Associació per l'estudi i la difusió de la psicoanàlisi d'orientació lacaniana, fundada per Cecilia Hoffman. Quadern de bitàcola




domingo, 21 de febrero de 2021

"El mito individual del neurótico" de Jacques Lacan

 Lectura de PAULA DAMIANI


El psicoanálisis, dentro del conjunto de las ciencias, tiene una posición particular. Se dice que no es una ciencia y por lo tanto que se trataría de un arte. Esto sería un error si se la piensa solo como una técnica; pero si se piensa el arte en el sentido en que se usaba en la Edad Media para referirse a la aritmética, geometría, música y gramática, no lo es. Lo que las caracteriza, a diferencia de las ciencias que surgieron a partir de ellas, es que mantenían en primer plano lo que puede llamarse una relación fundamental con la medida del hombre  (relación interna, inagotable, cerrada sobre sí misma, que entraña por excelencia el uso de la palabra). Relación que el psicoanálisis preserva y que hace que, por lo tanto, no sea objetivable, y que implica en su seno la emergencia de una verdad que es lo que no puede ser dicho en tanto que palabra. Sin embargo, es aquello que nos vemos obligados a expresar de todos modos en una fórmula que da su esencia a lo que se debe que exista en el seno de la experiencia psicoanalítica: un mito. El mito es lo que da una forma discursiva a algo que no puede ser transmitido en tanto la palabra no puede captarse a sí misma ni captar el movimiento de acceso a la verdad como una verdad objetiva. Aquello en lo cual la teoría psicoanalítica concretiza la relación intersubjetiva, que es el Completo de Edipo, tiene una valor de mito.

Lacan comenta que se referirá a hechos de experiencia que constatamos en lo vivido por los sujetos que tomamos en análisis, los sujetos neuróticos, por ejemplo, a partir de las cuales nos vemos en la necesidad de aportarle al mito edípico ciertas modificaciones de estructura. La teoría analítica está enteramente subtendida por el conflicto fundamental que por medio de la rivalidad con el padre, vincula al sujeto con un valor simbólico esencial, pero esto, está siempre en función de cierta degradación de la figura del padre, quizás ligada a circunstancias sociales especiales. La experiencia misma está tendida entre la imagen del padre, siempre degradada y la posición del amo, el del maestro moral, el amo que instituye a quien está en la ignorancia y que lo prepara para lo que puede llamarse el acceso a la conciencia, a la sabiduría, en la toma de posesión de la condición humana.

Si confiamos en la definición de mito como una cierta representación que expresa de modo imaginario las relaciones fundamentales, características de cierto modo de ser humano en una época determinada, si lo comprendemos como la manifestación social latente o patente, virtual o realizada, plena o vaciada de sentido, de ese modo de ser, es indudable que podemos volver a encontrar su función en la vivencia misma de un neurótico.

Lacan decide presentar el caso del Hombre de las Ratas como ejemplo por su simplicidad y la particularidad del carácter visible de las relaciones en juego en la constelación que presidió el nacimiento del sujeto, su destino, su prehistoria. Las relaciones que estructuraron la unión de sus padres resulta tener una relación muy precisa. 

- Padre suboficial -devaluación permanente. Casamiento ventajoso. Prestigio del lado de la madre.

- Broma entre padres sobre la mujer pobre pero linda.

- Padre dilapida jugando los fondos del regimiento.

- Amigo lo ayuda a saldar la deuda y nunca le paga. 

Lacan plantea que se ubica una estricta correspondencia entre estos elementos iniciales de la constelación subjetiva y el desarrollo último de la obsesión fantasmática (la imagen del suplicio engendró temores de que esto suceda a sus personas queridas especialmente a la mujer pobre).

El argumento fantasmático sobre el paso del dinero se presenta como un pequeño drama que es la manifestación del mito individual del neurótico, refleja la relación inaugural entre el padre, la madre y el personaje del amigo. Todo ocurre como si los impasses propios de la situación original se desplazasen a otro punto de la red mítica.

Lacan expresa que quiere insistir en una realidad psíquica que puede servir en la orientación de la experiencia analítica, hay en el neurótico una situación de cuarteto que se renueva sin cesar, pero que no existe en un plano único.

En un sujeto de sexo masculino, su equilibrio moral y psíquico exige: la asunción de su propia función como primera exigencia, hacerse reconocer en su función viril y en su trabajo, asumir sus frutos sin conflicto, sin tener el sentimiento de que es algún otro el que lo merece o que él mismo no lo tiene más que por casualidad, sin que se produzca esa división interior que hace del sujeto el testigo alienado de los actos de su propio yo (moi). La otra exigencia es un goce que se puede calificar como pacífico y unívoco del objeto sexual una vez que este ha sido elegido.

Cada vez que el neurótico logra o tiende a lograr la asunción de su propio papel en su contexto social determinado, el objeto, el partenaire sexual se desdobla (mujer rica, mujer pobre). Lo impactante es el aura de anulación que rodea al partenaire sexual que para él tiene mayor realidad, que le es más próximo. Por otro lado, se presenta un personaje que desdobla al primero y que es objeto de una pasión más o menos idealizada, con un estilo análogo al amor pasión y que lo empuja hacia a una identificación de orden mortal.

Si el sujeto por un lado hace el esfuerzo por encontrar la unidad de su sensibilidad, es entonces en el otro extremo, en la asunción de su propia función social y su propia virilidad donde ve aparecer a su lado un personaje con el cual tiene una relación narcisista en tanto que relación mortal. A este le delega la tarea de representarlo en el mundo y de vivir en su lugar. No es él verdaderamente, él se siente excluido, fuera de su propia vivencia, no se siente en armonía con su propia existencia y el impasse se reproduce. Es bajo esta forma muy particular de desdoblamiento narcisístico donde yace el drama del neurótico, en relación con el cual adquieren todo su valor las diferentes formaciones míticas cuyo ejemplo dio la forma de fantasmas pero que también se pueden encontrar bajo otras formas como, por ejemplo, en los sueños. Es allí donde verdaderamente puede mostrársele al sujeto las particularidades de su caso de un modo más riguroso que a través de los esquemas tradicionales, surgidos de la triangularidad del Complejo de Edipo.

