, que siempre será un hijo. Pero ¿qué quiere la mujer que está detrás de cada madre?

El caso ilustra bien: la mujer, por el lado del deseo, del ser deseada, del goce sexual, lo que implica estar  en posición de falta y búsqueda; la madre, del lado de la completud, del tapón con el objeto hijo. Y cómo la lógica madre/mujer no se puede  solapar (sombra). Hay arreglos que permiten vivir a media voz, momentos de ilusión donde pareciera que la relación sexual existe. Los arreglos serán siempre eso, y cada uno se las tiene que ver con su goce. J.-A. Miller pone de relieve que no hay solapamiento entre el “llegar-a-ser-madre” y el “ser-mujer”. Hay ahí un imposible. 

El rechazo inconsciente a la maternidad

Briole nos habla del rechazo de la maternidad como rechazo de la división subjetiva, rechazo del inconsciente, rechazo del cuerpo en tanto soporte donde  “se manifiesta el afecto reprimido y donde pueden desplegarse las identificaciones”. Diferencia a Freud y Lacan: el primero daba por sentado que la maternidad no era algo natural y Lacan insiste en el rechazo al cuerpo. Para Lacan, “en el sujeto histérico, este rechazo es doble. Es, a la vez, un rechazo de saber lo que ocurre en el cuerpo –la bella indiferencia– y un rechazo del cuerpo; es decir, el sujeto de este cuerpo rechaza el cuerpo”.

J.-A. Miller distingue tres modalidades de rechazo del cuerpo:


1.       el rechazo del cuerpo del Otro, que conduce a una problemática sexual;
2.       el rechazo del cuerpo en su propio cuerpo, con los embrollos de la reproducción de la vida, por lo tanto, de la maternidad;
3.       el rechazo del propio cuerpo, con asco.”

Briole apunta un caso que permite ver los efectos en el cuerpo a partir  de la transformación del cuerpo con el embarazo de una mujer. Aparecen las tres formas de rechazo: Rechazo al cuerpo del otro “el embarazo ha apagado el deseo del partenaire”;  rechazo del cuerpo en su propio cuerpo “descubre que ella produce anticuerpos antifetales” y el rechazo a su propio cuerpo “ya no se siente deseable”. Cada sujeto femenino se las tiene que ver con su cuerpo, que siempre pone en juego la finitud.
Entonces Briole nos va a transmitir sus reflexiones sobre qué pasa con la maternidad en el momento actual y en el porvenir.  La modernidad de la maternidad.
Apunta al hecho de que los avatares del rechazo inconsciente de la maternidad hoy se pueden eludir con un forzamiento por el lado de la ciencia, un empuje del yo/superyó, del lado del razonamiento, del derecho, de la ley, dirá Briole. No del lado del deseo. Para que fuera por el lado del deseo, la mujer tendría que vérselas con el deseo de la mujer que fue su madre. Resolver algo de esa transmisión generacional, como dice Briole, del lado del discurso de la Historia/Histeria.

“En cierto modo, aquello que puede llevar a una mujer, como decíamos, a elegir romper con la cadena generacional, enmascarándolo con el feminismo propio del siglo XXI, interroga lo que queda sin resolver en el lazo de esta mujer con el deseo que podía animar a su madre. El odio hacia la madre, cuando viene a explicitarse en la cura, está dirigida hacia la mujer que ella era”.

No obstante, por un lado, como sujetos que hablamos, sujetos al lenguaje, alienados al lenguaje, aparece la división subjetiva inevitablemente y, por otro lado,  en el encuentro con el cuerpo aparece la división en lo real que implica el goce. Hay un encuentro incalculable de cada mujer con su cuerpo en la maternidad, así como es incalculable e incontrolable el lugar donde el hijo va a parar, siendo siempre “allí donde no se le espera”. Entonces la privatización de lo femenino, mujer “fuera de todo”, no del lado del “no todo”, fuera del lazo con el Otro, esta degradación del deseo, no podrá resolver la cuestión de la subjetividad. Responder ante lo que Lacan decía que éramos todos: “cada uno el aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa del deseo”. No hay sujeto más que como efecto de lenguaje: “ningún niño ha nacido sin haber tenido que vérselas con este tráfico de sus afables progenitores” y, ellos mismos, los progenitores, atrapados en el discurso que supone la inclusión de la generación anterior.
                                                   

martes, 2 de junio de 2020

Reseña de la conferencia de GUY BRIOLE: Goce, deseo y amor en femenino: esbozos en análisis



