
La
deconstrucción
del género en
nuestra época:
a propósito de
P.
B. Preciado y los
‘monstruos
hablantes’
Ester
Astudillo
Introducción
Como
tema de estudio de las actitudes y cambios que atraviesan nuestra
época y dan forma a nuestro zeitgeist,
es obligatorio pasar por el género y prestar atención a cómo está
siendo afectado tanto por las diversas olas feministas ˗de forma en
absoluto monolítica˗ como por los avances farmacológicos y
médicos, que están permitiendo la modelación del y la intervención
sobre el cuerpo hasta extremos inconcebibles hasta muy recientemente.
Por supuesto, todo ello sucedido a la par de los cambios que desde la
ideología, la sociología y la tecnología se imponen sobre la
subjetividad: hoy toda subjetividad pasa por la auto-asignación de
una identidad de género, aunque se trate de la identidad de género
asexual. Lo cual resulta, cuando menos, chocante.
Por
su parte, no podemos obviar, también como elemente integrante del
zeigeist,
qué posiciones están tomando los terapeutas ante esta verdadera
revolución, en concreto, el cada vez más fragmentado cuerpo de
psicoanalistas. Yo no soy psicoanalista, ni siquiera psicóloga. Así
que los textos los he leído desde la perspectiva de alguien con mera
curiosidad intelectual, o como mucho, en calidad de analizanda.
Expondré las ideas que he considerado más destacables y dejo el
campo abierto a la discusión, matización y elaboración por parte
del foro con pleno dominio de la teoría y la práctica
psicoanalíticas.
Y
debo dar cuenta de lo que probablemente sea un error de apreciación:
desde mi postura amateur y no clínica, me he centrado más en el
discurso de la deconstrucción del género que en el discurso de los
psicoanalistas en cuanto al pase, que es probablemente lo que debía
ser el centro de la discusión. He leído con más atención y
devoción a Preciado y a Missé y sus alegaciones trans, porque me
interesaba más lo que decían, que los breves -y por otra parte
difíciles- textos de Maleval y Laurent. Y eso tal vez haya sido un
error del que me di cuenta tarde.
Preciado
y los ‘monstruos hablantes’
El
libro de Preciado, Yo
soy el monstruo que os habla,
reproduce el discurso que, al parecer del autor, se le negó el
derecho de pronunciar íntegramente durante las Jornadas de la
Escuela de la Causa Freudiana de París en diciembre de 2019, a las
que fue invitado en calidad de trans, filósofo, analizado y
performer
activista de la causa queer.
Preciado alega que su ataque directo al colectivo de psicoanalistas
y, en concreto, al psicoanálisis como obsoleto y adyuvante en la
hegemonía del heteropatriarcado cis, fue la causa de ser ‘vetado’,
y es por ello que posteriormente editó el libro con el texto íntegro
que había preparado para el evento, a fin de evitar mayores
tergiversaciones de sus palabras.
En
primer lugar, convendría aclarar lo que para Preciado significa ser
un monstruo:
monstruo es aquel que está permanentemente en el cruce, que no se
adscribe a ninguna de las ‘categorías’ de género
pre-establecidas, sobreentendamos binarias. Preciado es abiertamente
rupturista, y deposita toda la responsabilidad nociva del ‘sistema’
en la estructura heteropatriarcal cis-normativa, sobre la cual se
asienta luego, al modo marxista de estructura - superestructura, la
institucionalización del resto de redes de poder, un poco a la
manera como las entendía Foucault. Si disolvemos ese binarismo
tóxico, artificial, falaz, parece desprenderse de su texto, todo lo
demás (el colonialismo, el racismo, el obrerismo y clasismo…)
caerá en efecto dominó.
Conviene
aclarar también que el alegato de Preciado no es en favor de la
transexualidad, del tránsito de un sexo a otro. Para él no existen
los sexos ni los géneros, sino una horquilla infinita de
posibilidades con la que experimentar gracias a ‘la hormona’ (la
testosterona), así lo nombra literalmente: “un agenciamiento
maquínico con la hormona o con algún otro código vivo”. Él
defiende el sexo fluido, o la fórmula queer,
un tránsito sin fin, un cruce que no acaba, la monstruosidad
perpetua. Y este es un punto relevante en que hace énfasis Laurent
en su artículo sobre la norma trans, diferenciando lo trans de lo
transexual. En realidad, definiéndose ambas posiciones como
políticas, reivindicativas y feministas, el fenómeno trans como lo
defiende Preciado menosprecia a los transexuales en tanto que han
hecho una migración no solo innecesaria, sino inicua en tanto que
mimetizan la norma cis y refuerzan las normas de género, perdiendo
entonces su potencial transformador y revolucionario. Sobre este
punto incidiré de nuevo más adelante.