 

Goethe

-          Estrasburgo, 22 años: Acontece el episodio con Federica Brion por la cual conservó gran nostalgia hasta una época avanzada de su vida y que le permitió superar una  maldición por un episodio anterior, sobre todo en relación al acercamiento a una mujer y el beso en los labios (Lucinda, tiene una hermana que lo convence de que se aleje de Lucinda y que le dé a ella el último beso. Lucinda los descubre y realiza la maldición “Malditos sean para siempre esos labios. Que la desgracia le ocurra a la primera que reciba su homenaje”).

-          Goethe acoge esta maldición como una prohibición que obstaculizará el camino en todas sus aventuras amorosas. Cuando va a la casa del Pastor Brion se rodea de precauciones que relevan un carácter tortuoso. Disfraz de estudiante de teología con sotana descocida.

-          Regresa con el disfraz de mozo de una posada y portador de la torta de bautismo (homenaje al pastor) el ser portador de la torta asume la significación de la función paterna pero él se especifica por no ser el padre sino tan solo quien aporta algo, quien solo tiene una relación externa con la ceremonia, se hace un suboficiante no su héroe principal.

-          Lacan plantea que toda su escapada aparece no solo como un juego sino fundamentalmente como una precaución en relación al desdoblamiento de la función personal del sujeto en las manifestaciones míticas del neurótico.

-          Ante el objeto deseado vemos producirse un desdoblamiento del sujeto, su alienación consigo mismo, maniobras por las que se da un sustituto sobre el cual deben recaer las amenazas mortales.

-          Sus temores respecto a la realización de ese amor siempre fueron crecientes, aún luego de haber franqueado la barrera.

El sistema cuaternario tan fundamental en los impasses, en las insolubilidades de la situación vital de los neuróticos, es de una estructura bastante diferente del que se da tradicionalmente: el deseo incestuoso por la madre, la interdicción del padre, sus efectos de barrera y la proliferación de síntomas. Esta diferencia debería conducirnos a discutir la antropología general que se desprende de la doctrina analítica tal como ha sido enseñada hasta el presente. Todo el esquema de Edipo debe ser criticado.

La situación más normativizante de lo vivido por el sujeto moderno en la forma reducida de la familia conyugal, tiene que ver con que el padre resulta ser el representante, la encarnación, de una función simbólica que concentra en ella los goces pacíficos, simbólicos del amor de la madre. La asunción de la función del padre supone una relación simbólica simple, donde lo simbólico recubriría plenamente lo real. Sería necesario que el padre no sea solamente el nombre del padre, sino que represente plenamente el valor simbólico cristalizado en su función.

Ahora bien, Lacan plantea que, en una estructura social como la nuestra, este recubrimiento de lo simbólico y lo real es inaprehensible; el padre es siempre un padre discordante en relación a su función, un padre carente, humillado, etc. Hay una marcada discordancia entre lo percibido por el sujeto en el plano real y la función simbólica, y es en este intervalo lo que hace que el Complejo de Edipo tenga su valor, para nada normativizante, sino más frecuentemente patógeno.

Lo que nos hace comprender de qué se trata, en la estructura cuaternaria, es la relación narcisista, no menos importante que la función simbólica del Edipo.

La relación narcisista del semejante es la experiencia fundamental del desarrollo imaginario del ser humano, decisiva en la constitución del sujeto. ¿Qué es el yo sino algo que el sujeto experimenta primero como algo ajeno, primero en otro, más avanzado, más perfecto donde el sujeto se ve? Esta relación anticipada con su propia realización lo deja en un plano de profunda insuficiencia, de desagarro originario, por lo cual en todas las relaciones imaginarias se experimenta una experiencia de muerte.

Esta diferenciación del padre imaginario y el padre simbólico ocurre no solo a nivel estructural sino también en la contingencia particular e histórica de cada sujeto (ya sea porque el padre haya muerto precozmente, ya sea por un padrastro sustituto con el cual el sujeto encuentra una relación más fraternal que se comprometerá más a nivel de la dimensión agresiva de la relación narcisista, o un amigo desconocido y nunca vuelto a encontrar como en el Hombre de las Ratas, etc.). Todo esto culmina en el cuarteto mítico.

El cuarto elemento es la muerte, como elemento mediador. Es necesario que la muerte no sea una muerte realizada, sino imaginada e imaginaria. Esta muerte es la que se introduce en la dialéctica del drama edípico y es de ella de la que se trata en la formación del neurótico y quizás algo que supera esto, que va más allá: la actitud existencial característica del hombre moderno.

viernes, 19 de febrero de 2021

"Desde el registro de lo atormentado hasta el maltrato de toda manifestación del deseo del otro..."

 

MUERTO Y VIVO EN LA NEUROSIS OBSESIVA*

Yves Vanderveken

 

 

En una alternancia Freud situaba la interrogación de pensamiento del neurótico obsesivo sobre su ser: ¿estoy muerto o vivo? Así la distinguía, en el registro de la neurosis, de la cuestión sobre el ser que se plantea el sujeto histérico: ¿soy hombre o mujer? Esta interrogación de vida o muerte del obsesivo ¿a qué se refiere? A su relación con el deseo, deseo con el cual mantiene relaciones de lo más complejas.

                Lacan, tras Freud, nunca cambió respecto a lo que se podía esperar de la experiencia de un análisis. En el Seminario de La Angustia, precisa con concisión: un psicoanálisis “siempre ha tenido y sigue teniendo como objeto el descubrimiento de un deseo”1.

                Pero este deseo tiene un alcance totalmente específico en el campo del psicoanálisis. No es para nada un deseo que se aprehenda como tal y que vaya a especificarse, por ejemplo, con un lo que yo quiero. Se inscribe incluso en ruptura con eso –por lo cual puede ser llamado inconsciente. En este sentido, no es que se pueda alcanzar al término de un análisis. Sino que su elucidación, su cercar no deja de producir un aligeramiento sintomático seguro.