Guy Briole introdujo el tema de su conferencia con una referencia a la feminización del mundo en la actualidad. El lugar tradicional del hombre ha quedado impugnado, su autoridad desvalorizada. Pero hay muchos hombres a quienes esta feminización no les va mal; soportan mal el mundo, no saben cómo reaccionar en él. Tampoco a todas las mujeres les va bien esta feminización del mundo. En todo caso, confrontados a los cambios, ellas toman ese mundo à bras le corps, lo abrazan con todo el cuerpo, lo toman a su cargo; ellos parecen más bien haber perdido la brújula. “Siempre hay que reinventar lo masculino –no sin lo femenino”. Así comenzó Guy Briole su conferencia, brindándonos un aforismo.

Abordó el tema del goce, el deseo y el amor en femenino, a partir  de la literatura y la clínica, exponiendo viñetas donde la posición femenina se perfila con claridad.

Primera viñeta clínica: Un hombre quiere conservar el amor de su mujer; se precipita a convertirla en madre. Hace caer sobre la mujer la sombra de la madre. Así escapa a la castración, eludiendo mostrarse deseante. Se recluye en la paternidad, pues “para el hombre también, el hijo puede hacer de tapón”.

Segunda viñeta clínica: Otro hombre se siente corroído por los celos. ¿Cómo se atreve su mujer, a la que ha hecho madre tres veces, a clamar su insatisfacción en tanto que mujer! ¿Cómo puede ella hacernos eso?, se pregunta ese “padremadre”. Él la quiere “admirable”, como madre; ella quiere ser “admirada” o por lo menos “mirada” como mujer. Ella no consiente que caiga la sombra de la madre sobre la mujer que es.

Primera puntuación teórica: Se suele creer que la mujer plena es la madre. Pero, para el psicoanálisis, una verdadera mujer no es la madre. Es más bien Medea. La madre “tiene”, está del lado de la abundancia; en cambio la verdadera mujer es, por excelencia, la que “no tiene”; la que hace algo con ese “no tener”, por ejemplo, del lado de los semblantes. A la madre se demanda; a la mujer se desea. La mujer es deseada, reprobada y di-famada. Medea no admite dejar a Jasón ir a desear a otra parte; no se satisface con ser la mujer dejada caer.

Segunda puntuación teórica: Temporalidades. El amor es atemporal, en cambio el goce del lado masculino es temporal. El goce del lado masculino es un goce escandido; cuando se acaba se acaba; en cambio el goce del lado femenino no se satisface con la escansión: ¡eso no puede acabar así!; el amor toma el relevo. La temporalidad de la histeria es suspender el goce, para prolongar el deseo y eternizar el amor, como amor insatisfecho. Del lado masculino, se trata más bien de suspender el goce, retrasarlo. En la actualidad, por un lado, se va hacia el goce con gadgets; por otro lado, se pide amor; lo pulsional se rinde, se sacrifica en el altar del no-todo.

Primera viñeta literaria: Belle et bête de Marcela Iacub. Ella mantiene una relación con un hombre. Sabemos que se trata de Dominique Strauss-Khan, del cual dice que es parte hombre y parte cerdo. En el mundo actual se ha desarrollado una “utopía generosa”: un derecho a gozar, una fraternidad en el goce. Pero para que subsista esta fraternidad, es necesario que exista la parte deseante del hombre, es necesario el fantasma del hombre-cerdo, defiende con valentía Iacub. El fantasma no está para ser realizado, está para fantasear. Si matamos al cerdo, la sociedad ya no puede ser fraternal; en todo caso, será sororal. Ella le deja un pedazo de su cuerpo al cerdo, su libra de carne en términos shakespearianos: un trozo del lóbulo de la oreja.