Preciado
apuesta por la fórmula queer
como
vía de lucha revolucionaria para acabar con el sistema social y sus
servidumbres. Es fundamental subrayar este extremo: que no se puede
entender el fenómeno trans separadamente del feminismo y de lo
político. Lo trans es político en esencia, es una afrenta directa a
los pilares de nuestra civilización, que se sustenta en la fórmula
del matrimonio-pareja y que está atravesada por la reproducción.
Operación que, a mi modo de ver, es claramente sublimatoria por
parte del autor: la transformación de sus dificultades y conflictos
personales en otra cosa que brille más, le inscriba en las filas de
la lucha colectiva y sea leído en clave política, desenmascaradora
y libertadora.
Otro
punto a destacar de entrada: la importancia de ese hablar
que
figura en el título de su discurso/libro: Preciado, si bien
monstruoso, toma la palabra, habla, subvierte así el diagnóstico
psicótico al que le han condenado una multiplicidad de analistas y a
tenor del cual, el enfermo no sabe de su enfermedad ni puede hablar
sobre ella. Preciado da la vuelta a esa norma implícita del
psicoanálisis: es él, el enfermo psicótico, quien toma la palabra
y se dirige a los analistas. “Yo, … al que ni la medicina, ni la
ley, ni el psicoanálisis reconocen el derecho a la palabra, ni la
posibilidad de producir discurso o una forma de conocimiento sobre sí
mismo, … estoy aquí para dirigirme a ustedes.” (p. 19). Desafía
así el diagnóstico, desacredita al cuerpo psicoanalítico: si es
capaz de saber de sí, de dar cuenta de lo que le sucede, no puede
ser un psicótico. Ergo es perentorio modificar el saber
psicoanalítico, que además se rige por la regla de hierro según la
cual ningún analista puede ser trans (puesto que se infiere que
sería psicótico y no neurótico, y un psicótico no puede bajo
ningún concepto ejercer de analista: no sabiendo sobre sí, ¿cómo
puede ayudar al otro?).
Para
Maleval, la época exige una apertura también en el psicoanálisis,
como ya dictaminara Lacan. Siguiendo una clínica continuista en
lugar de estructuralista, no habría en realidad frontera entre
neurosis / psicosis / perversión, sino un continuum que cabría
interpretar según sus diferentes anudamientos: borromeo, anudamiento
simple, por el borde (en el caso del autismo), etc. Maleval trae a
colación el caso de psicoanalistas de éxito que han conseguido el
pase AE siendo autistas. Si los autistas lo han hecho, ¿por qué
deberían ser excluidos los transexuales / transgénero? No haría
bien el psicoanálisis si obviara las críticas que se le dirigen
desde los discursos del momento actual simplemente porque le son
adversas.
Preciado
contra el psicoanálisis
Aclarado
el título, vayamos al contenido del libro. La tesis de su texto, o
mejor las tesis centrales, en cuanto al psicoanálisis se refiere,
pueden resumirse como sigue:
-
La diferencia sexual no existe más que como discurso y como ficción.
Es necesario acabar con el binarismo sexual, una norma en cuya
perpetuación los psicoanalistas son cómplices. La diferencia sexual
en realidad es un régimen político en que nos inscribimos por medio
de relaciones de poder: los hombres y las mujeres, con los roles
asignados a cada cual que sobradamente conocemos y con cuotas de
poder claramente asimétricas. Si derribamos la diferencia sexual
como régimen caerán también las asimetrías de poder, parece
querer argüir, puesto que ya no habrá hombres contra mujeres,
seremos todos lo mismo, situados en algún punto concreto del
continuum del género fluido.