Lejos de confundirse con el querer del sujeto, es incluso un deseo que se opone a ello. Se impone al sujeto en una dimensión de división subjetiva, como un más fuerte que yo. Un no puedo más que que no cesa, al mismo tiempo, de repetirse y no escribirse. No encuentra forma de decirse o expresarse más que de una manera desviada y disfrazada por las vías de las formaciones del inconsciente (sueños, lapsus, actos fallidos), o también por las vías –que se pueden calificar con Lacan de torcidas2– de las manifestaciones sintomáticas. Allí encuentra el modo tanto de decirse como de abrirse camino hacia una satisfacción substitutiva, que no emerge más que en ruptura, en corte, incluso en infracción de las intenciones y normas del individuo mismo. Lejos de ser un deseo donde uno se reconoce en su manifestación, se trata más bien de un efecto, de una consecuencia, donde uno se desconoce. En este sentido, es un deseo, no que se alcanza, que se identifica, por ejemplo, en un objeto, sino un deseo en obra, que causa. Que causa [y parlotea], a la vez, en tanto que en sus manifestaciones habla, pero también determina éstas en un modo de satisfacción ajena al yo del sujeto.

De allí los enredos que el sujeto obsesivo mantiene respecto a él. Es porque se opone a otro deseo, neurótico, que caracteriza la estructura de la defensa del neurótico obsesivo: el deseo de control y retención. Coordenadas que le dan su carácter anal y que apunta a aplastar el deseo, en tanto que refunda el yo y su deseo de control en el único registro de la demanda.

Esta dimensión defensiva es un mata-deseo con el cual el sujeto neurótico mantiene relaciones de lo más alambicadas. De allí el carácter “rompepelotas” del obsesivo, yendo desde el registro de lo atormentado hasta el maltrato de toda manifestación del deseo del otro, lo cual no engaña en general a las mujeres y su relación más real y directo con el deseo. El neurótico obsesivo se sitúa así siempre en una relación desplazada respecto a su deseo. No lo siente en sí cuando se manifiesta; incluso padece su caída cuando se acerca a él.

Todo colabora en él a la mortificación de su deseo, así como a la mortificación o bien anulación de toda manifestación del deseo del Otro, para evitar el encuentro con ese deseo demasiado angustioso e inhibidor, que escapa a todo control y medida. Salvo si integra su síntoma obsesivo en su fortaleza yoica y encuentra en él identificación, esta relación mortificada al deseo y el retorno por contrabando de la satisfacción causan el tormento del pensamiento del sujeto neurótico y su relación con el hastío. Lacan sitúa en este punto la máxima analítica según la cual no se puede ser culpable más que de haber cedido en su deseo3. De allí la culpabilidad que carcome al obsesivo. Ninguna perspectiva hedonista en el horizonte, sino, como indicado, una elucidación de las coordenadas de este deseo otro que abre a un posible saber hacer menos costoso y mortificante para el sujeto.

Esta cuestión de lo muerto viviente en cuanto al propio deseo –si es que podemos bromear con una ocurrencia–, Lacan generalizará su alcance al conjunto del campo clínico. Es lo que anticipa, en el Seminario La angustia, al que ya nos hemos referido, situando el registro del deseo del obsesivo como lo que anuncia la estructura fundamental del deseo4.

Para hacer eso, Lacan volverá a tomar la psicosis como punto de perspectiva del conjunto del campo de la clínica. Elevará el “desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto”5, que aísla de la clínica del desencadenamiento psicótico del presidente Schreber, al rango de paradigma alrededor del cual se articularía el conjunto de las estructuras clínicas. Es la propuesta que extrae Jacques-Alain Miller en su texto “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria”6, precisando que es un sentimiento experimentado por todos. Y que esta experiencia está ligada al encuentro siempre discordante, discordante por estructura, entre el significante y el cuerpo.

Este encuentro proporciona el sentimiento de vida que, si no, relegaría a un puro organismo al cuerpo, de aquel que a partir de allí Lacan denomina parlêtre. En cierto sentido, este encuentro da cuerpo. Pero en el mismo movimiento, más allá de la dimensión conocida de su primera enseñanza de Lacan, que acompaña el Aufhebung significante con una mortificación –el significante mata la Cosa–, sitúa, por el encuentro del significante y el cuerpo, la fijación de un desorden en el sentimiento de vida. En su contingencia singular, el impacto del encuentro del significante con el cuerpo viene a fijar allí una modalidad de goce que no cesará de conmemorarse. Este goce, declinación más libidinal y pulsional del deseo, se presenta siempre, al igual que el deseo para el obsesivo, como un goce que no hay que. Nunca es conforme y no responde para nada a las normas. A fortiori, ni del Otro de la sociedad, sino a las normas  del sujeto mismo. Se presenta a él siempre como un exceso o una falta, nunca el adecuado. Anuda a la vez un demasiado de vida y un horizonte de pulsión de muerte, en la medida en que va al encuentro del o de los bienes del sujeto. Alrededor de este punto de goce Otro, en función de los modos de defensa, ciertamente siempre de lo más singulares, pero que pueden también reagruparse en categorías, es donde se distribuyen los tipos clínicos.

Lacan produce así una nueva definición del inconsciente. Lo corporeiza en su relación con el decir: “Hablo con mi cuerpo y sin saber. Luego, digo siempre más de lo que sé”7. Es allí donde sitúa de allí en adelante el inconsciente.

Es diferente de la mera producción del sujeto del inconsciente en término significante. Aloja el inconsciente en su punto de unión pulsional, como la grapa entre un decir que divide y una substancia gozante –resultado de lo que había intentado atrapar en su escritura del fantasma–. Es otro abordaje de la división subjetiva.

Aloja en este decir siempre más de lo que sé del inconsciente, por su goce, un punto de insoportable que no demanda más que ser desconocido, incluso rechazado. El psicoanálisis, en cambio, se apoya en su cercamiento.