Tercera viñeta clínica: Ella lidia con una sexualidad que la desborda. Casada con un hombre guapo, bueno y brillante, con el cual, sin embargo, su cuerpo no está concernido, ella desea a otro hombre, un amante ordinario. Se queda embarazada. Le atormenta la paternidad, cuando por fechas no cabría ninguna duda. Tiene el hijo, que resulta ser el vivo retrato de su marido. Ella intenta proyectar la sombra de la madre sobre la mujer. Pero no lo consigue: el hijo no la colma. Involucra cada vez más a su madre en los cuidados del niño, se distancia del análisis, cierra a cal y canto el inconsciente, dispuesta a volver al galope de la mujer que hay en ella. Algunas veces cae la sombra de la madre sobre la mujer, pero otras veces es la sombra de la mujer la que cae sobre la madre.

Segunda viñeta literaria: La vida sexual de Catherine M de Catherine Millet y Celos de la misma autora. La vida sexual de Catherine M es una escritura sobre lo real del sexo, sin velo. Muchos hombres rugen  contra esa hembra indómita que reduce al hombre viril al estatuto de un sextoy activado, de un hombre-dildo. Otros hombres –incluso algunos de ellos psicoanalistas– se vanaglorian de haber abierto y cerrado el libro en el espacio de un relámpago. No hay que confundir a M con Millet y de nada sirve hacerle el vudú al fetiche que se ha fabricado de ella. En todo caso el libro es un testimonio de una generación. Sorprendentemente, en su libro posterior, Celos, Millet relata la espiral infernal de los celos donde se hunde a pesar de la libertad pactada con su pareja. Le atormentan las aventuras que Claude tiene con otras mujeres, sobre todo la mentira de Claude que la exilia de él, que pone de manifiesto hasta qué punto ella le es indiferente y la deja en el peor de los lugares: el lugar de la observadora. 

Cuarta viñeta clínica: Luna, mujer de la noche, declara: “tengo un problema con los hombres”. Partida entre un intelectual que la eleva a lo sublime y un latino que la confronta con lo peor de la “decadencia sexual” –pasión, celos, vigilancia, amenazas de muerte y rencuentros inolvidables– no puede salir del ciclo infernal de desenfreno y alcohol.  En medio está El aleluya de Georges Bataille, texto que la conmueve hasta las lágrimas, “la agarra por las tripas”, donde ella se descubre a sí misma en “la orgía anónima”, vibra en la “desnudez sucia [que] se promete al suplicio de los gritos”…
La última puntuación teórica vertió sobre el amor: El amor no puede darse por hecho; hace falta que uno ponga algo de sí para que el lazo se mantenga vivo y deseable. El amor es ante todo una cuestión de saber, de querer saber –como demuestra la transferencia. Guy Briole puntualizó con maestría: “el psicoanálisis no promete un nuevo amor entre los hombres y las mujeres. Al contrario, confirma lo imposible de la relación entre los sexos y que el amor es lo que viene a hacer objeción a esta relación que no hay; el amor es una pantalla puesta sobre este imposible.” ¡Sí!, “podría existir un amor diferente del hecho de que uno, el hombre o la mujer, quisiera saber algo más del otro, de lo que le ocurre, de lo que desea. Es decir, hacer del otro su interlocutor/interlocutora y no su partenaire síntoma”.  Diciendo que se trataba de una cuestión abierta, terminó su su conferencia Guy Briole.  
El Grupo del Garraf se siente privilegiado y agradece al Dr. Guy Briole su generosidad, al impartir desde París, en pleno confinamiento, esta espléndida conferencia. Seguiremos trabajando sus textos.

Alín Salom