Como
fórmula para solucionar el problema me parece un tanto delirante,
diría que es empeñarse en buscar la solución más difícil al
problema. No sé si Preciado es o no psicótico, pero sí sé que
delira. Claro que Lacan ya sentenció que todos estamos locos en
tanto que todos deliramos… Aunque yo añadiría que todavía hay
grados y grados.
-
El psicoanálisis es coadyuvante en la erección de esa ficción,
aunque en sus orígenes naciera con intención subversiva y
feminista. Nació justamente en el tiempo en que cronológica y
epistemológicamente empezaban a existir dos cuerpos anatómicos
distintos, el masculino y el femenino, gracias a los avances médicos
y científicos, lo cual no pudo ser casualidad.
-
Los psicoanalistas son cómplices de la perpetuación del binarismo y
de la patologización de los disidentes o ‘subalternos sexuales’,
como Preciado los denomina. Ilustra el dato con la prohibición que
hasta hace poco regía dentro de la Escuela (y que todavía rige en
la IPA) de que ningún analista pudiera tener la condición de
homosexual. “El psicoanálisis es un etnocentrismo que se ignora…:
sus presupuestos (las segmentaciones que establece entre naturaleza y
cultura, por ejemplo) son también patriarco-coloniales y no difieren
con respecto a la naturalización de la diferencia sexual.”. (p.
40)
-
El psicoanálisis hoy solo ejerce la función de ‘paliar’ la
angustia que sufren esos disidentes sexuales disconformes con su sexo
anatómico, tratando de ayudarles a recuperar la ‘funcionalidad’
en sus vidas privadas (cuando no regresarlos a la norma del género
que anatómicamente les corresponde). En realidad, no ejerce ninguna
función subversiva ni antinormativa: nada a favor de la convención
en lugar de en su contra. El relato psicoanalítico se funde con el
psiquiátrico, según el cual, desafiar el binarismo es entrar de
pleno en la psicosis.
-
En palabras de Preciado, Lacan intentó salvar el escollo de la
naturalización de los géneros introduciendo el lenguaje y el
discurso en el eje del psicoanálisis: el sujeto es transformado
enseguida en parlêtre
en Lacan. Para él, el lenguaje nos encierra en una jaula
ineluctable, que distancia el goce humano del animal y de la cual no
cabe eximirse. Sin embargo, Preciado parece creer que es posible
zafarse de ese límite también, además del biológico, y que el
goce sería así ilimitado. Maleval cita a la Preciado de Testo
Yonky
en la p. 1 de su artículo:
…él postula un cuerpo gozante
“capaz de zafarse de la toma del significante”, lo que lo incita
a “apuntar la correlación de la verdad y del goce”, en una
búsqueda de “desalienación total”. La existencia de un cuerpo
biológico natural, no golpeado por el lenguaje, está en el
principio de sus hipótesis; de ahí, él lo concibe como abierto a
todas las construcciones posibles. En su perspectiva, el mismo Paul
hoy en día, Beatriz ayer, el goce está apenas limitado por
elecciones identitarias voluntarias, temporales, reversibles y se
despliega hasta el infinito.
Hay
que leer ahí una resistencia a inscribirse en la función fálica, a
aceptar la castración, la pérdida, la enfermedad, la muerte y toda
la negatividad implícita en la vida, hecho al que también se
refiere Laurent en la p. 3 de su artículo, en crítica abierta a
Butler y apoyándose en palabras de E. Marty:
La norma de la vida vivible, que
atraviesa todas las identidades concebidas como un modo de goce, es
un punto crucial de la geopolítica de la norma, como lo destaca Éric
Marty. Ella elimina el lazo vida-muerte que introduce el sexo. “El
concepto de Norma, en tanto que ello se opone al de la Ley y lo
sustituye es, en este sentido, el concepto positivista por
excelencia, sin exterior, sin trasfondo, sin secretos, sin oscuridad,
sin más allá, una pura serie de positividades que regulan la vida,
en lugar de albergar la muerte”.
En
cualquier caso, en opinión de Preciado, Lacan fracasó en su intento
introduciendo el lenguaje debido a su apego personal por el
heteropatriarcado y a su transfobia.
Lo
que Preciado afirma y lo que desvela sin decirlo (y sin querer)
La
exposición de Preciado discurre desde lo personal hacia lo general.