 

Notas

 

* Artículo publicado en la revista La cause du désir, nº 96 (2017), disponible on-line.

1. Lacan, J., La angustia, El Seminario 10, Buenos Aires: Paidós, 2006, p. 301.

2. Cf. Lacan, J., El sinthome, El Seminario 23, Buenos Aires: Paidós, 2006, pp. 134-137. Cf también el comentario de J.-A. Miller en este mismo seminario: “Nota paso a paso”, pp. 203-206.

3. Cf. Lacan, J., La ética del psicoanálisis, El Seminario 7, Buenos Aires: Paidós, 1988, p. 379.

4. Cf. Lacan, J., La angustia, El Seminario 10, ibid.

5. Lacan, “De un discurso preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos, México, Siglo XXI, 1998, vol. 2, p. 540.

6. Cf. Miller, J.-A., “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria”, Consecuencias, nº 15 (2015), revista digital disponible on-line.

7. Lacan, J., Aun, El seminario 20, Buenos Aires: Paidós, 1981, p. 144.    

 

Traducción: Alín Salom

domingo, 17 de enero de 2021

Dificultades de la posición masculina en el caso del Hombre de las ratas

 

Deseo muerto

Exposición de Vanessa Postigo

 



Definición diccionario: Viril: Que es propio del varón o está relacionado con él: miembro viril. Que tiene alguna de las características que se atribuyen tradicionalmente al varón. Virilidad: energía, valor, entereza.

Los ejemplos que constan en el diccionario dan cuenta del valor de la entereza del soldado y de la potencia sexual del hombre. No sabemos si fue un soldado entero, pero sí que murió en la guerra años después del tratamiento con Freud. De este paciente, conocido como “el Hombre de las ratas” por la obsesión que lo lleva a consultar con el médico, es el hombre cuya  posición viril intentaré discernir en este breve comentario.

En la neurosis obsesiva acontece la Muerte del deseo del otro. Y la muerte del propio deseo, el deseo muerto

El paciente, Pablo (Paul) en el expediente de Freud, eligió sufrir de su enfermedad, para no elegir el encuentro sexual “como hombre” con una mujer. Evita el encuentro con 4 mujeres: la mujer rica, la pobre, la hija del posadero y la empleada de correos. Y para ello se sirve de su enfermedad, postergando y obstaculizando los encuentros. Es una posición masculina típica, la del neurótico obsesivo.

Esquivar el compromiso con el deseo es lo que define a Pablo en su vida sentimental. Para ello, posterga reiteradamente la decisión, en tanto hay una inhibición generalizada.

El hombre no consigue el ideal de la posición masculina. Por la inhibición del deseo, que le impide ser un hombre

Hay un mito familiar que le sirve para tomar una posición cobarde respecto al acto, aparece en forma de duda: casamiento por conveniencia o por amor. De la prehistoria de los padres sabemos: “que el padre flirteó con una mujer pobre, de una familia modesta, con la que no se casó.” Además, el plan familiar era: tras la muerte del padre, la madre lo promete con una prima; el conflicto está servido. Entre el amor y la voluntad del padre.

También cabe destacar que es la madre quien tiene la potencia fálica, ya que es ella la que posee el dinero, el padre no elige a la mujer del deseo. Vende su deseo por dinero, un dinero que además quedó en deuda cuando ejerció de suboficial, una deuda de juego. El hombre era un dechado de virtudes…

Por otro lado, Pablo afirma que su potencia es normal. El paciente habla de su actividad sexual condicionado por la interpretación que hace sobre el trabajo del médico al que acude. Sabemos después,  por la lectura del caso, que fue en su infancia donde tuvo más actividad sexual, que durante la adolescencia no practicó el onanismo y que fue a sus 26 años que practicó el coito con una mujer por primera vez. Su vida sexual era más bien escasa. Le atraen los cuerpos de las mujeres desde niño. Pablo tiene una identidad de género masculina y una orientación heterosexual del deseo, por lo menos en lo manifiesto, parecería fuera de toda cuestión.

La lucha defensiva contra sus deseos inconscientes (muerte del padre)

A los 6 años tiene su primera erección, y se queja de ello a su madre. Entonces acontece un pensamiento delirante, “sus padres pueden oír sus pensamientos”. Y el deseo/temor de que su padre moriría si él tenía pensamientos sexuales. Lo ominoso, de mal agüero que dice Freud, es el pensamiento abominable de que el padre muera y esto merece violenta reprobación. Así es que para velar el deseo aparece el temor.

Reproche y culpa aparecen en este enfermo, por haber cometido un crimen contra el padre, “si yo deseo mi padre muere”. El reproche, según explica Freud, aparece cuando se violan las leyes éticas genuinas de la persona.

El neurótico obsesivo espera la muerte del amo, como esclavo…vive esperando la muerte del otro. La espera, es la coartada para postergar el acto. Como hace Pablo al postergar sus estudios para no casarse con la dama elegida por la madre.

En el hombre de las ratas, se trata de, “si hago x mi padre y la amada morirán” ideas que aparecen como temor, en el consciente dice Freud. Oscilación entre deseo y demanda, para Lacan. Oscilación de la que no puede escapar: el deseo de muerte está explicitado en el relato; “si hago tal cosa, mi padre y la amada morirán.”

Así se produce una evanescencia del deseo, un deseo prohibido.

Los otros hombres

La influencia que sobre él ejercen los hombres (sus amigos, sus compañeros del servicio militar) con los que inicia su primera sesión del tratamiento y que Freud interpreta como expresión de sus tendencias homosexuales reprimidas, podrían ser re-interpretadas, a la luz de los nuevos conocimientos de la subjetividad masculina, como la búsqueda del reconocimiento narcisista de su hombria.

Sigamos: el deseo del obsesivo es el deseo muerto (sin deseo sexual.) Da cuenta de esto que su actividad sexual se ve siempre interrumpida por ideas obsesivas. En el peor momento acude a un tercero, el amigo, en quien busca la garantía del testimonio para calmar su “locura” sobre el mandamiento de pagar a A y evitar el riesgo del encuentro con la muchacha de la estafeta postal. El hombre sabe que le debe el dinero a la muchacha pero no puede devolverlo así, ya que le resulta imposible cuestionar la palabra del capital “cruel” (pagar a A.)

Pasividad ante los oficiales y ante el amigo que apacigua las demás ideas obsesivas que le atormentan.


El padre como perturbador del goce sexual. El deseo hostil

El deseo de la muerte del padre esta reprimido, es un deseo hostil que se dirige contra la persona que aparece como perturbadora del amor: el padre.

En la amada, aparecen la protección (fantasía de salvación) y la hostilidad.

Fantasea  cuando esta enferma: “que permanezca siempre así” (yacente). El paciente interpreta que esto le alivia, Freud interpreta que se trata del deseo de verla indefensa.

En la degradación de la vida amorosa, Freud diferencia tipos de elección de objeto en el hombre, entre ellos la elección de la “puta” o la del “tercero perjudicado”.

En el caso del hombre de las ratas aparecen celos de un primo y en algún momento se siente perjudicado por las obligaciones de la dama con la abuela enferma. Los deseos hostiles aparecen en estos momentos. Es necesario que los otros sean aplastados, porque hay algo de los otros que aplasta al obsesivo. Inhibición total en referencia a las mujeres, le resulta insoportable que el otro desee algo. Fantasías sádicas, como la del asesinato del hermano y la dama, dan cuenta de un carácter de cobardía.

¿Por qué tanta represión? Pablo niega una y otra vez haber deseado la muerte del padre. Necesita anular, no la consecuencia, ya que el padre muere, sino el deseo mismo. En “Inhibición síntoma y angustia” Freud explica, que en la neurosis obsesiva hay un ceremonial que tiene el propósito de anular lo acontecido. Prevenir, que no se repita. Entiendo que la inhibición es el mecanismo que aparece como defensa ante el deseo de muerte.

Modelo de masculinidad

Del padre sabemos que era un suboficial con maneras de soldado: rudo en el lenguaje, de cordial humor y bondadosa indulgencia. Este hombre, entre brusco y violento, daba tremendas palizas a los hijos, que Freud nombra como “sensibles reprimendas”. Eran buenos amigos, padre e hijo, excepto en lo que concernía a la sexualidad. Cuando el paciente era todavía un niño muy pequeño, recibió una dura paliza por haber mordido a una institutriz. Agresividad plenamente permitida por el padre para sí y totalmente prohibida para el hijo. El padre es quien lo golpea y paradójicamente, le propone a su hijo una identidad de criminal. "Este niño será un gran hombre o un gran criminal". La voluntad del padre es de dominio. El padre se opuso a las inclinaciones sensuales de su hijo en la infancia y también en la adultez, aconsejándole alejarse de la mujer que amaba.

Un padre es aquel que hace de una mujer causa de su deseo, este padre no es precisamente un reflejo del padre lacaniano. El deseo en ese hombre esta postergado por el goce (del dinero). La neurosis de Pablo es la sigue la ley familiar: lo que hizo el padre. El goce del dinero sustituye el goce sexual. La madre no queda del todo prohibida, y el hijo permanece del lado materno. La madre es quién gestiona la herencia recibida del padre y el hombre recibe una mensualidad.

Pareciera que toda posibilidad de investidura de hombría queda prohibida respecto de hacer causa de su deseo a una mujer. El deseo reprimido una solución al padre eterno.

Añado algunas reflexiones respecto del amor en el caso del hombre de las ratas:

La mujer está prohibida en tanto deseo sexual.

Una vía para el amor es su amigo, un semejante.

En la transferencia con Freud busca un padre que no sea cruel, interpreta Freud.

 

Bibliografía

Chorne, Miriam y Dessal, Gustavo, Jacques Lacan “El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea”. Madrid, Fondo de cultura económica, 2017.

Freud, Sigmund, A propósito de un caso de neurosis obsesiva, el Hombre de las ratas, Obras completas, vol. X, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.

Freud Sigmund,La degradación generalizada de la vida amorosa”, Obras completas, vol. II, Madrid, Biblioteca Nueva, 1980.

Freud, Sigmund, “Un tipo particular de elección de objeto en el hombre”. Obras completas, vol. II, Madrid, Biblioteca Nueva, 1980.

Freud, Sigmund  Inhibición, síntoma y angustia. Obras completas. Buenos Aires, Amorrortu,  1992, vol. XX.




Síntesis 

El caso del Hombre de las ratas de Freud describe un caso grave de neurosis obsesiva. (a) La evanescencia del deseo de Ernest Lanzer, un deseo que desfallece en cuanto se acerca él a la “dama de sus pensamientos”1, (b) la degradación general de su vida erótica que hace que ame a la “dama” pero no la desee2, en cambio desee objetos degradados o “mujeres inferiores”3 y, en tercer lugar, (c) el hecho de que ni siquiera acabe de amar a la dama, sino que a la vez la ame y la odie, que fantasmee con escenas donde ella es sometida a la tortura y al mismo tiempo se atormente por haber albergado esta fantasía, es decir, toda esa ambivalencia, ese odionamoramiento que parasita sus relaciones con ella4, todo ello muestra lo endeble que es la posición masculina de Ernst Lanzer. No por nada Miller dice que hay un odio fundamental a las mujeres en la neurosis obsesiva –la expresión es fuerte–, aunque se oculte bajo el disfraz de la seducción5. Las cavilaciones, vacilaciones, postergaciones y angustias del Hombre de las ratas, sus inhibiciones, impedimentos, temores y dudas, sus vaivenes y actos obsesivos en dos tiempos que se anulan unos a otros, son tantos y tales que el caso parece un milagro terapéutico de Freud. Un par de años después del tratamiento, Lanzer se casa con Gisela Adler, la “dama de sus pensamientos”. Pero muere pocos años después, combatiendo en la Primera Guerra Mundial –la muerte es a menudo el partenaire del neurótico obsesivo. ¿Antes la Guerra que Gisela? ¿O habría padecido Ernst Lanzer un aterrador reclutamiento forzoso? A saber.