Nace de lo particular y busca hacer de ello, por extrapolación ˗en
verdad, a mi juicio, por necesidad personal, para autojustificarse˗,
una nueva genealogía de libertarios sexuales. Toda la narración de
su tránsito se convierte, así, probablemente sin él quererlo
deliberadamente, en una epopeya surgida de un malestar muy específico
y personal que acabará investida, en un movimiento plenamente
sublimatorio y megalómano, de visión política, valor
revolucionario y propósito casi-mesiánico. Hay que tener presente
que fue escrito para ser pronunciado oralmente ante un público muy
concreto, y que tiene francos dejes de reprimenda.
El
texto, para empezar, está repleto de generalizaciones y prejuicios
muy comunes en cierto feminismo: p. e. “… porque para ser
reconocido de verdad como un hombre yo debería callarme y fundirme
en el magma naturalizado de la masculinidad, sin revelar nunca ni mi
historia disidente ni mi pasado político.” (p. 22) ¿Qué otras
disidencias no esconderán otros hombres? ¿U otras mujeres? ¿Serán
de menor o de mayor importancia? ¿Por qué asumir que la política
tenga nada que ver con el género? ¿O con el malestar de género?
¿No es esa una tergiversación torticera? Tal vez sin la política
no habría visibilización de la cuestión, pero ¿deberían ir
disconformidad de género (por no decir disforia) y política de la
mano? Esta es una pregunta para discusión en el foro.
De
todas formas, en cuanto a la visibilización y democratización del
fenómeno transexual de las dos últimas décadas, cabe destacar que
también ha traído sus peligros. No en vano, el texto de Laurent
sobre la norma trans informando del freno a los protocolos de
tránsito precoz en los países del norte de Europa, habida cuenta de
los riesgos que se han constatado a medio y largo plazo. También el
activista trans M. Missé en nuestro país tiene diversos textos en
los que pone en tela de juicio la felicidad con que se alienta en
España el tránsito en lugar de buscar alternativas que no
sacrifiquen al cuerpo, que no se basen en el lema de ‘el cuerpo
equivocado’, que en el fondo es profundamente patologizante y
retrógrado. El malestar está anclado en el cuerpo, pero no
necesariamente se origina en él, ni es exclusivo de las personas
trans. Pareciera que España se acompleja todavía de ese país cañí
que acarrea a la espalda y se apunta rauda y feliz a cualquier
política que tenga la apariencia de ultra-modernidad para sacudirse
viejos complejos de su mochila post-franquista.
Missé
argumenta que el problema es la rigidez de los modelos de género,
que generan un malestar que, si bien no es exclusivo del colectivo
trans, la norma trans tiende a interpretar como pertenencia al género
anatómicamente opuesto, y desata tempranamente protocolos de cambio
de género y sexo. Así, muchos menores que inician el tránsito
podrían haber lidiado con su malestar, si realmente se les hubiese
dado opción, conservando su cuerpo y desarrollando sencillamente
inclinaciones homosexuales o expresiones de género contrarias a su
sexo anatómico.
El
discurso de la norma trans ha ganado hegemonía y adeptos desde que
mediáticamente se dio carta de naturaleza a los llamados ‘menores
trans’ y los medios se hicieron eco de los casos de suicidio que se
han sucedido en nuestro país. La norma antepone el riesgo de
suicidio para justificar la perentoriedad de una intervención de
tránsito lo más precoz posible. Es necesario volver al texto de
Laurent, que señala que el norte de Europa ya ha empezado a
desconfiar de esa norma intervencionista. En realidad, por más
modernidad y progresismo de que pretenda investirse, ese paradigma es
profundamente retrógrado, da un paso atrás y vuelve a transformar
la transexualidad, es decir el género, en algo esencial: si no en
una patología, como en el s. XX, sí resultado de un hecho
fisiológico, un baño de hormonas erróneo durante la etapa fetal,
algo irremediable contra lo que no cabe más que una intervención
radical sobre el cuerpo lo más temprana posible. Contra esa visión
biomédica restrictiva, el género debe entenderse como una
construcción social, y la transexualidad, por ende, también: nada
es irremediable ni irreversible.