En definitiva, el neurótico obsesivo mantiene relaciones complejas con su deseo. Desde luego no es el único. El deseo del obsesivo anuncia la estructura fundamental del deseo6. Todos los sujetos se defienden del deseo en mayor o menor medida, de una forma o de otra. La defensa aparece en todas las estructuras clínicas y tiene que ver con el encuentro del significante con el cuerpo. 

El “deseo neurótico”, el que corresponde a la defensa de la estructura obsesiva, es un deseo de control y retención. Tiene carácter anal y apunta a aplastar el deseo. Mata el deseo propio y no solo eso: maltrata toda manifestación del deseo del otro, porque le resulta angustioso e inhibidor, porque escapa a todo control y medida. El obsesivo se mortifica con el hastío. Si la ética psicoanalítica dice que no se puede ser culpable más que de haber cedido en su deseo7, se entiende que la culpabilidad carcoma al obsesivo.

Alín Salom

 

Notas

1. Freud, Sigmund, Análisis de un caso de neurosis obsesiva (“Caso el hombre de las ratas”), Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1981, vol. II, p. 1460 & passim.

2. Ibid, p. 1454. “Aquella señora, a la cual él había propuesto a su padre, al pensar en el dolor que su muerte había de causarle, le inspiraba un intenso cariño, pero nunca había sentido hacia ella deseos auténticamente sensuales, como los que llenaron su niñez”.

3. “12 de octubre.  […] Se puso alegre, fue al teatro y de vuelta a casa el destino envió a su encuentro a su mucama; ni joven ni bonita, desde hacía mucho tiempo le consagraba atención a él. No puede explicarse que de pronto él le diera un beso y luego la atacara; mientras ella se resistía, sin duda fingidamente [!], él recapacitó y se refugió en su habitación”. Freud, Sigmund, A propósito de un caso de neurosis obsesiva, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, vol. X, “Anexo. Apuntes originales sobre el caso de neurosis obsesiva”, p. 204 y ss.

4. “El paciente reconoció tan solo el cariño que aquella mujer le inspiraba y no los sentimientos hostiles que aquel cariño mantenía reprimidos. Por lo demás confesaba que en ciertas ocasiones sentía claros impulsos de causar algún mal a su adorada. Tales impulsos se apaciguaban, por lo general, en presencia de la misma y sólo lejos de ella surgían”. O.C., Ed. Biblioteca Nueva, vol. II, p. 1461 & passim.

5. Miller, Jacques-Alain, Introducción a la clínica lacaniana, Barcelona, RBA, 2006, “La contribución del obsesivo al descubrimiento del inconsciente (1989)”, p. 197. 

6. Vanderveken, Yves,  “Mort et vif dans la névrose obsessionnelle”, La cause du désir, nº 96 (2017).

VANDERVEKEN, Yves, "Muerto y vivo en la neurosis obsesiva" : 

https://drive.google.com/file/d/1SBrSzvU_6gGSc3I-1PxPmVmB95OhU5ap/view?usp=sharing

7. Lacan, J., La ética del psicoanálisis, El Seminario 7, Buenos Aires: Paidós, 1988, p. 379.

domingo, 13 de diciembre de 2020

MARCELO BARROS - El horror a la paternidad

Conferencia impartida por Marcelo Barros
el 11 de diciembre de 2020
al GTPG 
(Grup de Treball Psicoanalític del Garraf)







¿Es solo una cuestión de tiempo? 
Aclaraciones a las preguntas planteadas en este curso,
con cuasicitas del texto El horror a la paternidad de Marcelo Barros

 

“Como dijo Groucho, este exponente de la masculinidad: 
¡Tengo mis principios! Pero si no les gustan, los puedo cambiar”.
MARCELO BARROS, El horror al padre

 

No voy a hacer una reseña de la conferencia –está colgada–, sino que voy a recoger las respuestas que nos ha brindado Marcelo Barros, en su conferencia y su obra El horror a la paternidad, a algunas de las preguntas que teníamos, en el Grupo, abiertas. No pongo apenas comillas, porque resultarían cansinas de tan numerosas.

¿Qué es la posición viril?

No reside en una identificación imaginaria, como postulan las perspectivas de género. Tampoco reside en el goce fálico, sino que implica justamente una elaboración, un saber-hacer-ahí, en un cuerpo parasitado por este goce. De lo que se trata es de “poder estar ante el deseo de la mujer”, poder responder a este deseo. ¿Cómo? Con la división subjetiva, el recurso sintomático al falo o a sus sustitutos. “En esencia, esa posición supone el reconocimiento de la castración, a la vez que una presencia de ánimo ante ella” –apostilla ética bonita de Barros–.

La virilidad fallida

Ante la mujer y la muerte (dos figuras ctónicas para el hombre, Medusas las dos) hay dos respuestas posibles en el varón. Una respuesta es petrificarse, endurecerse, hacerse falo (virilidad fallida). En esta posición converge la impotencia del sujeto infantilizado y la omnipotencia de quien se presenta como “un poronga”[1], dice Barros. La otra respuesta posible (la virilidad lograda) es la que hemos citado arriba, la de dividirse subjetivamente y recurrir al falo y a sus sustitutos.

 La época de el hombre que no existe

Hay un clima de confrontación entre los sexos actualmente y un clima de demonización y denigración de lo masculino. Lo masculino ha pasado a tener una connotación negativa. La posición viril se asocia sistemáticamente a una actitud de violencia y dominación. Como si ser hombre y ser maltratador fuera lo mismo. Se presenta al hombre como un autista que busca su satisfacción, sin importarle si la mujer lo desea o no, lo ama o no, goza con él o no. Al mismo tiempo, la sociedad capitalista, por un lado, precariza a los hombres y, por otro lado, los somete al imperativo de rendimiento. Hay que dar la talla, presentarse sin ninguna falta. Es fundamentalmente el capitalismo el que ha deconstruido y destituido al hombre. El capitalismo condena a la mayor parte de los hombres a la precariedad, los reduce a losers; el feminismo hace de ellos villanos –extraño combo. Se potencia el superyó masculino. Es difícil hallar modelos de masculinidad incorporables hoy en día. El falo es estigmatizado. El semblante viril se ha convertido en uno del que más vale no apropiarse. Es una época de ocaso del hombre. “El varón no tiene ningún futuro en la sociedad capitalista. Sólo es cuestión de tiempo”, dice Marcelo Barros. 

Destinos del hombre en la época del hombre que no existe

Barros pone énfasis en dos destinos (aunque no sean los únicos) para el hombre en la sociedad post-paterna (sociedad propiamente desvirilizada, más que feminizada). Un destino es la perversión (el abanico es amplio, va desde la pasividad a la violencia); el otro es el repliegue. ¿Dónde están, dónde se han metido los hombres?, se preguntan últimamente algunas mujeres. “Los que quedan están escondidos y hacen bien”, dice Barros. Respecto al aumento de casos de maltrato, Barros piensa que este aumento no se debe meramente a una mayor visibilización de los casos de maltrato de siempre, sino que hay una epidemia de maltrato. Cada vez hay más hombres que no toleran pasar por el cortejo que está exigido, no por el feminismo que tampoco tolera el cortejo, sino por el patriarcado; abandonan la escena y pasan a la violencia. Un feminismo neopuritano se empeña en ver en el cortejo un acoso, estableciendo un continuum  desde el flirteo al feminicidio.

¿En qué consiste la función paterna?

“Lo real del padre reside en la potencia de un deseo”; el padre es el que ha hecho de la mujer la causa del deseo. Por tanto paternidad y virilidad convergen. En cambio maternidad y feminidad divergen (hélas!).

¿En qué consiste la función paterna? Instaurar el no al consuelo fácil, a cualquier tipo de goce masturbatorio que satisface la pulsión sin pasar por un partenaire sexual. El no es necesario para que un hombre pueda hacer el amor. La función paterna va a contracorriente: en la era del goce resulta que el padre dice “no”. No se trata de una prohibición autoritaria, sino un fundamento de la dignidad del sujeto. La función del padre no tiene nada que ver con lo patriarcal, afirma Barros.

El horror al padre

El declive del hombre y el del padre son solidarios, porque el falo es un Nombre del Padre. El acceso a la masculinidad exige haber luchado con el padre[2], para luego poder servirse de él. Pero la figura del héroe (es siempre el que lucha contra el padre) es considerado hoy en día como una figura políticamente incorrecta, patriarcal, machista. El feminismo no tolera el lugar de la excepción.

El feminismo denuesta al padre como si fuera un amo. Pero el padre no es un amo, sino un esclavo[3]. Es el que trabaja para mantener a su familia, responsabilidad con la cual carga por mandato patriarcal. En la era postpaterna, los hombres tienden a retirarse cada vez más de la función paterna, porque la función en sí misma está desapareciendo. Hay un empuje al goce, no a prohibirlo. En esta coyuntura el rechazo al padre desemboca en el rechazo a ser padre. El rechazo a la paternidad no es solo una vicisitud individual, sino una tendencia cultural y afecta a la configuración del sujeto masculino. En la actualidad el padre queda a menudo reducido a “un diente del engranaje doméstico comandado por la madre”. Cree que está de más en la pareja madre-hijo que no se atreve a separar.  La supresión de la función paterna viene de la mano del capitalismo; no de un movimiento de emancipación cualquiera. El horror al padre es tal que el padre del futuro está en el congelador –en los bancos de semen–, dice Barros. Es solo una cuestión de tiempo.

 Depreciación cultural del acto sexual

La función sexual es en sí una función involutiva, como dejó claro Freud. Ahora bien, hay actualmente, además, una tendencia cultural a la devaluación del acto sexual. A la libido menguante la química no consigue reanimar. Signo de la devaluación es el hecho de que lo que une a las parejas hoy en día son los hijos y no la relación sexual. Conocemos la difusión masiva de la pornografía, el fantasma filmado, el coito exhibido, hecho espectáculo, accesible en internet con un clic. Nada muestra más claramente la ausencia de la relación sexual en lo real que esta profusión imaginaria de los cuerpos entregados a gozar, como dice Miller. La era postpaterna no es una era del deseo, sino una era del goce; el goce no está permitido, es obligatorio; no mengua, más bien prolifera. En detrimento del deseo. 

 Una ética de la masculinidad

Para Barros, falta una ética de la masculinidad acorde con los tiempos actuales, que tenga en cuenta la posición del hombre, sus puntos de vista, sus problemas con la sexualidad. El psicoanálisis lacaniano ha cultivado últimamente una religión del goce femenino. Sería interesante que se volviera a pensar la masculinidad en tiempos de “el hombre que no existe”.

Volveremos en nuestra próxima sesión de trabajo sobre El Hombre de las ratas.

Alín Salom



[1] En el argot argentino una poronga, en femenino, es una polla; y un poronga, en masculino, es algo así como un amo, un macho poderoso, un capo en lenguaje carcelario.

[2] Freud, S.: “La hostilidad hacia el padre es inevitable para cualquier niño que tenga la más mínima pretensión de masculinidad”. “El presidente Thomas Woodrow Wilson. Un estudio psicológico”.

[3] Lacan, J.: Seminario 17, El reverso del psicoanálisis.




sábado, 21 de noviembre de 2020

Padres-herramienta


José Ramon UBIETO:  Del padre al ipad. Familias y redes en la era digital. Barcelona: NED, 2019. Capítulo 2, "Padres herramienta".  

TERCERA SESIÓN DEL TALLER DE LECTURA

Las exposiciones han estado a cargo de Rosa Antolín y Agnès Wehr. Las viñetas clínicas han sido omitidas. El texto expuesto a continuación ha sido escrito por Rosa Antolín.