Missé
alega que, como en los desórdenes alimentarios, es la presión
social y mediática la que empuja a desear la convergencia de la
imagen propia con el estándar social del grupo al que uno se afilia,
y que en los entornos terapéuticos de género hubo desde su
nacimiento adherencia total de los profesionales por canalizar el
malestar de los transexuales hacia la intervención sobre el cuerpo
en lugar de buscar vías alternativas para vivir la sexualidad desde
un cuerpo intacto ˗o al menos máximamente intacto˗, sin tacharlo
de ‘equivocado’. Quizás de ahí que hoy muchos jóvenes que se
reconocen transexuales se opongan a la cirugía, a veces incluso a la
hormonación, y que al mismo tiempo se nieguen a que el fenómeno se
denomine travestismo, como era costumbre en España antes de que
existiera la posibilidad quirúrgica: se trata de una misma realidad,
la transexualidad, de un mismo malestar anclado en el cuerpo, pero
gestionado desde una presunción diferente y con armas menos lesivas
e intervencionistas. De hecho, Missé señala que, aunque la
transexualidad haya existido siempre a mayor o menor escala, nunca
hasta el s. XX implicó ningún tipo de intervención de ni
modificación sobre el cuerpo.
Merece
llamar la atención, sin embargo, de que se suscita aquí un posible
punto de encuentro / desencuentro entre las posturas trans y
transexual: a saber, si el dilema desde esa posición ‘alternativa’
a la norma trans, máximamente intervencionista, es decidir el punto
en el que parar el tránsito ˗o siquiera si empezarlo˗, en realidad
se está apelando, aunque de forma indirecta, a la fluidez del
género: no como objetivo en sí, es cierto, sino pragmáticamente,
como la solución menos mala para las personas transexuales que no
desean sacrificar su cuerpo. Aquí se abre también un punto
interesante de debate
para
el foro, me parece entrever:
a)
¿pesa realmente tanto lo imaginario para que uno pueda sentirse
suficientemente y satisfactoriamente una mujer aun en un cuerpo de
hombre? Missé parece alegar que sí, y conozco indirectamente casos
de jóvenes del entorno de mis hijos que se inscriben en esa onda,
ignoro si para su entera satisfacción;
b)
y por otra parte, aunque puedan coincidir en algún punto de ese
quimérico continuum de género, ¿podrían llegar a entenderse esas
dos posturas políticas, la trans y la transexual, que parten de
presupuestos antagónicos y cuyos objetivos no coinciden? El mismo
Missé da cuenta de los conflictos que se han dado entre activistas
trans y transexuales dentro del activismo barcelonés.
Para
Preciado, sin duda el fenómeno trans, que no el transexual, es la
primera línea de la lucha política contra el sistema normativo: “…
dejé
de ser una mujer.
¿Por qué no podía ser el abandono de la feminidad una de las
estrategias fundamentales del feminismo?” (p. 27). ¿En serio?
¿Podemos aceptar que el feminismo pase por abandonar la condición
femenina? Será una broma, ¿no? Al fin y al cabo, si no va a haber
géneros, ¿a cuentas de qué será necesario el feminismo?
Un
poco más adelante, Preciado escribe: “No, yo no quería
convertirme en un hombre como los otros hombres. Su violencia y su
arrogancia política no me seducían.” (p. 28) ¿Qué arrogancia no
será la suya cuando se permite tal tipo de generalizaciones y
calificar de política,
con
ese deje claramente despectivo, la de los otros por el mero hecho de
tratarse de ‘hombres’? Su texto destila odio hacia lo masculino,
algo también común entre ciertas feministas. No parece quedarle a
Preciado, en efecto, mayor alternativa que el centro, es decir, el
cruce: odiando a los hombres y el lugar
de
las mujeres, elije la tierra de nadie. Aunque luego lo disfrace y
sepa llevarse el agua a su molino, a la dialéctica de la revuelta
política, y, de ahí, a la necesidad de acabar con ambos extremos
para un supuesto mayor bien común. A saber, el de acabar con la
angustia y el displacer que la rigidez del binarismo patriarcal
genera entre nosotros y alentar el goce máximo e ‘ilimitado’ que
advendrá con el régimen trans. ¡Delirio grande el suyo!