Empieza el texto de Ubieto con la pregunta “¿qué es un padre?”, para especificarla seguidamente: “¿qué es la función paterna?”. Todo el texto es una construcción para responder a esta pregunta, teniendo en cuenta las transformaciones de las condiciones socioeconómicas, culturales y políticas que han influido en el ejercicio de esta función hasta la actualidad. Hay una construcción social del inconsciente. Ubieto sitúa la Revolución Francesa, como inicio de la transformación radical de la sociedad, el inicio de la época moderna y la crisis del patriarcado. Los ideales de "libertad, igualdad, fraternidad" son el inicio del imperativo de "todos iguales", "todos con los mismos derechos". En este sentido, el lugar de diferencia radical que implica el lugar del PADRE ha sido puesto en duda y en muchos casos desautorizado. Esto es el “declive de la imago social del padre”, nombrado  por Lacan en 1938. No obstante, Ubieto sitúa que esta transformación está precedida por  el “declive de lo viril”. Lo retoma de Lacan que lo ilustra con el caso Juanito de Freud, donde apunta a la posición sexual pasiva de Juanito como “dato relevante de su manera de ocuparse del otro sexo”. Me parece interesante como Ubieto enlaza esto con la aportación de Miller,  en el sentido de los efectos en la masculinidad, del declive de la virilidad. Efectos que son la uniformidad, “el camino homogéneo”, “la igualdad del hombre y la mujer”. Entonces, ¿qué fórmulas para las masculinidades y las paternidades? 

Para leer la continuación:

https://drive.google.com/file/d/12iLQq09kC6SeRvfry6Mz6VggbL8Dmeww/view?usp=sharing


Reflexiones tras el taller de lectura

La posición masculina está más ligada a la función paterna de lo que de entrada nos esperábamos. En estos tiempos de homogeneización parental más bien se cree lo contrario. No obstante, si el padre no es el que transmite ideales, sino el que transmite deseo al unir el deseo a la ley, el que ofrece al hijo una versión posible de un goce regulado, entonces una posición masculina solvente, en todo caso de un sujeto deseante que ha atravesado la castración, es condición de posibilidad para una paternidad operativa. Hasta ahora el péndulo en la clínica oscilaba entre padres negligentes (se han dado múltiples viñetas clínicas en la reunión) y padres gozadores, schreberianos. Ubieto agrega un nuevo perfil clínico de padres “todo-padre”, que giran en torno al cuidado de los hijos pautando y vigilando cada detalle de su crianza, volcados sobre el eje de los cuidados, incapaces de separarse de los hijos. Son también padres gozadores, pero de otro estilo. Caen, dice Ubieto, en el “delirio de paternidad.”

A. Salom


domingo, 18 de octubre de 2020

La posición viril y el goce fálico

SEGUNDA SESIÓN DEL TALLER DE LECTURA


Marcelo BARROS: La condición perversa. Tres ensayos sobre la sexualidad masculina. Primer ensayo, "El goce del idiota".

16 de octubre de 2020

Exposición a cargo de Patricia Montozzi


Tomamos  como base de lectura el capítulo I del libro La condición perversa de M. Barros. Con una gran claridad nos explica el concepto del goce fálico, "el goce del idiota". Ubica que idiota tiene la siguiente raíz etimológica: quien se desinteresa de los asuntos públicos ocupándose únicamente de los asuntos privados, es decir de su goce. La raíz idio, significa propio y lo encontramos en muchas palabras, idiosincrasia o idiopático. Digamos que lo idio es el rasgo  que persevera en su ser como aquello carente de elaboración; es lo típico de las pulsiones.  Es lo que no se piensa ni se deja pensar.

Barros comienza describiendo algunas gamberradas propias de los hombres. Y cita un programa de la televisión donde se ve que grupos de jóvenes hacen cosas muy expuestas, donde terminan muriendo… Han muerto por idiotas. Ejemplos… U otros donde se baten récords y donde la violencia del cuerpo a cuerpo está por puro juego. Las mujeres no son propensas a desafiar la muerte porque sí o a maltratar los cuerpos de otros; la competencia fálica no les es ajena, pero no suele exponerlas a la violencia o a la muerte. Se ve del lado de los hombres un despliegue lúdico de violencia un goce –sadiano– que a menudo termina mal. Se pregunta si hay algo sexual en estos actos de idiotismo. ¿Estas cosas se deben a la educación machista? ¿O hay algo de la estructura del goce en juego? ...

Para leer la continuación:

https://drive.google.com/file/d/1J_PGoyaAlLkBBzHYfUEBDzgGrVyWINsE/view?usp=sharing


Programa 2020-2021



sábado, 19 de septiembre de 2020

"Buenos días sabiduría"

 

PRIMERA SESIÓN DEL TALLER DE LECTURA

Jacques-Alain MILLER: “Buenos días, sabiduría”
Josep Maria PANÉS: “El impasse contemporáneo de los semblantes masculinos”

18 de septiembre de 2020  
Exposición a cargo de Alín Salom

Comencemos por el título del texto de Miller: “Bonjour sagesse”, “Buenos días, sabiduría”. Es una paráfrasis del título de la novela de Françoise Sagan: Bonjour tristesse, Buenos días tristeza. ¿Por qué sustituir la tristeza por sabiduría? El texto de Miller gira en torno a la caída de los semblantes. Ante la caída de los semblantes –hay una caída de semblantes en la novela de Sagan y también hay una caída de semblantes en todo análisis–, una posibilidad es sentir tristeza. Pero también cabe la posibilidad de reaccionar a esta caída de otra forma: con un “buenos días sabiduría”. No está mal enterarse de qué hay detrás de los semblantes, saber a qué atenerse, elaborar algún tipo de sabiduría....

Para leer la continuación: 

https://drive.google.com/file/d/1xH8gL_ei_ivCQAoSOHDOUAO5PGOrwOBa/view?usp=sharing