Su
discurso, efectivamente, está teñido de ira, odio y resentimiento,
y no escasean los párrafos megalomaníacos ˗i. e. él como ejemplo
paradigmático del universo al que se adhiere: los subalternos
sexuales, raciales, coloniales… con la misión auto-impuesta de
transformar el universo-jaula que habitamos, a todas luces necesitado
de menospreciar a los cis y ‘normativos’, ergo a los analistas,
por su lerdo adocenamiento y ceguera˗:
Si no me hubiera dado igual el
mundo ordenado y supuestamente feliz de la norma, si no hubiera sido
porque me repugnaba el paraíso de la familia y de la nación, si no
hubiera preferido mi fetichismo a vuestra heterosexualidad normal, si
no hubiera optado por mi desviación de género frente a vuestra
salud sexual, nunca hubiera podido escapar … o, para ser más
preciso, nunca hubiera podido descolonizarme, desidentificarme,
desbinarizarme. (p. 42)
Mi vida fuera del régimen de la
diferencia sexual es más hermosa
que cualquier cosa que ustedes y su psicología hubieran podido
prometerme como recompensa por la aceptación de la norma. (p. 43)
Calificar
la vida propia de hermosa
siempre parece un tanto excesivo; ¿no será resultado de una
necesidad de denostar a los otros,
de
acaparar todo el brillo para uno mismo, de inscribirse en una estela
de mesianismo?
o
párrafos abiertamente delirantes:
Hacer una transición de género
es inventar un agenciamiento maquínico con la hormona o con algún
otro código vivo: puede ser un lenguaje, una música, una forma, una
relación con una planta, un aminal u otro ser vivo. Hacer una
transición de género es establecer una comunicación transversal
con la hormona, hasta que esta borre, o mejor, eclipse eso que
ustedes llaman el fenotipo femenino y permita despertar otra
genealogía. Ese despertar es una revolución. Es un levantamiento
molecular. Un asalto al poder del yo heteropatriarcal, de la
identidad y del nombre propio. Es un proceso de descolonización. (p.
45) [donde debemos leer colonia
como complementario de imperio;
es decir, se está refiriendo a los órganos femeninos como colonias
para la reproducción]
Pero los órganos que no tuvimos
nunca podrán ser enterrados. Nuestros órganos utópicos
vivirán para siempre.
Serán los guerreros eternos del cruce. En medio de esta guerra
patriarco-colonial, la transición de género es una antigenealogía.
Se trata de activar los genes cuya expresión había quedado
cancelada por la presencia del estrógeno al conectarlos ahora con la
testosterona, iniciando una evolución paralela de mi propia vida,
desatando la expresión de un fenotipo que de otro modo hubiera
quedado mudo. Ser trans
es aceptar la irrupción triunfal de otro futuro en todas las células
de mi cuerpo1.
Hacer una transición es entender que los códigos de la masculinidad
y de la feminidad que conocemos en nuestras sociedades modernas son
anecdóticos2
comparados con la infinita variación de las modalidades de
existencia de la vida. (p. 49)
Iniciando
una evolución paralela de mi propia vida…
Órganos
utópicos, el adjetivo lo dice todo, no hacen falta comentarios.
Cuando es aceptada como un
proceso de tecnochamanismo activado por la presencia del lenguaje y
de la testosterona, la experiencia trans desata un torbellino de
códigos políticos y culturales vivos que no reconocen la diferencia
entre ayer y hoy… (p. 50)
Hibridando
los términos con el desconcertante resultado de tecnochamanismo
es cierto que el ayer y el hoy desaparecen de un plumazo. Pero es una
trampa del lenguaje.
y/o
paranoicos:
[descripción
de los baños para hombres y del asco que le producen]
Hasta que me di cuenta de que esa
suciedad y esa pestilencia correspondían a una forma de relación
estrictamente homosocial: los hombres habían creado un círculo
fétido para ahuyentar de él a las supuestas mujeres y dentro de ese
círculo, en secreto, eran libres de mirarse los genitales, libres de
tocarse, libres de bañarse en sus propios fluidos, fuera de toda
representación heterosexual, los hombres iban allí para olvidarse
de su heterosexualidad por un momento y afirmar un escondido goce de
estar solos, sin esos extraños álter egos que eran las mujeres y de
los que se acompañaban después socialmente para ejercer una función
reproductiva y heteroconsensual. (p. 37)
Esta
descripción rebosa en cada línea odio por lo masculino.
El cuerpo trans es odiado, pero
sus órganos maldecidos son los más deseados y se consumen en cada
esquina: con la puta trans el machito hetero puede meterse una polla
en la boca sin correr el riesgo de pensar que es gay. (p. 47)
Pero los órganos que no tuvimos
nunca podrán ser enterrados. (p. 49)
¿No
será precisamente esta percepción producto de una proyección de
Preciado, de sus particulares resquemores? ¿A quién odia en
realidad Preciado?
No hay órganos sexuales sino
como enclaves coloniales de poder. El cuerpo trans es una colonia
sobre la que se asientan las instituciones disciplinarias, los medios
de comunicación, la industria farmacopornográfica, el mercado…
(p. 48)
Por
último, en cuanto al escollo de la reproducción, ese ‘pequeño
particular’ solo posible a través de órganos explotados como
enclave
colonial de poder
y que con la revuelta política que propugna se iría al traste ˗al
menos la reproducción natural más al uso todavía˗, Preciado no
ofrece solución alguna ˗debemos leer entre líneas que el
tecnochamanismo, como la hormona, vendrá a asistirnos˗. Sin
embargo, sí es suficientemente avispado para mencionar, como de
pasada, que sus relaciones de filiación
˗y ahí ya da una pista˗ quedan substituidas por sus ancestros
políticos:
feministas, bolleras, maricas y obreros que le han precedido y que
han sido sometidos a exterminación, violencia y control en el acceso
a los saberes y conocimientos subalternos de los movimientos de
lucha, transformación y resistencia anteriores.
Me
permito solo un último apunte a colación del fin de la reproducción
que avisto leyendo a Preciado, llamar la atención sobre un detalle:
todo lo que conocemos de la reproducción tecnochamánica, por usar
su jerga, lo sabemos por la literatura, y los textos que se han
extendido sobre la cuestión no son precisamente utópicos,
sino todo lo contrario. ¡Casi un siglo desde que salió a la luz Un
mundo feliz!
¡El delirio de Preciado no ceja!
Y
cabe traer a las mientes aquí a M. Barros, a quien escuchamos en
conferencia hace un año y en cuyo texto La
madre
se refiere a la maternidad como experiencia libidinal y ‘pétrea’
del sujeto contemporáneo, para apuntalar mi opinión de cuán errado
va Preciado en su creencia de que esa otra forma de reproducción
despojada de la ‘crianza’ está ya a la vuelta de la esquina:
La maternidad -y con ello
designamos una experiencia libidinal- se nos presenta hoy como un
residuo de la experiencia tradicional de la vida, más allá de las
innovaciones técnicas que la hagan posible. Pero esa experiencia no
es, como creen los progresistas, el patriarcado, ni nada
“patriarcal”. La experiencia tradicional de la vida es la
castración. Y esto significa: “hay sexualidad, hay muerte”.
(Barros, p. 12)
La familia persiste porque la
madre persiste. Una mujer con su hijo ya constituyen una familia. Por
eso es ante todo la prescindencia de la madre lo que aparece como
rasgo sobresaliente en la utopía que Aldous Huxley soñó en Brave
New World. (Barros, p.
14)
Padres,
madres, ¡en guardia!: somos los últimos de una saga. Estamos en
peligro de extinción si tipos como Preciado se salen con la suya.
Queden advertidos.
NOTAS
Esta cursiva no reproduce la
tipografía original, está añadida con el propósito de enfatizar
el contenido.
Ídem.
Referencias
bibliográficas
Barros,
M. La
madre.
Buenos Aires, Grama Ediciones, 2018
Laurent,
E. “Biopolítica de la norma trans”, Lacan
Cotidiano,
núm. 932, 27 de junio de 2021
Maleval,
J.-C. “Cuando Preciado interpela al psicoanálisis”,
Consecuencias,
núm. 23, diciembre de 2019
Marty,
É. Le
Sexe des Modernes.
París, Seuil, 2021
Missé,
M. A
la conquesta del cos equivocat.
Barcelona, Egales, 2019
Preciado,
P. B. Yo
soy el monstruo que os habla.
Barcelona, Anagrama, 2020